• publicado en «A Quemarropa», época XXV, Nº1, julio de 2012.


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    Qué bueno que viniste
    Sí. Y qué suerte. Para ti y para la Semana Negra. Que estés presente en esta nueva edición. Que estés hoy en el Tren, dentro de un rato en Gijón, mañana y pasado y tantos días. Qué buena noticia que hayas venido, qué bueno que estemos, que sea una realidad. Te lo digo a ti y me lo digo a mí mismo, mientras tú lees estas líneas y yo pienso en que las estás leyendo. Y pienso, además, en que hay que ser un poco mago para poder montar, cada vez con menos dinero, cada vez con más pasión, semejante festival. Magas y magos lo hacen posible cada verano, trabajando desde el invierno, con fuerza, ilusión y por qué no con la siempre inquebrantable varita mágica del romanticismo. Esto viene ocurriendo desde hace veinticinco años. Qué barbaridad: aturde calcular las horas que hay que echar para llevar a cabo veinticinco semanas negras. Qué suerte tienes, qué suerte tengo, qué suerte tenemos.
    ..........Si es tu primera Semana Negra, no te preocupes: esto no es un seminario, no es un simposio, no es un congreso. Ni siquiera se ata a los cánones clásicos de ningún festival cultural. Así que no te preocupes. Si es la primera vez que lees A quemarropa, si te amilanan las multitudes, si ves pasar gente que no conoces (y si esa gente te habla o te invita a una copa, a un café, a una cocacola), no te preocupes. Si ves pasar personajes a los que admiras, si coincides con éstos en alguna de las carpas de actividades, por los pasillos del hotel, en una mesa de plástico con sillas de plástico, en cierto chiringuito repleto de libros usados, de revistas y discos, por la calle, o en la terraza del Don Manuel, por las noches y también por las mañanas. No te preocupes: entre otras muchas cosas, eso es la Semana Negra de Gijón.
    ..........Como no sé si eres autor, editor, periodista, espontáneo o cuatro de bastos, y como yo suelo ser autor (a veces espontáneo y otras muchas cuatro de bastos), siento casi la obligación de advertirte, desde mi experiencia del pasado año, que la Semana Negra no es un evento más en el calendario cultural de este país, sino que es una verdadera fiesta de la cultura. La más grande en tanto libertad de expresión e independencia ideológica. La única capaza de reunir (sin pagar un céntimo a nadie) artistas consagrados y emergentes, nacionales y extranjeros, de derechas y de izquierdas, con el sano y voluntarioso propósito de mantener vivo algo más que un género narrativo. Por eso te decía que no te preocuparas prácticamente por nada. Si te invitaron a esta vigésimo quinta edición, es, por sobre todas las cosas, que te lo mereces. Esta última afirmación podría asegurártela con aquella metáfora de ir y cascar las manos en el fuego. Así que no te preocupes y aprovecha: sé que no ha sido fácil llegar hasta este inaugural viernes de julio.
    ..........La Semana Negra, supongo que ya te habrás enterado, se celebra en la ciudad asturiana de Gijón, ahí arriba, al norte de todo. Como soy extranjero, y como siempre lo voy a ser (más allá de los años, que hoy por hoy puedo juntarlos en una docena), Gijón me recuerda a Mar del Plata. Ya sé que en realidad no se parecen tanto. Pero como huelen a sal, a mar por encima de las cabezas, a visita una vez al año, no puedo evitar la reminiscencia. Gijón es mi Mar del Plata asturiano: hasta refresca por las noches, aun en verano. Y desde mi extranjerismo, que vendría a ser, en el peor de los casos, un estado de ánimo, quiero contarte que muchas personas de otros países (Francia y Argentina son buenos ejemplos) saben dónde queda Gijón en el mapa gracias a la Semana Negra. Por lo tanto, podríamos arriesgar que la Semana Negra, festival lúdico-cultural, escorado, a mi juicio, más o menos hacia el género policial, tiene que ser motivo de orgullo para todos los gijonenses. Sí, Gijón es el alma espacial de la Semana Negra. Con Mar del Plata sucede algo parecido.
    ..........Entre varias de las sorpresas que te esperan, voy a tomarme el atrevimiento de desvelarte una. Ahora mismo, mientras viajas cómodamente en el ya mítico Tren Negro, puntapié inicial del partido más esperado del año. La Semana Negra, su condición y su desarrollo, no se parece a nada. Deberías tomarte esta declaración muy en serio. No se parece a nada de lo que te puedas imaginar. ¿Hay presentaciones de libros? Sí. ¿Hay debates, tertulias, mesas redondas? Sí. ¿Se valora y se premia a los mejores libros del año pasado? Sí, y más cosas. ¿Entonces qué marca la diferencia? ¿Qué hace de la Semana Negra un acontecimiento sin equivalente? Podría darte una pista: la Semana Negra va más allá de su programa de actividades. Pero prefiero esperar y que encuentres la respuesta en el transcurso de la presente edición. Porque así será. No tengo ninguna duda de eso. A mí me ha pasado. Y a otros muchos. Seguramente a todos. Existen pruebas tangibles y concluyentes: no tienes escapatoria, te pasará a ti también. Y querrás, te advierto, repetir. Conozco a un autor argentino que se tatuó el logo de la Semana Negra en una de las partes más visibles de su cuerpo. Ese autor sólo estuvo en la pasada edición. Sólo le hizo falta asistir una vez. Sólo una dosis de SN y algo en tu cabeza cambia para siempre. Pero no te preocupes: la primera vez no es la más importante. La primera vez es, acaso, la definitiva, la que te enseñará esa respuesta a la que hacía referencia más arriba. Esa respuesta que es la llave para comprender esta suerte de militancia, esta miel que se te pega en los dedos, este tatuaje. Vas de camino a eso, de camino a vivir una experiencia inolvidable y que año tras año supera todas las previsiones, rompe todos los relojes, bate cualquiera de los récords. Por eso te digo qué bueno que viniste, qué bueno que estemos, qué bueno que tengamos Semana Negra.
    ..........Personalmente, ciñéndome a una posición de autor, la Semana Negra tiene, entre otras, la virtud de conectarte con docenas de autores (sobre todo extranjeros o que no viven en la misma ciudad que tú) de un modo impensable en cualquier otro escenario. Porque no me refiero a la conexión típica de coincidir en una presentación, en una mesa redonda, en un debate (que también). Me refiero a todas las horas que suceden fuera, a veces en paralelo, de una actividad concreta. No es una majadería decir que la carga horaria de la Semana Negra sale del resultado de multiplicar sus días por veinticuatro. De la misma manera, y sin ánimos corporativos, puedes coincidir con medios de comunicación, agentes, periodistas y editores. Mi primera novela fue traducida al francés por una editorial parisina, cuyos responsables acuden desde hace años a la Semana Negra. Esto me ha sucedido a mí pero también a muchos de mis compañeros de oficio. Aunque ellos, por supuesto, ya había leído la novela, recuerdo que prácticamente acordamos la cesión de derechos entorno a una mesa de plástico, sentados en sillas de plástico, bebiendo no sé qué cosa en vasos de plástico. Este ejemplo maravilloso, lejos de estar ficcionado o retocado para que mole, ocurrió exactamente así.
    ..........Si esta es tu primera vez, no te preocupes. Voy a proponerte un ejercicio espiritual: intenta ser quien eres, siempre: de día y de noche, en las actividades programadas y en las charlas extraoficiales, durante las comidas, durante las cenas, cuando recién te despiertas y tu cara y tu voz te impiden ser persona. Necesito utilizar un término muy argentino para explicarte el cierre de esta idea, de este ejercicio: careta. La semana Negra es un acontecimiento cero 'careta'. Cero de cero. Esto deberías memorizarlo como memorizas tu DNI, porque es la esencia y el umbral de la Semana Negra. No sé qué evento cultural importante puede presumir de eso.
    ..........Sí, qué suerte que estés leyendo estas líneas en A quemarropa. Qué suerte para todos. Qué alegría me produce saber que a partir de hoy vas a experimentar por primera vez lo que muchos llevamos esperando un año. Ahora, mientras escribo esto que tú lees, pienso en que nadie me obliga a hacerlo, ni siquiera el móvil económico, en que lo hago sin más aliciente que las ganas y la voluntad de participar. Los que me conocen saben perfectamente cuál es mi leit motiv fundamental. Me crié en un barrio de inmigrantes donde deber un favor era peor que deber plata. Un barrio plagado de códigos tácitos inquebrantables que hoy en día veo cómo cualquier papanatas transgrede sin el menor remordimiento. Te cuento esto porque en la Semana Negra, y hasta donde yo pude ver, esos códigos se mantienen vigentes, se respetan y hasta se lucha por ellos. Los premios que otorga la Asociación, en todas sus categorías, son un buen ejemplo de esta chapa que acabo de soltarte. Premios como el Dashiell Hammett (que vendría a ser la Palma de Oro de la Semana Negra) mantiene una pureza y un hermetismo que dignifican aún más a quien se alce con el Rufo. Muchas instituciones de nuestra sociedad, incluso las públicas, deberían aprender o al menos imitar y hasta plagiar estos modos de desenvolverse.
    ..........Hay una anécdota preciosa que me gustaría compartir contigo, porque en cierto modo representa, desde la chanza y el buen humor, bastante bien el espíritu de la Semana Negra de Gijón. Haz de cuenta que ocurrió el año pasado. Haz de cuenta que mi pareja de ese entonces y yo habíamos quedado solos en la parada del trencito. Un trencito que en esa edición conectaba el centro de la ciudad con el recinto de actividades. Solos en la parada de aquel trencito que se nos fue. Haz de cuenta que eso está exactamente a escasos metros de la terraza del hotel Don Manuel, punto neurálgico de encuentro, de largas horas de charla y buena compañía, un poco como el corazón infatigable de la Semana Negra. Total que a mi pareja de ese entonces y a mí se nos había ido el trencito (haz de cuenta que esto no es una metáfora del amor). Después de estar esperando sin movernos de la parada, el trencito no aparece pero sí Fernando Marías. Nos saludamos y creo que calculamos los minutos que nos separaban del siguiente trencito. Mi pareja de ese entonces era médico y supongo que algo en su rostro la delataba inexorablemente. Delataba su emoción y un descubrimiento, delataba cierta situación inédita y, por supuesto, extraordinaria. Diferente a la que podemos sentir los que estamos más o menos ligados al rollo cultural. Diferente pero tan válida. Sin apenas preámbulo, Fernando Marías, cuya capacidad de observación excede lo terrenal, se olvida de mí y le habla a mi pareja de ese entonces, le dice: Lo sé, no me digas nada: habría que vallar este sector (señala con el dedo o el mentón un perímetro imaginario), dejarlos a todos dentro, aislados de la civilización, y una vez aislados, tratarlos uno a uno. A ver, tú, ven. Qué es lo que te ocurre, cuéntame. Todo comenzó en la niñez, ¿verdad? Reímos, los tres. Mi pareja de ese entonces más, porque el juego imaginario la había llevado hábilmente a su terreno profesional, la había incluido, la había hecho partícipe, la había integrado. Premisa inicial de la Semana Negra: todos somos parte de ella. Tú, que eres autor, editor, periodista. Y tú, que eres espontáneo u oyente o cuatro de bastos, también. Y no te preocupes. No. Ese estado mental de euforia es uno de los atributos que engrandece a la Semana Negra. Estar dentro de los límites de ese vallado imaginario te garantiza, muy mucho, ser parte activa de una de las fiestas culturales más importantes de Europa. Porque esa seña virtual de locura a la que se refería el autor de Esta noche moriré, me pareció una representación muy ajustada de cómo se viven las horas dentro de la Semana Negra. De cómo las vivimos, de cómo las gozamos, de cómo nos perdemos sin necesidad de disfrazarnos. Así es.
    ..........Y sigue.
    ..........Y tenemos mucha suerte de que siga.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • prólogo a la novela «De vicio», de Arturo G Pavón. Relee, Madrid, 2016.


    El barrio, el fracaso, el candor
    Como la traición y el amor y, en menor medida, la culpa, el regreso es uno de los viejos anhelos de la literatura. Cervantes y Camus lo sabían: volver al origen, volver al sitio donde todo comenzó, volver —siempre— para cerrar aquel círculo que finalmente redima al héroe.
    ..........Arturo Gómez Pavón en De vicio ha trazado esa línea circular que sólo puede acabar en el origen, en la zona cero, en el útero de la propia historia. En cada uno de los acontecimientos, en cada una de las peripecias —incluso en todas las interacciones— esta novela nos señala la asfixiante necesidad del descanso. Porque Santos Padilla, único personaje, único latido, única voz y único foco desde donde nosotros, los lectores, observamos la evolución de la historia, transmite el fulgor del condenado a muerte, sin que sea la muerte —propiamente dicha— el destino final de todas las acciones.
    ..........Morir no siempre es cerrar los ojos y dejar de respirar, que se detenga el corazón y la sangre y todo se convierta en pasado. Morir, en ocasiones, es este túnel oscuro por donde transita Santos, una suerte de pesadilla que ocurre en el peor de los escenarios para una pesadilla: la vigilia.
    ..........Dice el personaje-narrador en un tormentoso pasaje de la novela: «Familia y nadie, sinónimos para mí». Y es una plena verdad pues nada de lo que hace Santos —en los veinte años que recorre De vicio— le permite liberarse, desatar los nudos, escapar de la oscuridad. Nada. Porque la penitencia es su propia inestabilidad y esa inestabilidad —esa abrumadora incoherencia— la encuentra en el más determinante de los nidos de un ser humano: el núcleo familiar. Santos no lo sabe pero es ese el magma de todos sus males. Sólo después —en una segunda instancia— se generan sus propios temores: los más íntimos pero también los que expone y lo exponen. Santos vive en el dolor y en el odio del que se cree incomprendido, en la repugnancia y en la más absoluta de las negaciones.
    ..........Si el periplo circular que nace y muere en el origen es la gran clave en De vicio, también lo es la soledad. Todas las relaciones sociales del protagonista se fracturan prematuramente o son, en rigor, superfluas. Ni siquiera le conmueve la muerte. Ni siquiera la de sus seres más cercanos. Se ampara en las drogas —blandas y finalmente duras— y en su trabajo, al que también acabará por teñir de negro tras la ejecución de su loca creencia del plagio como disparador de la ansiada fama. Es, en definitiva, la furia lo que le impide cualquier operación de rescate y —esto sí lo sabe— la escritura, la creación literaria, funciona en él como un trauma tan cercano a la autodestrucción,
    ..........Regreso al origen en un marco de soledad y en el más agudo de los fracasos. Regreso a La Elipa como única opción, a casa de madre como último refugio. Santos Padilla bien podría funcionar a modo de válido sinónimo generacional, una radiografía altamente verosímil de cómo los barrios obreros —en ocasiones sistemas de bajos fondos, de hermosas perdiciones juveniles, de sueños lejanamente inaccesibles— dejan huella en los individuos iniciados en ese entorno. Este concepto, este todo —salvando las acciones puramente delictivas—, lo ha dejado plasmado para siempre Roberto Arlt en El juguete rabioso.
    ..........Resulta imprescindible despejar que Santos no sólo vuelve al barrio: vuelve, como un quijote destrozado por la desgracia, al origen mismo de su existencia. Y en ésas, de un modo recurrente e inevitable, a la búsqueda de la identidad —última y no menos relevante clave en De vicio—. Porque Arturo Gómez Pavón recorre la temporalidad de esta novela planteándonos todas esas preguntas que edifican la condición humana: quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy, cuáles son mis sueños y cuáles mis miedos más oscuros.
    ..........Acaso en el último peldaño de un pozo ciego, Santos Padilla, de vertiginoso y acertado registro, descubre todas las respuestas.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • prólogo a la antología «Subway VI. Tainted Love». VVAA, Playa de Ákaba, Madrid, 2016.


    Love. How much is gained?
    Se apagaba el verano de 1979 cuando Ian Curtis escribió Love Will Tear Us Apart, una de las canciones míticas del punk británico. Sus biógrafos aseguran que en el corazón de esa letra ―como en el concepto marxista de capitalismo― descansaba el germen de su propia destrucción. Curtis estaba casado pero se había enamorado de una groupie belga ―y ella, por supuesto, de él― y entonces todos los engranajes de la desgracia comenzaron a girar.
    ..........Love Will Tear Us Apart, pensó Curtis en agosto o septiembre de 1979. Tenía veintitrés años y aunque joven y talentoso y bañado de éxito ese sería, a la postre, su último verano. Podríamos creer que, de alguna manera, murió enamorado, es decir desgastado, es decir consumido por la maravillosa y asfixiante fuerza del amor.
    ..........Pero amor, claro está, no sólo significa felicidad.
    ..........Antes, en 1964, Ed Cobb escribió la canción que da título a esta antología: Tainted Love. Y como haría Curtis quince años más tarde ―quizá de un modo más encriptado―, Cobb nos advierte que, a veces ―¿o deberíamos decir siempre?―, es mejor dejarlo: abandonar, separar los caminos incluso ante la aterradora certeza del dolor. Dice Cobb: «I've lost my light» (he perdido mi luz). Y también: «The love we share seems to go nowhere» (el amor que compartimos parece ir a ninguna parte). Y dice: «Now I know I've got to run away. I've got to get away» (Ahora sé que tengo que escapar. Ahora sé que tengo que alejarme.). En el caso de Curtis y su Love Will Tear Us Apart, los planteamientos son más superestructurales: ¿soy yo el que no está a la altura? («Is my timing that flawed?»), ¿nos hemos perdido el respeto? («Our respect run so dry?»). También recurre casi por completo a las metáforas: ¿Por qué la cama está tan fría de tu lado? («Why is the bedroom so cold turned away on your side?»). Con todo son, evidentemente, letras hermanas, construidas bajo el influjo perturbador y desconcertante que deviene del amor: el dolor. Ambas canciones han sido infinitamente versionas en los últimos cuarenta años porque ―entre otras cuestiones― nadie puede concebir el amor sin este insoportable contratiempo.
    ..........Tainted Love. Amor corrompido, amor contaminado. Tainted Love: la fase chunga del amor ―¿o es el precio que pagamos por las horas felices?―. Tainted Love: la etapa tóxica. Tainted Love: el desamor: la disolución del sentimiento aun cuando éste no esté disuelto y siga abrasándonos con toda su potencia.
    ..........Curtis y Cobb lo sabían. Lo sabían del mismo modo que lo saben las autoras y los autores de este libro. La música, la narrativa, la lírica. Siempre lo supimos. Ustedes, ellos, nosotros. Porque nosotros también lo sabemos. Claro que sí. Sabemos que, si amamos ―más temprano que tarde―, nos envolverá el dolor. Porque Amor y Dolor coexisten bajo un mismo techo, son un solo bloque. Indivisible. Amor del bueno y amor del malo, dolor del bueno y dolor del malo. No tenemos, pues, escapatoria. Y esto debería saberlo todo el mundo.
    ..........Cerraré esta introducción al sexto volumen de la colección Generación Subway con una nota de color. Una casualidad. Porque en estos días he vuelto a ver ―sin intención― 21 Gramos, esa extraordinaria película que rompe con buena parte de los esquemas cinematográficos y que aporta, desde el punto de vista narrativo, un nuevo modo de contar. Y es que el film habla del dolor, de la culpa y, como efecto secundario, de la venganza. Pero es el amor el único y verdadero motor de esta tríada: el amor y la pérdida de éste. Creemos y pensamos y hasta nos flagelamos cuando perdemos el amor. Sufrimos la pérdida, la ausencia, la ya no-posesión del otro. Pero, ¿y si ese amor ―como le ocurrió a Curtis o a Cobb― nos destruía, nos destrozaba, nos infectaba y corrompía y contaminaba? ¿Al perderlo perdemos?
    ..........En 21 Gramos se invierte la vieja concepción de la pérdida. Esto es lo interesante, porque en una de esas, si virásemos el timón y modificásemos la orientación de la ya no-posesión ―que es, ni más ni menos, el núcleo del dolor― todo podría ser diferente. Pensemos en la inquietante y reveladora pregunta con la que culmina esta película. Acaso deberíamos buscar ―acaso por nuestro bien― en el final del amor, la respuesta a esta pregunta: How much is gained?
    ..........Cuánto. Se. Gana.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • publicado en «Cuadernos hispanoamericanos», Nº791, mayo de 2016


    Si Cervantes viviera o viviese
    Los escritores nos pasamos la vida pensando qué contar. La mayoría de nuestras imágenes, la mayoría de nuestras preocupaciones e impaciencias, la mayoría de nuestros sueños —incluyo, también, los que suceden durante la vigilia—, la mayoría de nuestros miedos, de nuestro particular modo de visionar la realidad y el entorno, en suma, casi todo lo que somos en el mundo de los vivos, se instala en ese punto trascendental de nuestra existencia: qué contar. Después el cómo, sí. Y en ulteriores instancias todas las demás decisiones técnicas, que siempre son muchas y que por si fuera poco determinarán el acierto —o el desacierto o el desastre— del relato.
    ..........Creemos —y probablemente sea más que una mera creencia— que lo que contemos a través de nuestros libros —y me refiero estrictamente a la ficción—, más allá del género, de las formas, de las estructuras y del estilo con el que decidamos hacerlo, marcará, nada más ni nada menos, que el destino de nuestro aporte a la literatura.
    ..........Mientras pensamos qué contar, mientras tomamos decisiones narrativas —no siempre sobre el papel— y, por supuesto, mientras edificamos el relato propiamente dicho, realizamos otra de las grandes y fundamentales actividades de un narrador: leer. Leer, claro está, a otros narradores: seres que son —o fueron— de carne y hueso, tan parecidos a nosotros, y que en algún momento de sus vidas tuvieron que enfrentarse a cada una de las problemáticas que presenta la escritura de un texto de ficción. Y es al leer donde realmente crecemos como escritores. Porque —esto, a mi juicio, debería ser un mandamiento— todo está en la lectura: nuestro presente, nuestro pasado y, principalmente, nuestro futuro. La lectura nos ha hecho esto que somos en el aquí y ahora. Esta última afirmación es tan apabullante y superestructural que, en ocasiones, solemos olvidarla o, al menos, relegarla a un plano secundario. Y no deberíamos caer en semejante descuido. Decía Maite Alvarado en un artículo orientado a la incentivación de la lectura en la infancia —publicado en el suplemente Radar (Página/12) hace casi veinte años—: «Los libros de la niñez marcan nuestra relación con la literatura, hasta tal punto que lo que leemos de adultos son reformulaciones o variaciones de aquellas primeras lecturas, textos que construimos con la materia tenue de la memoria».
    ..........Si las primeras lecturas —cuando aún no habíamos podido discernir que seríamos autores de ficción— nos han otorgado propiedades tan determinantes (y por qué no la más determinante: ser creadores de nuevas ficciones), ¿qué significan para nosotros —ya creadores— todas y cada una de las lecturas que incorporamos en la madurez?
    ..........En esa maravillosa e inolvidable etapa de la vida que es la adolescencia, cuando en la mayoría de los casos ya sabemos —con mucha certeza, además— que queremos y hasta deseamos ser novelistas o cuentistas o dramaturgos, las lecturas tienen un segundo y no menos importante atributo: ubicarnos en cómo y bajo qué candores discursivos —estilísticos, técnicos, etcétera— pretendemos o nos gustaría narrar. Y es en este punto donde aparecen escritores —sus obras— de los cuales ya no podremos prescindir nunca más. Aun cuando dejemos de recurrir a ellos, sus modos, sus estilos, sus decisiones y sus vuelos, continuarán presentes en nuestra conciencia creativa. Aun sin saberlo. Y cada una de las lecturas que sigamos incorporando no borrarán ni suplantarán a aquéllas sino que se sumarán a ese núcleo intocable.
    ..........Dicho todo lo anterior, me gustaría contarles algunos secretos personales sobre mi relación con ciertos escritores muertos que han marcado —de algún u otro modo— mi pasión por la escritura. Debo aclarar —porque con alguno sí habría sido posible— que a ninguno de estos autores he tenido el privilegio de conocer en vida. Con Borges y Cortázar suelo tener breves conversaciones: con el primero, no siempre literarias; con el segundo, más cercanas al dilema de cómo escribir ficción cuando se vive —quizás para siempre— en el extranjero, lejos de nuestra lengua materna (una vez le dije que yo ya había encontrado a mí Maga, y él sonrió). También he charlado con Camus sobre el episodio —la anécdota— que desencadena mi segunda novela (Moravia), episodio que leí por primera vez con diecisiete años y que no pude quitar jamás de mi mente. A Nabokov le pedí permiso para tatuarme —a modo de homenaje, claro está— aquella esclarecedora y tal vez más brillante construcción literaria que leí nunca. Me refiero a ese cuento que termina cuando el rey le dice a su arquero favorito «¿Cuál es la flecha que vuela para siempre? La flecha que alcanza su objetivo». Y me lo permitió con una única condición, a saber: que me la tatuara también en ruso, aunque él, en 1973 —año de la publicación del texto en cuestión— ya vivía en Estados Unidos y escribía, naturalmente, en inglés. A Roberto Arlt alcancé a decirle —es un ser extraordinario pero un tanto esquivo— que ya nadie hace caso a los ninguneos que le soltaban desde el denominado Grupo Sur, y que todo el mundo enaltece a Los siete locos. Haroldo Conti y Osvaldo Soriano siempre responden a mis súplicas y me rescatan —cada uno a su modo— cuando me empantano en medio de un relato y no tengo modo de ver la luz. Lorca y Miguel Hernández —tan hermosos en el recuerdo— también me han contestado a ciertos piropos que les dije en sendas tardes de primavera (Lorca sabe que me chifla el Romancero Gitano, y que hace muchos años escribí un cuento donde un profesor de literatura zumbado mataba a su novia porque ella odiaba —entre otras cosas— el poema Romance de la luna, luna). Y Quevedo, al que conseguí hacerle saber que me derrito cuando leo «Dejaré la memoria en donde ardía». Sin embargo —muy a mi pesar—, nunca pude contactar con Cervantes.
    ..........Nunca.
    ..........Tal vez porque nadie conoce a ciencia cierta su rostro.
    ..........O porque sabe Dios dónde fue enterrado.
    ..........A veces creo que se avergüenza de nosotros, de nuestra —ignorante y desfachatada— sociedad, quiero decir; de ese triste y prácticamente inevitable destino en el que desembocará la raza humana. Final que nos venimos —quién podría negarlo— ganando a pulso.
    ..........Miguel de Cervantes escribió el Quijote, la primera novela moderna, una de las mejores —que se dice pronto— obras de la literatura universal, el segundo libro más editado y traducido de la historia. Entiendo su enfado. Y entiendo, también, que ya no podré charlar con él. Que su ausencia será irrevocable. Que no aparecerá ni nos leerá ni le interesamos en lo más mínimo. Y es totalmente comprensible.
    ..........Con todo, tengo la secreta esperanza de que algún día, por razones que desconozco, decida interactuar —a través de algún encriptado canal de comunicación— y nos confiese por qué estuvo veinte años sin publicar ni una línea, después de aquella decepción que significó La Galatea, su primera novela. ¿Tanto le pesó el fracaso, don Miguel? ¿Sabe usted que a día de hoy ningún autor llegaría a tal extremo por lo que digan los demás? La verdad es que sospecho que esto último sí lo sabe y que también sabe que a día de hoy —albores del siglo XXI— atributos como el honor, la voluntad y la vergüenza están muy venidos a menos —por no decir que son inexistentes—, y que se hace llamar escritor cualquiera que haya escrito —sin importar calidades o valías y muchísimo menos opiniones o cribas— dos docenas de folios, un cuento, y una pseudopoesía dirigida a su amor platónico del instituto. Algunos de estos autodenominados escritores han acabado una novela, don Miguel. Algunos un par de ellas. Y le aseguro que ni por fortunas materiales dejarían de intentar publicar, por más que medio país —o el país entero, qué más les da— se parta el pecho de las sandeces que redactan. Se retorcerá usted con el interrogante de si ha muerto la crítica o qué cojones y yo, sinceramente, no sabría qué responderle. No puedo —ni quiero— engañarlo. Lo admiro. Admiro su fuerza de voluntad, su tesón, para sentarse y escribir una obra magna —incluso estando prisionero, incluso con cincuenta y ocho años— después de aquel rotundo fracaso literario que en tiempos nobles debería haber alcanzado para que abandonara todo intento de escritura. Lo admiro, sí. Pero ya sabemos que la admiración, a menudo, opera como una cárcel.
    ..........También Shakespeare admiraba a Cervantes. Y me pregunto quién tendría el valor de poner al corriente al alcalaíno que no existe nada ni parecido a Shakespeare en los tiempos que vivimos. O que a la guerra se va —al menos en Europa— por dinero y no por honor. A decir verdad, don Miguel, y espero no se espante ni lance improperios, en la España moderna los jóvenes se apuntan al Ejército para tener una nómina, es decir, un trabajo digno y más o menos estable, porque de eso mucho no hay en estos tiempos. Figúrese que a la gente la desahucian de sus casas, y ya pueden irse a vivir bajo un puente —aún con críos recién destetados— o bajo los nidos de las cigüeñas de Extremadura, que al Estado se la trae floja.
    ..........Lo sé, don Miguel: a este paso, no querrá dejarse ver jamás, ni muerto ni resucitado, ni siquiera en sus huesos o en el lejano destello de su ánima. Yo nací en el sur del mundo, al otro lado del Atlántico, en esas tierras bárbaras que en su época ya se habían enterado de que se trataba de un continente. Se lo cuento por si algún día decide oírnos —interactuar, manifestarse, insultarnos—, se lo cuento sin intenciones de desilusionarlo, a título informativo: allí las cosas continúan parecidas a cómo eran en su siglo, don Miguel. Pues sí. Y cuando unos pocos han querido cambiar el tercio, no quiera saber la que les cayó.
    ..........Nada de diálogos con nadie de este nefasto tiempo, ¿verdad, don Miguel? ¿Y si le digo que Quevedo me hizo una suerte de reverencia cuando le recité de memoria Amor constante más allá de la muerte? Se lo juro. El caso es que fui a visitar el convento donde pasó sus últimos días, de hecho, la mismísima habitación donde falleció. No está muy lejos de Madrid, don Miguel, y es un sitio que usted bien conoce: Villanueva de los Infantes —me invitaron a dar una charla sobre la metamorfosis discursiva que sufrimos los extranjeros allegados a la creación literaria, imagínese—, allí en los Campos del Montiel. No sé si está al tanto pero no hace mucho se realizó un estudio muy sofisticado con varios catedráticos y especialistas —algunos de importantes países— y llegaron a la conclusión que es en esa población donde comenzaron las andanzas de su hidalgo Quijote. ¿A que flipa en colores? Pues sepa que no se lo inventaron ni se los adivinó la bruja Lola. Para los cálculos tomaron referencias de la propia novela: que si un burro andaba tantas leguas durante el día y otras menos por las noches, que si en invierno esto, que si con el sol manchego rajando la tierra esto otro, etcétera. Todo muy plausible. Y así fue que echaron las cuentas y creo recordar que nueve de doce variables daban como cónclave esa villa, porque usted, don Miguel, da pocos datos en el Quijote, y ya sabe cómo es la gente de inquieta en ciertos menesteres.
    ..........Abandono, pues, don Miguel, los cotilleos y comentarios anecdóticos para centrarme en una última y breve cuestión que me interesaría transmitirle. Para las nuevas generaciones el Quijote —además de recuperar enseñanzas casi olvidadas en estos tiempos majaderos— nos ha planteado algunos interrogantes y uno de ellos es la figura de la mujer. Sé —porque existe suficiente documentación sobre ello— cuál era el papel de éstas en la sociedad del siglo XVI: el honor a ultranza, fertilidad, abnegación, etcétera. Sé, también, que se crió usted en un ambiente marcadamente femenino: su madre, sus hermanas, su abuela paterna y una tía. No voy a inmiscuirme en su vida personal, ni en sus amoríos, ni en los dolores de cabeza que le habrán generado las habladurías. Sólo me interesa —en este contexto que he citado— las mujeres del Quijote. Y más concretamente, Dulcinea. Porque existen ciertos pasajes en dicha obra —descontextualizados, claro está— donde podríamos adoptar un concepto erróneo de lo que pensaba usted sobre ellas. Ejemplo: «Es natural condición de las mujeres desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece». Sé que no pensaba eso y lo sé por muchas razones pero sobre todo por Dulcinea.
    ..........Sin embargo, Dulcinea es para mí —figúrese la dicotomía— la gran desilusión de la obra más famosa —vaya: sólo superada por la Biblia— que ha conocido la humanidad. Y no porque me defraude el personaje o su construcción. No. De hecho, personaje y construcción me resultan extraordinarios. Y aunque tenga para mí que la figura de Dulcinea no es del todo válida para entender qué pensaba usted sobre las mujeres, el motivo es evidente y archisabido: Dulcinea no participa en la novela de un modo activo o real, sino que se trata de una referencia —un tanto impetuosa— a la que recurre Don Quijote en sus innumerables desvaríos, el mero hecho de oír su nombre me remueve y me tensa, porque es la figura femenina que más me enamora: porque es la más pura, la que aporta más euforia a Alonso Quijano y —en la mayoría de mis consultas— al lector.
    ..........Ahora bien, don Miguel, si el amor de Don Quijote por Dulcinea no existe —y no existe en tanto no es una mujer real dentro de la historia—, si sólo es un mito, ¿cómo surge semejante pasión de nuestro protagonista? ¿Cómo surge y por qué? ¿Es meramente, como aseguran los teóricos, parte del entramado escenográfico de la condición de caballero andante? Porque ya en el comienzo del libro usted nos enseña cómo el hidalgo —que va perdiendo los papeles— la toma para tener un receptor, un oyente, a quien dedicar sus glorias. ¿Eso es, a final de cuentas, nuestra embelesada Dulcinea? ¿Nada más que un pretexto?
    ..........No puede ser.
    ..........Respeto su ausencia, don Miguel. La respeto y, como he dicho más arriba, la entiendo. Pero permítame mantener viva la llama de la esperanza. Permítame dudar de que Dulcinea no sea siquiera un fantasma, es decir, el recuerdo de un ser que alguna vez estuvo vivo, que amó y se dejó amar, que soñó con realidades y sufrió dolores de tripa y algarabías y sorpresas de ésas que nos cambian para siempre.
    ..........Al menos un fantasma, don Miguel. No pedimos tanto.
    ..........Lo sé: sé que si usted volviese a la vida el mundo le resultaría un fiasco. Y es que en los aspectos más importantes de la condición humana apenas si hemos evolucionado en los últimos quinientos años. Y esto probablemente lo enfurezca. Lo entenderíamos, se lo aseguro, ya que después de haberlo dicho casi todo en Don Quijote de la Mancha, no hemos sabido aplicar casi nada.
    ..........Somos un verdadero desastre.
    ..........En fin. Podría dialogar con usted días enteros. O escucharlo, también, días enteros. Pero debo confesarle, y ahora sí termino, que me da miedo poder hacerlo. Me aterroriza, sí. ¿Sabe usted por qué? Se lo diré a modo de despedida: porque mucho me temo que la ira y el desconcierto le impidan revisar la etérea condición de nuestra amada Dulcinea.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • en «12 rounds», Lea, Buenos Aires, 2012.

    en «Las mil y una noches peronistas», Granica, Buenos Aires, 2019.




    Reyes del cincuenta y uno
    Observa y escucha.
    ..........De pie junto al ventanal, tiradores oscuros que le bajan desde los hombros, repeinado y en mangas de camisa, el hombre observa el último tramo de calle que se mezcla ligeramente con la noche. Y escucha, sin dejar de observar, la radio: la voz entusiasta del locutor.
    ..........Escucha:
    ...amigos de LR1 Radio El Mundo, y la gran cadena de emisoras de todo el territorio nacional que se entrelazan en esta velada plena de emoción de la Cabalgata deportiva Gillette...
    ..........Había sido un día raro, lleno de sensaciones contradictorias, con un informe clínico en el centro de todas esas contradicciones. Había sido un día caluroso, con un calor de esos que se te pegan a la piel, que se te pegan desde que te levantás y que no te abandona nunca, ni siquiera cuando cerrás los ojos y después de mil vueltas te terminás quedando dormido.
    ..........Escucha:
    .............nieva copiosamente en esta grandísima metrópolis, un manto blanco cubre avenidas y calles...
    ..........Un día contradictorio.
    ..........Si llegara a ser verdad, cómo mierda se lo digo, pensará el hombre.
    ..........Pero lo pensará mañana. O dentro de un rato, cuando termine la pelea y camine hacia el dormitorio donde su esposa, agotada por tanto trabajo y cierta responsabilidad añadida, ya descansa boca arriba, medio desnuda y con el pelo suelto.
    ..........Escucha:
    .............un cordial saludo desde el centro mundial del pugilismo: el Madison Square Garden de Nueva York...
    ..........Cómo mierda se lo digo, pensará el hombre.
    ..........Mañana.
    ..........O dentro de un rato.
    ..........Si no fuera por la voz entusiasta del locutor, por el anuncio del inminente comienzo del combate, el hombre estaría menos tenso pero bastante más afligido. Si no fuera por la voz que sale como un látigo desde el parlantito de la radio, el hombre estaría pensando en la conversación con el médico, una conversación llena de malos presagios, escueta y demoledora.
    ..........No estaría ahí, junto al ventanal, algo errante y todavía vestido.
    ..........Tal vez ni siquiera estaría despierto.
    ..........Pero quiere escuchar la pelea. Claro que sí. Le gusta el boxeo. Le gusta desde siempre y esta noche más que nunca porque confía en el triunfo. Porque hace quince días, diríase que murmura el hombre, el otro negro duró cuatro rounds. Confía en el triunfo, sí. Lo necesita, además. Necesita que el campeón del mundo quede seco contra la lona, que los gringos se vuelvan locos de envidia, que sufran en sus propias narices la fuerza de un pueblo justo, libre y soberano.
    ..........Observa y escucha y piensa.
    ..........Observa la calle, la ciudad medio desierta, y escucha. Y piensa en todos los otros barrios, no en este barrio de copetudos sino en los otros, donde la gente estará metida en sus casas, cerca de alguna radio, cagándose de calor pero acompañando a su ídolo, pendientes de la narración entusiasta y seguros, como él, del triunfo.
    ..........Escucha:
    .............a poco minutos del combate que sostendrán el Tigre puntano, el argentino José María Gatica, y el legendario monarca de la categoría Ike Williams...
    ..........De pie junto al ventanal, la calle Austria medio desierta, el hombre se desabrocha lentamente un botón alto de la camisa. Y se detiene. Acaricia el botón, lo estruja. Y se detiene.
    ..........Escucha:
    .............cuando en este instante, amigos de LR1 Radio El Mundo, hace su aparición el presentador de la velada…
    ..........Después, con la vista en el último tramo de la calle, siempre de espaldas a la radio, se desengancha los tiradores: los deja caer a un acostado: los tiradores cuelgan de su cintura. Ahora se siente un poco menos tenso. Pero está el calor, que no cesa ni siquiera con la noche.
    ..........Escucha:
    .............ladies and gentlemen...
    ..........Ya no le importan los rumores de que Gatica no se estaba entrenando como debería. O de que ni siquiera se estaba entrenando, que se la pasaba de joda, chupando y sin dormir, que por la habitación del hotel entraban y salían, a cualquier hora, mujeres de todos los colores, aunque el Mono lo niegue, y se enoje mucho y grite y diga, enojado y a los gritos, que son todas mentiras.
    ..........Ya no le importa eso.
    ..........Y prefiere no pensar en la conversación de esta mañana con Cárdenas, eminencia de la medicina argentina, amigo personal desde los tiempos del Liceo. Prefiere no pensar en eso.
    ..........Escucha al locutor diciendo que Gatica sube al ring ante un silencio inimaginable en Buenos Aires. Después, de fondo, palabras en inglés que anuncian a Williams. Después, de fondo, todo el Madison Square Garden aclamando a su campeón.
    ..........Y después, un silencio mínimo. Un fantasma. Como si el locutor no hubiera podido reprimir la angustia. Como si el locutor, siempre entusiasta, de pronto hubiera tragado saliva. Gatica estaba solo. Solo como nunca lo había estado. Solo en medio de ningún cantito. Solo sin el oh oh oh del Luna Park.
    ..........El hombre sabía que el Tigre puntano estaría solo. Y que la gente de los barrios bajos esperaba todo de él.
    ..........De él. Y de Gatica.
    ..........Y prefiere no pensar en lo que le dijo Cárdenas a media mañana. Pero cómo evadirse de semejante desgracia, porque Cárdenas es su amigo y por nada del mundo le diría algo así de no estar completamente seguro.
    ..........Si Cárdenas tiene razón, cómo mierda se lo voy a decir, pensará el hombre mañana o dentro de un rato. De dónde voy a sacar las fuerzas, pensará. Con lo jovencita que es y con todo lo que sufrió desde que Dios la trajo al mundo, pensará.
    ..........Y pensará en aquel primer desmayo. El de hace casi un año. Y pensará que si volviera a pasarle, otro desmayo o cualquier indisposición, le pedirá y hasta exigirá que traslade su oficina acá, a la casa. Eso pensará el hombre.
    ..........Mañana.
    ..........O dentro de un rato.
    ..........Y pensará que Gatica es un chiquilín. Y pensará que es arrogante y desfachatado y peronista.
    ..........Entonces suena la campana: un estruendo fervoroso cubre la voz del locutor. Dura poco.
    ..........Ese estallido de fervor.
    ..........Cómo ruge la leonera, dice el hombre sin mover los labios, sin siquiera mover el cuerpo, con la ciudad y la noche de Reyes recortada tras el ventanal que da a la calle Austria.
    ..........Escucha:
    ..........…primeros avances del Tigre puntano decidido a tomar la iniciativa. El árbitro observa las acciones detenidamente. Williams retrocede. Gatica arremete con un gancho de izquierda a la cabeza del campeón, que parece no acusar el impacto. Retrocede Gatica. Vuelve a la carga. Izquierda, derecha, izquierda...
    ..........Le gustaría decir dale dale monito pero no lo hace.
    ..........Escucha:
    ..........¡...terrible gancho a la mandíbula y Gatica se va al suelo...!
    ..........Entonces el hombre, por primera vez, se gira y sus ojos negros apuntan a la radio. Los tiradores colgando desde la cintura, el pelo brillante y repeinado hacia atrás.
    ..........—Esperá, esperá que cuente hasta nueve —dice.
    ..........Y lo dice como si se lo dijera al oído. Como si lo tuviera a Gatica a ahí mismo y quisiera confesarle un secreto. Se lo dice como se lo diría al hijo que nunca tuvo.
    ..........El relator cuenta. El árbitro cuenta. El relator dice uno, después dice dos, y después tres. Y después dice que Gatica se levanta valiéndose de las cuerdas. Pero que está apabullado, dice.
    ..........Escucha: .............el árbitro examina los guantes del Tigre puntano. Le hace un gesto con las manos. Se aparta. Gatica no termina de armarse y el campeón arremete sin piedad. ¡Devastador uppercut de izquierda al mentón de Gatica! ¡y otra derecha a la nariz del argentino...!
    ..........El hombre, ahora junto a la radio, de frente a ella, imagina los golpes de Williams mejor que si los estuviera viendo. Ya hay sangre saliendo de la nariz golpeada, escucha. El relato se torna desquiciado: una multitud aclama la segunda caída de José María Gatica cuando apenas si transcurrió un minuto de pelea.
    ..........Ruge la leonera.
    ..........Escucha:
    .............tres, cuatro, cinco, seis...
    ..........El hombre, la camisa desabotonada hasta la mitad, las manos encima del mármol donde está apoyada la radio, los brazos tensos, los ojos negros hipnotizando el parlante que ruge y ruge.
    ..........Le gustaría decir parate mono parate pero si lo hace no se le oye.
    ..........Lo que sí se oye es al relator diciendo que el Tigre puntano consigue pararse pero que está totalmente grogui. Y que Williams no perdona porque le suelta una serie de volados de izquierda y duros rectos de derecha que impactan en la cabeza del argentino.
    ..........El hombre, de cara a la radio, cierra los ojos. Los aprieta, más bien.
    ..........Entonces escucha:
    ..........¡...Cayó Gaticaaaa...!
    ..........Y escucha, también, a la multitud enloquecida.
    ..........La voz. Los rugidos. Y cada uno de los números que aproximan el nocaut.
    ..........Diez.
    ..........Nueve, en realidad. Porque después de ese número ya no se oyó más que el griterío pisando la voz del relator.
    ..........—La puta que te parió —dice.
    ..........Y apaga la radio. Y al apagarla deja, un instante, sus dedos sobre la perilla redonda del aparato. De pronto el silencio lo aturde. Y no consigue calcular cuánto tiempo duró la esperada pelea en el Madison Square Garden de Nueva York. Mira el reloj. Todavía no es consciente de que todo ocurrió en el primer asalto.
    ..........Caerá en la cuenta mañana.
    ..........O dentro de un rato. Después de acostarse, cuando le será imposible conciliar el sueño en la calurosa noche de enero.
    ..........Con lo tiradores colgándole de la cintura, lentos los pasos y una horrible sensación de haberle fallado, él y no Gatica, a todos y cada uno de los argentinos, el hombre llega al dormitorio donde su esposa duerme boca arriba, el pelo suelto y medio desnuda.
    ..........La observa desde el quicio de la puerta. Reconoce su figura en la penumbra. No quiere despertarla.
    ..........Se queda inmóvil.
    ..........Y piensa, inmóvil, que esa mujer es demasiado joven como para que Cárdenas tenga razón. Y que sufrió tanto de chica. Y que luchó tanto para llegar a donde llegó. Y sin dejar de observarla, boca arriba, el pelo desparramado sobre la almohada, no sabría decir quién la quiere más, quién la necesita más: si él, Juan, su marido, o el resto de la gente. De toda esa gente. Del pueblo entero que esta noche de Reyes sufrió la peor derrota de su ídolo, la más humillante y verdadera.
    ..........—Negrita, ¿estás dormida?
    ..........Toda esa gente. Sus descamisados.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • la versión original de este cuento fue publicada en la revista «Fiat Lux». #3, Madrid, mayo de 2014.




    Swingers
    Lluvia, la del pelo suelto y los vaqueros ajustados, no se llama Lluvia sino Mercedes. Su madre le puso ese nombre veintinueve años antes de este mal octubre donde el verano perdura y enciende.
    ..........Lluvia, la del pelo rubio y las piernas como embutidas en los pantalones, se llama Mercedes. Y hace unos días, no muchos, un tipo arrogante y con aires de navajero le pagó tres veces lo que ella suele cobrar. Fue una llamada furtiva que empezó con la frase Si tú eres la de la foto, te pagaré el triple de lo que pone aquí.
    ..........Lluvia no se llama Lluvia y su madre, hasta después de la adolescencia, la llamaba Mercedita. Pero desde que vive en la capital, desde que se vino de su país a esta capital que todo lo promete y casi siempre nada cumple, un poco por la memoria de su madre, Mercedita se hace llamar Lluvia.
    ..........Recuerda lo que te he dicho, dice el tipo que la contrató.
    ..........Lluvia, de pie junto al portal, asiente con desinterés.
    ..........Van a ser las cinco y el tipo busca el piso en el rectángulo del portero eléctrico.
    ..........Por qué haces esto, pregunta Lluvia.
    ..........El tipo, con el dedo en el botón del 7A, todavía sin presionarlo, la mira por encima del hombro.
    ..........Y a ti qué coño te importa, dice.
    ..........Lluvia sueña, a menudo, con matar a tipos como Elías. Porque el tipo que la contrató se llama Elías. Ella no lo sabe pero ese es su nombre real. Imagina que los mata clavándoles una tijera en medio de los testículos. A los tipos como Elías. Mientras duermen a su lado, desnudos y olorosos.
    ..........Si haces alguna gilipollez, dice Elías, te daré de hostias y te quitaré el dinero.
    ..........Lluvia suelta un chasquido vago con la lengua. Gira la cabeza.
    ..........¿Te enteras?, dice Elías.
    ..........Lluvia, la mirada esquiva, ve pasar a una pareja por la acera de enfrente: ve que son jóvenes y que van de la mano. En cualquier otra circunstancia, lo habría insultado sin pensárselo dos veces. Y se habría marchado.
    ..........Elías, después de la amenaza, ante la mirada esquiva de Lluvia, se vuelve y le da al botón del 7A.


    El timbre suena un minuto antes de las cinco. Retumba en toda la casa y Elena, entonces, apura el humo de la última calada. Piensa en cosas absurdas y retuerce el cigarrillo contra el cristal transparente del cenicero. Va hasta el salón. Se asoma como si no estuviese en su casa.
    ..........Son ellos, dice Jorge después de colgar el telefonillo.
    ..........Elena mira la hora en los numeritos brillantes del reproductor de DVD. Experimenta una extraña sensación de pánico, como si estuviera a punto de entrar en el aula donde le aguarda el peor examen de la más puñetera y trascendental asignatura.
    ..........Ella no lo sabe pero su rostro ha cambiado inesperadamente de color.
    ..........Ve cómo Jorge va hasta la puerta y cómo apoya la mano sobre el pomo. Y cómo espera. Le hace un gesto, Jorge. Un gesto con la cabeza. Elena se detiene en medio del salón. Cree, de pronto, que suda. Y que ese sudor le baja presuroso por la espalda. Jorge suelta el pomo y espía por la mirilla. Viven en un séptimo y el ascensor, aun pillándolo a la primera, suele tardar un par de minutos. Llevan casi tres años de convivencia y otros tantos de novios. Elena, bastante más joven que Jorge, todavía está cursando la carrera aunque confía acabarla el próximo semestre. También confía en que Jorge, alguna vez, cambie ciertos hábitos. Que no le levante la voz por cualquier tontería, que no la amenace, que no la trate como si ella fuese idiota, piensa.
    ..........Ahora no suena el timbre sino que se oyen dos golpecitos en la puerta.
    ..........Antes de que Jorge abra, a Elena le gustaría mucho poder arrepentirse.
    ..........Jorge abre, después de los golpecitos, la puerta.
    ..........Lo quiere, Elena. Lo quiere muchísimo. Lo quiere tanto que teme perderlo. Porque Jorge, de tanto en tanto, le dice que la dejará, que es una mojigata y que está hasta los huevos de ella. Así le dice. Y Elena teme perderlo. O lo que es peor: teme que Jorge se líe con otras mujeres, con otras que no sean mojigatas, piensa.
    ..........Lluvia y Elías entran medio tomados de la mano. Elías un paso por delante. Sonríe. Desde hace un buen rato, Lluvia piensa solo en el dinero. Sí, en que son trescientos treinta euros, piensa.
    ..........Hola, dice Elías.
    ..........Y sonríe más fuerte.
    ..........Y su sonrisa fuerte se clava, tan de repente, en los ojos de Elena.


    Los dedos de Jorge corren por el vientre de Lluvia y bajan más allá del elástico. Se sorprende porque sus dedos resbalan por el pubis. Por un pubis lampiño y suave. Él y Lluvia se han quedado en el salón. Ella se ha descalzado y se ha quitado los pantalones. Sentada en la mesa, sus piernas cuelgan.
    ..........La primera vez es muy excitante, dice Lluvia.
    ..........Jorge no responde: intuye que ha sido un error el haber confesado que era la primera vez que él y Elena hacían algo así.
    ..........Aunque… no creas que nosotros tenemos mucha experiencia, dice Lluvia.
    ..........Jorge había preferido hacerlo en el dormitorio. Pero Elías también. Y como no llegaban a un acuerdo, por hacer la gracia, terminaron echándolo a suerte con una moneda de cincuenta céntimos que el propio Elías arrojó al aire. Y la moneda cayó del lado equivocado. Y Elías desapareció por el pasillo llevándose a Elena. Jorge recuerda que se la llevaba cogiéndola con ímpetu por la cintura.
    ..........Ahora los dedos de Jorge se instalan en el sexo de Lluvia. Lo frotan con cierta inhabilidad. Un coño diferente, piensa él. Porque nota su amplitud y su tan sencillo acceso. Y piensa, además, que Elena ya podría quitarse todos esos pelos. Que le sentaría estupendamente, y que sería guay, piensa.
    ..........Lluvia, al primer contacto, sube una pierna y clava el talón sobre el cristal de la mesa. Jorge, con la yema de un dedo, recorre ese sexo diferente mientras besa, despacio, el hombro de Lluvia. Y mientras eso ocurre, comprueba que ella no consigue excitarse. Teme estar haciendo algo mal puesto que, aunque amplio y diferente a lo que está acostumbrado, carece de humedad.
    ..........Lluvia abre más las piernas: los brazos tensos contra la mesa, la cabeza hacia atrás y su pelo amarillo como derritiéndose desde la nuca.
    ..........Se suman otros dedos de Jorge, cambia de mano. De pronto, como un flash, así de repentino, piensa en Elena. Había leído en los foros que era un momento inigualable: saber que estás con la novia de otro, que ese otro te la ha cedido, entregado. Momento inigualable, recuerda que leyó en Internet. Pero Jorge sólo puede pensar en Elena tumbada en la cama de todos los días, en la que él mismo compró en Ikea cuando ella aún vivía con sus padres. Y en ese tipejo que en la webcam parecía majo y mucho más joven de lo que en realidad es. Piensa en Elena, Jorge. En Elena a merced de ese macarra.
    ..........¿Estás bien?, dice Lluvia.
    ..........Jorge dice que sí pero no es verdad: tiene cabeza en el dormitorio: en Elena tumbada sobre la cama o tal vez de pie. En Elena que no se entera, piensa. En Elena que ni siquiera tiene arte para ponerse a cuatro patas. Y en ese fulano, que dice llamarse Elías, quitándole las bragas, quizá empujándola contra la pared. En Elías usándole todo el cuerpo, manoseándola como si fuese suya.
    ..........Espera, dice Lluvia y salta de la mesa para arrodillarse frente a Jorge. Le desajusta el cinturón con demasiada maestría y enseguida baja la cremallera. Jorge, de pie, cierra los ojos. Después los abre y ve el cielorraso. Y después, cuando Lluvia se llena la boca, empieza a oír los sonidos de Elena: primero débiles y luego menos débiles. La acción alocada de Lluvia, el vaivén y las uñas clavadas en sus glúteos, le impiden distinguir que los sonidos de Elena no son de placer.
    ..........Y después, cuando Lluvia finalmente desista y él pueda distinguir con exactitud todos los sonidos de la casa, después, en ese momento, Elena ya estará en silencio. Cuando Lluvia deje de estar arrodillada y al ponerse de pie le haga un gesto cariñoso y le suelte una frase condescendiente y entonces Jorge pueda reconocer que Elena no gime de placer sino de algo cercano al dolor, Elena ya no tendrá fuerzas para que sus sonidos la rescaten de este mal juego.
    ..........No te agobies, no pasa nada, dice Lluvia mientras se calza los vaqueros ajustados.


    Ven conmigo hasta la esquina, dice Elías.
    ..........Lluvia, que no se llama Lluvia sino Mercedes, todavía en el portal, niega sin soltarle la mirada.
    ..........Pues no me da la gana, dice.
    ..........Elías, el tipo que la contrató, se burla un poco de ella preguntándole si le debe algo y, además, si le obligó a hacer algo que ella no estuviese haciendo a diario. ..........Eres un cabrón, lo sabes, dice ella.
    ..........Él vuelve a pedirle que lo acompañe hasta la esquina.
    ..........Que me sigas, coño, dice.
    ..........Y alega, con algo de razón, que una de las ventanas del 7A da a la calle, que podrían estar mirando, y que no era plan ensañarse con esos pobres críos.
    ..........Después de todo, dice Elías, no les hemos hecho nada que no se hayan buscado.
    ..........Lluvia, más bien por los otros, accede a seguirlo.
    ..........Caminan, entonces, juntos.
    ..........Como si en verdad fuesen lo que no son.
    ..........Elías, medio sonriente, enciente un cigarro.
    ..........¿Quieres?, dice.
    ..........Que te den, dice Lluvia.
    ..........No es la primera vez que lo hago, chica, dice Elías.
    ..........Y era cierto. Tan cierto como que dentro de un rato, en el bar de siempre, con el sabor de esa cría metido todavía por todos lados, le contará lo sucedido a varios de sus colegas. Confesará, mientras toman cañas y ríen, que transgredir las reglas lo pone más que el acto en sí mismo. Alguno le preguntará cómo tiene tanta cara y Elías responderá con un mohín algo chulesco. Se acercará la punta de los dedos a la nariz, entornará un poco los párpados. Tío, dirá Elías, imagínate que te estás tirando a la novia de un menda que está allí, contigo. Que te la estás tirando por la cara, tío. Así lo explicará. Y seguirán bebiendo.
    ..........Cuando llegan a la esquina Lluvia se detiene: ya no pueden verlos desde ninguna ventana del 7A.
    ..........Qué le has hecho a la muchacha, cabrón, dice.
    ..........Elías sonríe. Suelta, en esa acción, aire por la boca.
    ..........Me la he cruzado en el servicio, lloraba sentada en el váter, dice Lluvia.
    ..........Pero el tipo que la contrató sigue caminando como si nada.
    ..........¡Eres un hijo de la gran puta!, dice Lluvia.
    ..........El tipo, sin detener su andar, alza la mano derecha con el dedo corazón señalando el cielo. Lluvia, que no se llama Lluvia sino Mercedes, observa el gesto pero ya lo ha dicho todo y se queda quieta sin saber muy bien qué hacer. El tipo que la contrató apura el paso, cruza la calle en diagonal y se pierde entre la gente.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • en «Piedad y deseo. Otros hijos de la misma noche», Imagine, Madrid, 2014.

    en «En algún cielo [edición revisada]», Playa de Ákaba, Madrid, 2017




    Amanda
    No supimos de dónde vino. Ni escuchamos nada. Porque era el murmullo del agua corriendo río abajo. Y nosotros tres, fusil en mano, avanzando en fila india, medio cuerpo por encima de la superficie. Tomás iba adelante y Calafa detrás de mí. Cualquiera sabe que nunca se ven venir las balas. Pero les aseguro que en esa selva de mierda se veían venir menos. Así que todo fue un zumbido repentino que dejó de oírse cuando encontró la cabeza de Tomás.
    ..........Intentábamos cruzar el Río Grande porque teníamos la certeza de que el grupo había quedado al otro lado. Porque nos habíamos separado de ellos, del Comandante, en la última emboscada. No recuerdo cuántos quedábamos en ese momento. El primer día éramos cincuenta. Con el pasar de los meses fuimos siendo menos. Los enfrentamientos con el ejército mercenario nos diezmaban inevitablemente y desde agosto que no se incorporaba nadie. Para peor, los campesinos nos rehuían cada vez más, incluso nos delataban. El Comandante les decía Nosotros no somos eso que les cuentan. Y les decía Mírennos. Y les decía Estamos peleando por ustedes, para que tengan una vida más digna. Pero los campesinos, temerosos y chúcaros, no decían nada. Cuando salimos de la aldea, nos atacó el ejército por la retaguardia. Quisimos defendernos pero fue inútil: y no porque nos triplicaran en número o estuviéramos prácticamente descalzos, agotados y mal comidos. No era por eso. A veces es mejor huir. Escuché la voz del Comandante ordenando la retirada. Así que nos dispersamos para donde buenamente pudimos. Cuando dejaron de oírse los tiros, Tomás, Calafa y yo nos dimos cuenta de que le habíamos perdido la pista al grupo. Por supuesto que en ese momento no lo sabíamos pero ya no volveríamos a encontrarlos. Esperamos que anocheciera, atravesamos la sierrilla, y nos adentramos en la selva: deambulando sin demasiada esperanza, guiándonos por los arroyos que de tanto en tanto aparecían entre la vegetación. Así durante tres días. No teníamos víveres, ni mapas, ni más munición que la que nos quedaba en el fusil.
    ..........Tomás iba adelante cuando lo alcanzó la bala. A menudo iba adelante. Buen pibe Tomás, lúcido y valiente. Un rato antes nos estaba diciendo Acuérdense de las palabras del Comandante, acuérdense: 'y si nos matan, ganamos igual'. Inmediatamente después del impacto, Calafa y yo volvimos a la orilla donde logramos ponernos a cubierto entre las piedras del lecho. Y desde ahí divisamos el cuerpo de Tomás: flotaba boca abajo, medio hundido en el agua. Ni siquiera pudimos enterrarlo porque enseguida vimos cómo lo arrastraba la corriente. Hasta que ya no lo vimos más. Entonces sólo quedamos Calafa y yo. Y la selva a este lado del río. Y el ejército mercenario que parecía tenernos acorralados.
    ..........Esperamos la llegada de la noche escondidos en la vegetación. Pensábamos cruzar el Río Grande ayudados por la oscuridad, pero pensábamos mal. Calafa me dijo El Comandante nos estará buscando, no te aflijas. Lo cierto es que ya habían pasado tres días y aunque no nos lo decíamos, ambos estábamos seguros de que el grupo nos había dado por muertos desde hacía tiempo.
    ..........El quinto día, antes de que anocheciera, mientras asábamos unas cotorras que habíamos cazado a hondazo limpio, Calafa me dijo Voy hasta la orilla a hacer un reconocimiento. Se puso de pie y, sin mirarme, como si se lo dijera a si mismo Tenemos que cruzar, no podemos quedarnos de este lado. Creo que asentí. Lo vi avanzar agachado, lentamente, hasta que desapareció entre la maleza. Apagué las brasas cuidando que no largaran humo. Y en eso estaba cuando escuché:
    ..........—El Río Grande no se puede cruzar.
    ..........Me cagué de miedo y me di la vuelta bruscamente, sobresaltado.
    ..........Fue la primera vez que la vi.
    ..........No sé por qué calculé que tendría doce o trece años. Vi sus trenzas negras cayéndole sobre el pecho, su piel oscura, su ropa un tanto maltrecha. Todavía quedaba algo de luz aunque en la selva profunda siempre todo es más sombrío. En ese momento entendí lo expuesto e indefensos que estábamos: de no haber sido una nena, de haber sido cualquier otra persona o animal, ya me habría atacado y probablemente matado.
    ..........Supuse, claro está, que el hambre y el agotamiento físico me estaban volviendo loco. Al cubanito Montes le pasó: juraba que su abuela, que llevaba mil años muerta, le decía Lárgate. Los van a matar a todos. Como perros. Lárgate. El Comandante lo separó del grupo porque se despertaba en medio de la noche gritando Déjeme, déjeme ya, abuelita y, por supuesto, nos ponía en peligro a todos.
    ..........Pero yo no me estaba volviendo loco. Ni escuchaba voces. Y hasta bien entrados los combates tuve toda la fe del mundo. Porque nuestra causa era la causa más justa, la más noble y enaltecedora: el escalón más alto del ser humano, como nos decía el Comandante.
    ..........Lo primero que pensé fue que era una trampa, que al segundo siguiente un cuchillo me degollaría. Pero no. Inmóvil, a unos tres o cuatro metros más o menos, pude verle costras en las comisuras de la boca, de un lado más que de otro, y una mancha oscura en el pómulo. Le pregunté quién era y qué hacía a esas horas en medio de la selva. Le pregunté por su familia, por su casa. Pero no me contestó. Algo en su mirada me decía que no estaba perdida, que no tenía miedo, y que más me valía no asustarla, que no viera el fusil, por ejemplo. Pensé que si en ese momento aparecía Calafa, la nena saldría cagando a delatarnos y sería nuestro fin.
    ..........Nos mirábamos fijamente. Le pedí que se acercara. No lo hizo.
    ..........Le dije que nosotros éramos los buenos, que no le dijera a nadie que nos había visto. Se lo pedí por favor, recuerdo.
    ..........—No son buenos los que tienen ropa verde —dijo.
    ..........No supe qué más decirle.
    ..........No supe qué hacer.
    ..........Le pregunté su nombre pero tampoco me contestó.
    ..........Le pregunté, entonces, por qué no podíamos cruzar el río.
    ..........—Porque no —dijo.
    ..........Seguimos mirándonos fijamente.
    ..........No recuerdo cuánto tiempo pasó entre su respuesta y su huida, que fue repentina. No recuerdo cuánto tiempo pasó entre su huída y el regreso de mi compañero. Sólo recuerdo que estuve en silencio un buen rato, como si las palabras no fueran ya necesarias.
    ..........Esa misma noche quisimos cruzar el Río Grande. Calafa me culpó de haberla dejado ir. Ya nos habrá delatado, me dijo, tenemos que encontrar al grupo y avisarles. Comíamos a tientas la escasa carne de las cotorras. Y me dijo Lo mejor será ir hacia el noroeste, salir de la selva. No recuerdo qué le contesté, ni siquiera si lo hice. Sabía que el altiplano era como un inmenso infierno, tal vez peor que la selva. Al menos para los del llano. Al menos para mí.
    ..........Cuando bajamos hasta el lecho, dispuestos a cruzar, una luna brillante se reflejaba en la superficie del agua. Recuerdo que bajamos hasta allí despreocupados, como si la oscuridad del follaje nos protegiera de todos los males. Entonces llegamos al claro. Entonces ese brillo de la luna. Nos colocamos en apresto, siempre fusil en mano, siempre con el oído alerta y esa indescriptible sensación —que no nos abandonaba— de ir camino a la desgracia.
    ..........Primero el agua le cubrió las rodillas. Después la cintura. Cuando le llegó a la panza levantó el fusil agarrándolo con ambas manos. Yo iba atrás, haciendo exactamente lo mismo que Calafa. Mirábamos para acá y para allá, sin ver apenas nada, sólo ese brillo contra la superficie del río. Todavía no habíamos llegado a la mitad cuando nos detuvimos: algo se movió en la otra orilla: algo entre la maleza, en las copas de los árboles. En la última aldea que habíamos estado, antes de que el ejército nos emboscara y termináramos perdidos, el Comandante había consolado a una mujer joven: recuerdo que lo vi abrazándola. Tuma y Urbano, siempre cerca del Comandante, observaban la acción a unos metros, sin mucho que poder hacer. Ella lloraba sobre el pecho del Comandante, que le acariciaba la cabeza con la vista perdida en el horizonte. En aquel momento no le di mayor importancia pero mientras comíamos las cotorras, Calafa insistió con aquello de la delación, de que no debería haberla dejado ir. Y me dijo ¿No ves que los tienen asustados, que les cuentan mentiras y los cagan a palos? Me dijo que el ejército había entrado en esa aldea, que habían dado palizas a todo lo que se movía, y que habían matado a golpe de culata a un campesino, que ese campesino era el esposo de la mujer que el Comandante consoló, pero que más la consoló porque se habían llevado a su hija, y que sabida era la práctica de usar a las nenas como señuelo contra la guerrilla. Enseguida, con rabia y desazón, me dijo Seguro que hasta se la cogieron estos salvajes hijos de puta. Y no sé por qué pensé en todo eso mientras oíamos el ruido de la maleza al otro lado del río, con el agua a la altura de la panza, sin muchas opciones de movimiento. Sin muchas opciones de casi nada. Ahí, bajo el blanco nocturno de la luna.
    ..........Otra vez no supe de dónde vino, ni escuché nada. Apenas el maldito zumbido, ese que rasga, y el golpe seco en la cabeza de Calafa.
    ..........En un acto reflejo, me sumergí hasta la barbilla, incluso más. Y por supuesto reculé. Y trastabillé. No podía meter el fusil en el agua porque entonces quedaría inutilizado durante semanas. En ese fatídico instante, claro está, ignoraba que no volvería a necesitarlo. Pero el fusil siempre es el fusil, por eso procuré que no se sumergiera. Me costó mucho lograrlo: tenía la certeza, la corazonada, de que si no huía, el siguiente tiro era para mí. Pensé: Lo único que tiene un guerrillero es la voluntad. Y fui retrocediendo con el cuerpo bajo el agua. Apenas afuera la cabeza, las manos. Y el fusil. Y tal vez la voluntad. Y mientras retrocedía vi cómo mi compañero se iba para siempre río abajo.
    ..........Cuando llegué a la orilla supe que era imposible cruzar ese río de mierda. Me arrastré hasta camuflarme entre la vegetación. Estuve ahí un buen rato, quieto, exhausto, pensando en Calafa, en todos los otros, y en mí, que en ese momento, después de muchos meses, me había quedado absolutamente solo.
    ..........Desperté con las primeras luces del alba. Sentí la humedad, la mugre, el hambre, y las picaduras de los insectos. Para mi sorpresa, tenía la mochila bajo la cabeza y las brasas todavía encendidas de un fuego que no recordaba haber encendido. Pensé que me había atrapado el ejército mercenario, que me cortarían las pelotas y se las darían a los chanchos. Pero no. Cuando me incorporé, la nena estaba paradita junto a un árbol, observándome. Tardé en reaccionar. Ella habló.
    ..........—Usted se parece a mi papá —dijo.
    ..........Ninguno de los campesinos de ninguna de las aldeas, ni en la selva ni en el altiplano, tenía barba. Yo sí. De unas semanas porque antes de perdernos solía afeitarme de tanto en tanto. Sin poder reaccionar del todo, sin entender prácticamente nada, le pregunté quién era, qué quería de mí, de nosotros. Creo que levanté la voz en alguna de esas preguntas. Enseguida me arrepentí. Sentado, me llevé las manos a la cara. Y se oyeron tiros lejanos, de pronto.
    ..........La nena no volvió a dirigirme la palabra.
    ..........Ni supe nada de ella.
    ..........Ni siquiera su nombre.
    ..........Cuando levanté la cabeza y volví a mirarla, tenía el brazo extendido hacia mí. Y su manito, que era como de papel, buscaba inocentemente la mía. Vi sus uñas sucias y varios rasguños a la altura de la muñeca. Nunca supe si en verdad me parecía yo a su padre. Quién hubiera podido saberlo. Lo que sí supe, mucho tiempo después, fue que en ese momento, dos mil hombres del ejército mercenario cerraban el cerco sobre lo que quedaba de nosotros.
    ..........No tan lejos de donde estaba, los tiros seguían rompiendo el silencio de la selva. Quedarme ahí, esperando quién sabía qué, habría sido un suicidio. Tampoco iba a entregarme a esos hijos de la gran puta. Ya no podía pelear por la causa pero también era una buena causa no morir a manos de unos mercenarios chupapijas. Recordé las arengas del Comandante 'Y sin nos matan, ganamos igual'. Pero yo no quería morir. Pensé en cierto acto de valor, en algún enfrentamiento heroico. Y la verdad es que lo hubiera hecho de haber tenido las fuerzas físicas y las balas que ya no tenía en mi fusil.
    ..........A veces es mejor huir.
    ..........La nena todavía tenía el brazo extendido hacia mí cuando agarré la mochila, apagué las brasas echándole tierra encima, y quise agarrar el fusil. Y entonces, por el rabillo del ojo, noté cómo su brazo dejaba de estar extendido y volvía a colgar de su cuerpo. Me detuve y detuve, claro está, la acción de agarrar el fusil. Y entonces ella volvió a extenderme el brazo, su manito de papel, arañada y sucia. No sólo entendí su repudio sino que ya, pasara lo que pasase, no iba a necesitar armas.
    ..........¿Qué es un guerrillero sin su fusil?
    ..........Sabía la respuesta y sabía que si me mataban, ganaría de todos modos. Pero yo no quería morir y por alguna inexplicable razón tampoco ella quería que yo muriera.
    ..........Le pedí que esperara un momento, que no se fuera, que no me dejara solo. No sé si entendió lo que quería hacer pero agarré el fusil y fui apurado hasta el lecho del infranqueable Río Grande. Antes de lanzarlo al agua, recuerdo, caí en la cuenta de que no había árboles ni maleza ni nada que se le pareciera en la otra orilla. Pero ya no me importó.
    ..........Mientras regresaba, recuerdo, pedí por favor que la nena siguiera ahí, esperándome, que su manito siguiera extendida con ese gesto de vení conmigo. Y no sé por qué pensé en cómo sería la cara de su padre.
    ..........Me guió entre la maleza, a veces corriendo y otra veces con despreocupación, de un modo infantil, pero sin llegar a entenderlo como un juego. Cruzamos un pequeño arroyo, subimos por terraplenes. Siempre de la mano y siempre ella delante. Así durante horas. No reparé en el hambre ni en los dolores que me producían las llagas en los pies. De vez en cuando se oían tiros. Creo recordar las aspas de un helicóptero. Cuando llegamos al pie de la sierrilla, la nena se detuvo, me soltó la mano y, con la vista puesta más allá del horizonte, levantó el brazo: su dedo índice señalaba la cima. O lo que había más allá de la cima. Por la posición del sol supe que aquello era el noroeste. Atrás había quedado la selva, todos los otros con todas sus voluntades. Sabía que más allá de la sierrilla, antes de la frontera, estaba el altiplano: aquel infierno desolado a donde me guió la nena sin nombre, y en donde buscaría y encontraría mi propia salvación.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • en «La claridad», Páginas de espuma, Madrid, 2020.


    [ la versión original de este cuento obtuvo en julio de 2019 el Primer premio en el XXXV Concurso de Cuentos 'Villa de Mazarrón' - Antonio Segado del Olmo. ]


    Más oscuro que tu luz
    Tener una tía idéntica a tu madre puede ser una putada. Cuando digo idéntica quiero decir eso: idéntica, con exactamente el mismo rostro. Y también el mismo pelo y la misma piel, la misma voz, los mismos gestos, la misma sonrisa, el mismo modo de andar con aquellas piernas largas y finas.
    ..........Así era y así es mi tía Emma, la gemela idéntica de mi madre.
    ..........Mi padre siempre contaba la anécdota de la pedida, cuando mi abuelo le preguntó que si estaba seguro, y que por qué no le gustaba su otra hija, Si es que son calcadas, coño, decía mi padre que dijo mi abuelo. Parece ser que mi padre se quedó de piedra y se le ocurrió soltar que para él no eran iguales porque mi madre tenía un ángel propio: Un aura que la hace única, decía él que dijo. Yo rara vez las confundía. Si podía mirarlas bien de cerca, mi madre era, tal y como había dicho mi padre el día de la pedida, única. De pequeña me gastaban bromas que a mí no me hacían ni puta gracia. Recuerdo que se me plantaban delante, sus miradas a la altura de mi mirada, y mi tía Emma decía: Pepa, soy tu madre. Y mi madre decía: Pepa, soy tu tía. O viceversa. Y ambas se quedaban esperando mi reacción. Yo siempre acertaba porque podía mirarlas a los ojos y porque había algo en mi madre que nadie más que yo podía ver. Algo que no era material, como un haz de luz que me atravesaba los ojos, acaso ese haz de luz fuera el aura a la que se refirió mi padre en la pedida. Por eso las bromas que me hacían nunca funcionaban. Pero hace tres veranos, en casa de la tía Emma, yo estaba para pocas bromas porque tenía el cuerpo revuelto de los catorce años y porque mi madre había muerto en abril.
    ..........Aunque no ha pasado tanto, os aseguro que fue el verano más raro y más triste de mi vida. Incluso más que las semanas posteriores a su muerte. El verano fue muchísimo peor. Hace poco leí en internet que el cerebro tarda meses en comprender y asimilar la muerte de los seres queridos. Lo cierto es que mi padre me había llevado al pueblo porque él no tenía vacaciones hasta agosto, y porque yo tampoco quería quedarme sola en casa. Qué época más horrible: sentía que nadie me comprendía, que el mundo entero conspiraba en mi contra, y que algo estaba dando vueltas en mi interior, algo que me asfixiaba, pero tampoco sabía muy bien qué era. Me costaba dormir por las noches y lloraba a diario porque la echaba de menos. Si es que no lo podía entender: se había puesto mala de un día para otro, y de un día para otro la habían ingresado. Y de un día para otro nos dejó. Era joven y guapa y buena madre y no tendría que haberse muerto.
    ..........Su muerte hizo que me sintiera sola.
    ..........Eva lloraba conmigo: me decía que fuese valiente. Venga, tía, que tú puedes, me decía. Y ella también lloraba, aunque por otros motivos. Es mi mejor amiga y sé que su hermano es un gilipollas que la maltrata y la vigila y todo eso. Un gilipollas integral que la putea sin descanso. El muy imbécil hace poco me llamó bollera porque se le ha metido en la cabeza que Eva y yo estamos enrolladas. Será payaso. Vale, que sí, que es verdad: me paso todo el día con ella, pero porque es mi amiga y la quiero. Además, compartimos nuestras movidas, nuestros secretos. Nos apoyamos y me hace sentir menos sola. Y eso para mí es lo máximo.
    ..........Mi estado de ánimo empeoró bastante cuando acabó el curso: Eva se marchaba con su familia a no sé qué sitio en medio de un valle, donde pasan los veranos enteros. Aunque parezca increíble, hace tres años los móviles no tenían las pijadas que tienen ahora, así que hasta septiembre no volveríamos a hablar. ¿Qué iba a hacer sola en casa? No tenía sentido quedarme en la ciudad. Mi padre me dijo: Te llevo al pueblo, así estás con tus tíos y tus primos, y en agosto nos vamos a Comillas, a visitar a los abuelos. A mí me daba un poco igual, lo que no quería era estar todo el día sola y sin hacer nada. Mis primos eran más pequeños, unos críos, vaya, pero la casa del pueblo molaba mucho porque tenía piscina y porque después de cenar mi tía Emma siempre nos dejaba estar en la plaza hasta las tantas. Por supuesto le dije a mi padre que sí.
    ..........El pueblo no estaba lejos, menos de tres horas en coche. Salimos muy pronto. Era un viaje que habíamos hecho cientos de veces. En verano pero también en Navidades y en varios puentes, sobre todo cuando hacía bueno. Pero nunca lo habíamos hecho mi padre y yo, quiero decir solos, sin la compañía de mi madre. Ese verano fue la primera vez y en la mirada de mi padre, en varios momentos del trayecto, entendí que también él se había quedado solo.
    ..........Mis tíos nos recibieron con una alegría medio rara. No digo que la fingieran pero estaba claro que no había motivos para festejar nada. Comimos en el porche, los seis. No sé ellos pero en la mesa sentí todo el rato la ausencia de mi madre. Mi padre se marchó a última hora de la tarde ya que al día siguiente tenía que trabajar. Esa primera noche, mi tía Emma vino a mi cuarto porque me había oído sollozar. No sé cómo pudo oírme. Se sentó en la cama y me dijo en voz muy baja:
    ..........–Pepa, cariño, no llores.
    ..........Me acariciaba la cabeza y de vez en cuando me colocaba el pelo por detrás de la oreja. Yo estaba de lado, tapada hasta los hombros y de espaldas a ella. Pensé en darme la vuelta y abrazarla fuerte pero no lo hice porque en cierto modo me avergonzaba la situación.
    ..........Sucedió el cuarto día. Todavía no habíamos comido. Mis primos se habían empeñado en que jugara con ellos a rescatar canicas del fondo de la piscina. La idea no me entusiasmaba demasiado pero insistieron tanto que acabé diciéndome: Hala, juguemos a esa mierda de juego. Y accedí. No estaba muy cómoda: aunque fuese en casa de mis tíos, aquel verano me daba un poco de corte pasearme con el bikini nuevo. Era color marfil, todavía lo tengo. No sé, sentía que se me metía por todos lados y que se me veía todo. Pero el bikini era chulísimo, me lo había dicho Eva y también mi tía Emma el primer día que me lo vio puesto. Estaba claro que el problema era yo. Mis primos, que no se enteraban del tema, insistían en que jugara con ellos: Venga, Pepa, decían. Recoger canicas del fondo significaba estar mucho rato debajo del agua, y como el cloro me hace daño a los ojos, pregunté si había gafas de buceo. Diego, el mayor de mis primos, estiró el brazo en dirección al cobertizo y me dijo que buscara allí.
    ..........Todavía no habíamos comido.
    ..........Desde la casa salían voces de locutores, a veces alguna canción. Mi tía Emma cocinaba con la radio a todo volumen. En esos días la había visto bebiendo vino mientras cocinaba: una copa grande que se rellenaba constantemente. Creo que por eso, a veces, se la oía cantar como una loca. Y a veces discutir con mi tío Alfonso, que esa mañana llevaba en el garaje desde muy temprano reparando el ciclomotor de un vecino. El portón trasero del garaje daba a la piscina.
    ..........Hacía rato que no oía a mis tíos, ni discutir ni cantar ni nada, solo los acelerones de la moto y el olor a gasolina quemada que salía del garaje.
    ..........No sé si mis primos lo sabían pero el vecino dueño de la moto estaba allí, junto a mi tío Alfonso. Antes de ir a por las gafas me sumergí con los ojos cerrados y me tapé la nariz y cuando saqué la cabeza del agua vi al tipo ese hablando con Diego. Era mucho más joven que mi tío, tal vez treinta años o por ahí. Sé que me puse roja de vergüenza porque mientras el tipo les hacía preguntas chorras a mis primos, no dejaba de mirarme. Pensé: De qué vas. Me miraba a los ojos pero también me miraba el cuerpo. Yo miraba para cualquier lado. Él estaba en cuclillas, encima del bordillo, entre sus dedos giraba una tuerca o alguna pieza pequeña de la moto. Y yo no sabía qué hacer: tenía que escapar de allí pero no quería que me mirase el culo mientras subía la escalerilla, eso ni de coña. Por suerte, el tipo volvió al garaje enseguida. Sin pensármelo dos veces, salí de la piscina y fui a por las gafas de buceo.
    ..........Era mediodía y ya tenía bastante hambre. Todavía no sabía por qué mi tía tardaba tanto en llamarnos a comer. Me sequé un poco el pelo, me coloqué el bikini, y dejé atrás la piscina. Uno de mis primos me gritó que tuviera cuidado con las arañas, que el cobertizo estaba plagado de ellas. Está petado de tarántulas negras y gordas, gritó. ¿Tarántulas? Los otros rieron. Estuve a punto de decirles A que no voy una mierda y jugáis solos, listos, que sois unos listos. Pero no dije nada. Por alguna extraña razón quise ir a por las gafas de buceo, aun sin que me apeteciera demasiado jugar a eso de sumergirme para recoger canicas.
    ..........No tardé nada en llegar porque el cobertizo estaba poco más allá de la parte trasera del garaje, al fondo de la parcela. Vi la puerta abierta hacia fuera, de par en par, enganchada con una cuerda en una punta que sobresalía a media altura. Era un cobertizo de madera, bastante hecho polvo pero grandísimo. La sombra de un pino, que cubría el final del terreno hasta la linde, impedía que alrededor de la entrada creciera la hierba. Me asomé con la mano agarrada al quicio. Olía fatal, como a cartón podrido por la humedad. Eché un vistazo a las baldas: eran metálicas y llegaban hasta el techo. En el suelo, todo eran cajas de mil tamaños y cestas de esas que se usan para las mudanzas. Enseguida supe que no sería fácil encontrar lo que había ido a buscar, que había sido una mala idea, y que bien podría pasar del tema. Pensé: Iros a la mierda, paso de meterme en esta cueva mugrienta. Pero otra vez, por alguna extraña razón, no solo me quedé sino que entré. Lo cierto es que desde la puerta me pareció ver que en una de las cestas del fondo había juguetes y, asomando, algo parecido a unas aletas. Pensé: Aletas, gafas de buceo. Tienen que estar ahí, fijo. Avancé temerosa, con la vista puesta en el trocito de tierra en donde daría el próximo paso, porque iba descalza y porque no podía sacarme de la cabeza a las puñeteras arañas.
    ..........La cesta de los juguetes estaba encajada detrás de un gran bulto tapado con una lona, algo como una bicicleta o una de las motos de mi tío Alfonso: esas formas, como pitones, no podían ser otra cosa que un manillar. Calculé por dónde sería mejor acercarme. La puerta era tan amplia que no había ni un solo rincón de oscuridad.
    ..........Más me adentraba en el cobertizo, más asqueroso era el olor y la sensación de que me atacaría algún insecto. Aunque no fuese una tarántula, podría salir cualquier bicho de debajo de cualquiera de esos trastos roñosos. Un asco. Entonces vi la caja en la que ponía familia. Era mediana y estaba forrada con papel de dibujitos. Dentro había vajilla, cacharros de cocina y unos cuadritos cutres. También una plancha de hierro que no tenía cable, un Niño Jesús de escayola y otras cosas de misa. A un costado pude ver una pequeña bolsa transparente con papeles. No sé por qué la cogí. En realidad, no sé qué coño hacía yo enredando en aquel sitio espantoso. Pero me puse a cotillear en la bolsa: había recibos y facturas a nombre de mis abuelos maternos, tíquets de garantías, cartillas bancarias, sobres llenos de más papeles y estampitas de santos. Todo amarillento. Entonces apareció la foto: era en blanco y negro y tenía las cuatro esquinas comidas, la inferior derecha mucho más. Y apenas si se distinguía el lugar donde aparecían esas dos niñas montadas en un columpio. Estaban súper abrigadas y eran idénticas porque esas niñas eran mi madre y mi tía Emma. Hostias. Le di la vuelta: la tinta estaba corrida, imposible entender lo que ponía. Solo conseguí leer una fecha: diciembre de 1974. No tardé nada en echar cuentas: aquellas niñas tenían cuatro añitos en el invierno de la foto, y a una de ellas le quedaban, en ese mismo momento, treinta y cinco años de vida. Ambas sonreían con el sol en los ojos. Me quedé mirando la foto como una tonta y no pude evitar llorar. Por qué se tuvo que morir, joder. Guardé la bolsa transparente. Cerré la caja. Tragando saliva y mocos y lágrimas fui hasta la cesta de las aletas, a por las malditas gafas. Di un par de pasos y al querer esquivar el bulto cubierto por la lona, zas, algo afilado me cortó cerca del tobillo. Recuerdo que enseguida sentí el ardor. Me restregué la cara todavía con lágrimas y mocos y cuando busqué la herida levantando la pierna hacia atrás, vi cómo un hilito de sangre bajaba por el costado del pie. Y vi, además, que había caído una gota en el suelo de tierra.
    ..........No sé qué me sucedió en ese momento: como un escalofrío que me dejó paralizada con la foto en la mano. No escuchaba nada mientras observaba a las niñas con sus manitas cogidas a las cadenas del columpio, tan abrigadas y felices. ¿Cuál de las dos era mi madre? ¿Esta de aquí, la que parece inclinarse hacia la izquierda? ¿O es la otra niña, la que enseña los dientecitos porque tiene la boca más abierta? Me dio rabia no poder descubrirlo. Dejé de mirar la foto y entonces volví a oír los acelerones de la moto y las voces que daban mis primos.
    ..........Lo que parecían aletas de goma era una sola y estaba rota. Por la profundidad de la cesta tuve que agacharme para poder hurgar bien en su interior, y meter las dos manos y los dos brazos hasta más allá de los codos. La parte de abajo del bikini se me colaba por todas partes y así agachada como estaba miré por encima del hombro hacia la puerta del cobertizo, porque tuve la sensación de que se me veía todo.
    ..........Fue un instante: un momento pequeño y otro escalofrío.
    ..........–Qué haces.
    ..........La voz me sobresaltó. Qué puto susto. Me quedé inmóvil, con las manos y los brazos dentro de la cesta. Respondí sin mirar:
    ..........–Nada, tía, buscando las gafas de buceo.
    ..........Por alguna estúpida razón, no quise que ella se percatara del corte que me había hecho en el tobillo. Supuse que entraría y que me ayudaría a buscar, y que al acercarse y ver la sangre montaría un escándalo y entonces vendría mi tío, y mi tío vendría con el vecino que me había estado mirando en la piscina. No, no podía dejar que se diera cuenta del corte ni mucho menos de la sangre.
    ..........Pero ella no entró. Ni se movió de donde estaba. Solo me hablaba.
    ..........–¿Estás bien?
    ..........Asentí y volví a mirar por encima del hombro: su silueta se recortaba en el amplio espacio de la puerta. Tenía los brazos colgando del cuerpo, las piernas rectas y, aunque esa mañana recordaba haberla visto con un pañuelo en la cabeza, así, rollo jipi, ahora llevaba el pelo suelto.
    ..........–Dime la verdad: ¿Estás bien?
    ..........Conociendo a mi tía Emma, lo primero que pensé fue que se enfadaría si descubría que había sacado la foto de aquella bolsa. Después de todo, era una foto suya, de su infancia. Y yo no tenía nada que ver con todo eso. Intenté cambiar de tema:
    ..........–Diego me ha dicho que estarían aquí pero ya ves, entre tanto trasto es imposible encontrar nada.
    ..........–Pepa, cariño.
    ..........También pensé en decirle que la había encontrado por casualidad, y que me la quería quedar. Mi madre en el invierno de 1974. Nunca la había visto a esa edad. Eso pensé decirle. Pero no lo hice.
    ..........–El bikini que llevas es precioso.
    ..........Algo no iba bien. Pensé que seguramente estaría borracha, y que por eso había discutido con mi tío, y que por eso aún no habíamos comido. Todo eso pensé.
    ..........–Te sienta estupendamente. Y el color te favorece mucho.
    ..........–Sí, está chulo. Lo pillé en las rebajas. Si ya te lo he contado.
    ..........Hubo más silencio. En ese momento no tuve dudas de que había bebido demasiado vino de su copa gigante. Hablaba raro y permanecía allí, en el marco de la puerta, quieta como una momia.
    ..........–Estás muy guapa este verano.
    ..........Sin sacar las manos de la cesta, haciendo que buscaba algo que ya me importaba una mierda, volví a mirar hacia la entrada: la luz de fuera apenas me dejaba ver qué hacía. Solo aquel brillo del mediodía en torno a su figura oscurecida. Intenté escuchar los acelerones de la moto o los chillidos de mis primos jugando en la piscina. Pero no se oía nada.
    ..........–¿Has venido a avisarme para comer? Necesito las gafas porque el cloro me hace daño a los ojos. Solo será un momento.
    ..........Noté que sonreía, como cuando hacemos una pregunta de lo más estúpida y el otro suelta aire por la nariz, en plan burla.
    ..........–No –dijo.
    ..........Si hubiese sido con Eva, por ejemplo, le habría preguntado si se estaba quedando conmigo o es que iba pedo o las dos cosas juntas. Qué coño era esa respuesta y esa conversación de subnormales. Pero me convenía seguirle la corriente.
    ..........–Ah, creía que ya estaba la comida.
    ..........Y sin darle tiempo a nada agregué que tenía hambre.
    ..........Y murmuró algo.
    ..........Nadie más que yo puede saberlo pero juro que en ese murmullo escuché el nombre de mi amiga. Que ella pronunció el nombre de mi amiga. Que dijo Eva. Estoy completamente segura.
    ..........Cuando volví a levantar la cabeza de la cesta, ella ya no estaba. No había nadie en el rectángulo de la puerta. No había silueta ni figura iluminada desde atrás por la claridad del mediodía.
    ..........Comprobar que se había marchado me tranquilizó: ahora podría salir de allí, llevarme la foto, guardarla junto a mis cosas y quedármela para siempre. Sería lo primero que haría, esconderla en la mochila. Y después me metería en el servicio para curarme la herida.
    ..........Dejé de buscar en la cesta porque allí no había ni rastro de las gafas de buceo. Además, con el corte en el tobillo tenía la excusa perfecta para pasar de jugar a eso de las canicas. De hecho, no me metería en el agua hasta el día siguiente.
    ..........De camino a la casa, al pasar por la piscina, mis primos se desilusionaron un poco y Diego me preguntó si me había acojonado con las tarántulas. Calla, dije. Y él dijo: Lo sabía, eres una miedica. No me detuve y según pasaba le enseñé el dedo corazón. Toma. Se echaron a reír y volvieron a llamarme miedica. Antes de entrar en la casa vi cómo salía mi tío Alfonso del garaje, en bañador y sin camiseta, y después oí cómo se zambullía en la piscina. En el porche, la mesa donde comíamos todos los días ni siquiera estaba puesta: nada más había una jarra de agua vacía sobre el mantel de flores. Ni platos, ni vasos, ni cubiertos. Nada.
    ..........Dentro de la casa se oían las voces de la radio. Recuerdo que olía a tomate frito y que me entró un hambre atroz. Intenté evitar que me viese mi tía, aunque la cocina estaba en la otra punta de donde estaban los dormitorios. Pensé que había sido fácil llegar sin que ella se enterara.
    ..........Todavía no sabía yo que mi tía Emma no estaba en la cocina.
    ..........Escondí la foto en un bolsillo de la mochila y me fui escopetada al servicio. La herida ya no sangraba, aunque se podía ver la raja de unos centímetros y el rastro que había dejado la sangre en el costado del pie. Busqué alcohol, algodón y unas tiritas. Aquello estaba hecho.
    ..........Cuando regresé a la piscina apenas habían pasado unos minutos y nadie me preguntó nada. Mi tío Alfonso buceaba y recogía las canicas que iban lanzando mis primos de modo aleatorio. Me acerqué a Diego y le pregunté si sabía cuándo íbamos a comer. Y yo qué sé, me dijo. Algo frustrada, fui a por la tumbona y mientras la arrastraba hasta la hierba mi tío emergió del agua. Reía victorioso, con la boca abierta y el pelo pegado al contorno de la cabeza. Luego nadó hasta el bordillo y allí soltó las canicas. Diego fue a por ellas. Creo que las contaba delante de su padre. Y dijo: Papá, Pepa quiere saber cuándo comeremos. Yo ya me había sentado en la tumbona. Y mi otro primo dijo: Sí, papá, tenemos hambre. Mi tío Alfonso salió del agua y se quedó de pie a un costado de la piscina. Yo no solo lo miraba sino que estaba esperando la respuesta con ansiedad. Todos esperábamos su respuesta. Él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, contra el brillante sol de finales de junio. Tardó en hablar: Cuando a vuestra santa madre le salga de los cojones regresar, dijo sin abrir los ojos y con todo el rostro iluminado por el sol. Y dijo: Lleva tres cuartos de hora fuera. Y dijo: Igual se ha echado un novio en el mercado.
    ..........¿Tres cuartos de hora? Dejé de mirar a mi tío y no sé para dónde miré pero entonces vi la claridad. Otra vez. La tripa revuelta como cuando me viene la regla. Incluso peor. Retortijones y ganas de vomitar. Mis primos hablaban entre ellos. El más pequeño se quejaba y Diego le explicó que mi tía Emma había ido al mercado a por una garrafa de agua, porque la habían cortado a media mañana. Que sin agua no puede cocinar, no te enteras.
    ..........Otra vez la luz y la figura recortada en el rectángulo de la puerta. Y yo ahí, haciendo que hurgaba dentro de una cesta llena de juguetes y cacharros inútiles. Y la claridad con las niñas felices en aquel columpio. Y yo ahí, en medio de todos aquellos trastos, descalza con mi bikini color marfil.
    ..........Tres cuartos de hora fuera, había dicho mi tío Alfonso con un tono cargado de enfado y sarcasmo. Agaché la cabeza sentada en la tumbona. Volví a pensar en la claridad y una sensación de alivio me recorrió el cuerpo. Todos los sonidos, de pronto, habían desaparecido.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.




  • de «La mala espera» [novela], EDAF, Madrid, 2009.


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    I
    —Vengo de parte de Fangio le repito y el tipo se queda mirándome.
    ..........Tiene los codos clavados contra la barra y está tomando algo transparente en un vaso pequeño que ahora aprieta entre los dedos. Cuando le hablo, cuando le repito las cosas, me mira sin mover el cuerpo, girando apenas la cabeza. Para hacer eso tarda un segundo. Todos los demás segundos, que son muchos, de verdad, el tipo hace como si yo no estuviera ahí, a menos de un metro, explicándole que vengo de parte de Fangio.
    ..........—Me mandó él. Me dijo que hablara con usted.
    ..........Esta vez ni siquiera ladeó la cabeza:
    ..........—¿Quién eres?
    ..........—Soy el Nene.
    ..........El tipo, entonces, me hace un gesto débil con la mano, así. Después saca del bolsillo del pantalón un teléfono móvil del tamaño de una cucaracha y se pone a hablar de un modo casi inmediato. Me hago a la idea de que ese conjunto de acciones, sobre todo el gesto silencioso de la mano, significan que debo esperar, que me calle la boca y que espere ahí mismo, quietito. No sé qué debo esperar ni a quién, pero lo hago sin decir una palabra, sumido ahora en una mudez más o menos absurda, miedosa y ridícula.
    ..........De pronto, soy el señor Mudez. Me convierto.
    ..........Desde que trabajo para Fangio, quiero decir desde que me dedico a cumplir sus indicaciones, aprendí muchas cosas. Algunas buenas y otras no tan buenas. Pero es curioso que en todas, las malas y las no tan malas, las regulares y las indeseables, las soñadas, las detestadas, las que no deberíamos decir nunca y las que nos piden que confesemos a diario. En todas, por supuesto, siempre hay un elemento en común. Y ese elemento es la espera. Saber contenerte y dominar los impulsos, ser, de pronto, Mr Mudez, no tener lengua ni orejas ni siquiera ojos y mucho menos prisas o impaciencia. En definitiva, saber esperar. Eso es lo más importante.
    ..........También anoche decidí ser prudente y esperar. Tragarme las ganas de agarrar el teléfono y marcar desquiciadamente el número de Pipo para decirle como una exhalación que me había llamado el Cantor a las tantas desde Buenos Aires, que a Basilio lo habían internado de urgencia, que el pulmón no le aguanta más, que la cosa está complicada, y que es tu hermano, Pipo, dejate de joder, che.
    ..........Pero fui prudente: no llamé.
    ..........Fui paciente y esperé.
    ..........Me refugié en la excusa de que ya era tarde, de que mejor mañana o pasado o nunca. Mejor nunca. Floja y lisonjera tradición la de excusarse. Pero sí era cierto eso de la hora: molestar, interrumpir, incordiar; palabras más que prohibidas bajo los techos del chalé de Majadahonda. Sé que Pipo y La Rojita se acuestan pronto: son un matrimonio exquisito y un poco idealista, fabricado en otra época, un hombre y una mujer hechos con el mismo molde y para la misma y tamizada finalidad. A veces pienso que me tratan como a un hijo. Como al hijo mayor que nunca tuvieron, pienso.
    ..........Giro la cabeza buscando un punto donde pueda borrar los pulmones de Basilio y recuperar la lucidez que requiere mi trabajo. Por supuesto, mientras el tipo está al teléfono, no oigo absolutamente nada de lo que dice, porque, en realidad, el tipo no dice nada. Escucha y de tanto en tanto asiente o me mira o mira para cualquier otro lado. Yo también miro para cualquier otro lado y por alguna extraña razón pienso que me equivoqué de tipo o de bar o de hora. Sin embargo, todo coincide: la hora es la hora que me indicaron; el bar es el barsucho harapiento y desabrido al que una vez vinimos con Angie, cuando le seguíamos la pista al antillano de las tarjetas de crédito. Y, por supuesto, el tipo de pelo gris que ahora clava sus codos en la barra, con la mirada lasciva y una cicatriz que le cruza la mejilla donde estratégicamente se colocó el teléfono, es el Lobo. Nunca lo había visto en persona, pero es él.
    ..........Al final de la barra, en el fondo, justo encima de la cabeza del Lobo, hay un televisor mediano colgado de la pared. El televisor está encendido pero apenas si emite sonidos. Entre el televisor y la barra, pegado a la pared a una altura considerable, hay un póster desplegable de la plantilla del Atlético de Madrid. Creo que es del año del doblete. Busco la cara del Cholo Simeone pero desde acá, por el ángulo de visión que tengo y también por la distancia que hay entre el póster y yo, todas las cabecitas son iguales.
    ..........El Lobo me observa (mientras escucha con el auricular del móvil encarnado en la oreja, cuya mano y también brazo ocultanel surco de la cicatriz) y yo intento desviar la mirada. O esperar.
    ..........Encuentro una ventana. Mi vista que huye encuentra la claridad de una ventana. Hay dos ventanas en el local, grandes, y media docena de mesas distribuidas por el salón. El albor de la mañana aún no logra meterse en el ambiente porque las ventanas no deben dar al Este, o porque el Este se esconde más allá de la ciudad y del invierno. La luz de los tubos fluorescentes se confunde, se mezcla con vaya uno a saber qué: no se trata de luz sino de algo secreto y mustio que se incorpora a nuestro recuerdo. En una mesa, la que está junto a una de las dos ventanas, hay un viejo hojeando el diario: lleva una boina que no se ha quitado ni se quitará, supongo al verlo, jamás. Cerca de él hay un bastón, que cuelga. En las otras cinco no hay nadie. Detrás de la barra tampoco hay nadie. Hace un rato había un personaje bajito y silencioso acomodando tazas, platos y cucharas sobre el mostrador, pero desapareció por una puerta que no es una puerta sino una abertura cubierta por cientos de tiritas de plástico que cumplen la función de cortina. Arriba de esa abertura que vamos a llamar puerta hay una caricatura de Bob Marley dentro de un marco que no tiene vidrio. También hay otros personajes en el tabique que separa las ventanas pero no alcanzo a descifrar quiénes son. Por la dimensión de la boca o de la lengua, uno podría ser Mick Jagger. Podría, no estoy seguro. Si ese llegara a ser Jagger, como el de la puerta no puede ser otro que Bob Marley, es muy probable que todos los otros también sean cantantes. Aquellos dos: Bob Dylan y Elvis Presley. El otro, no sé quién es el otro. Hay un montón. Pienso en Miguel Abuelo y me quedo con la canción de Calamaro: un homenaje de los que no abundan, por el ritmo y por intención, por la fuerza, por el triste desconsuelo de lo que no puede volver a ser. Fuerte Miguel yo también soy abuelo gracias a él, dice Calamaro mostrando el alma o las hilachas de la añoranza. Me pregunto si en verdad serán todos cantantes o músicos los que cuelgan de las paredes. Busco más cosas con la mirada: veo una radio antigua, un dispensador de preservativos y la máquina de tabaco, en cuyo costado hay apoyadas dos escobas. Antes de venirme a Madrid trabajé en una fábrica de escobas, en control de calidad. Cuando digo fábrica, me refiero a un galpón pulgoso y más o menos abandonado de la zona descampada de Avellaneda, un tinglado improvisado que en verano te cocinabas como un pollo y en invierno para qué te voy a contar si el frío lo era todo. Mi función era comprobar que el producto final estuviera perfectamente ensamblado y sirviera para lo que fue concebido, es decir, barrer. Con respecto al ensamblado, no es un chiste malo: había que revisar que la escoba tuviera forma de escoba y que las hebras de paja, al mover el palo, no se salieran. En total éramos cinco empleados, tres viejas, un tullido cuyo apellido y nombre y mote era Zabala, y yo. Y el dueño, que también era un poco tullido, aunque su figura de jefe lo salvaba de todo mal. Al menos entre nosotros. Por emplear al inútil de Zabala el gobierno le daba algo a cambio: eso lo sabíamos todos, incluido el propio Zabala que, después de todo, era el que más voluntades ponía. Por esto último, o porque el gobierno le daría más aún, cuando renuncié para venirme a vivir a Madrid, mi puesto de control de calidad se lo dieron a Zabala. La fábrica no estaba destinada a la quiebra sino que había nacido quebrada. A veces pienso que yo nunca trabajé allí, que todo eso fue un mal sueño, algo que no te puede pasar. Las escobas que están contra la máquina de cigarrillos no son cómo las que yo inspeccionaba en Buenos Aires, son más bien escobillones hechos con cerda blanda, con pelo de animal o fibra sintética. Las de la fábrica de Avellaneda eran escobas de antes, de las que usó mi abuela antes de que la enfermedad la postrara hasta la muerte. Ya nadie usa esas escobas y tampoco nadie las fabrica, por eso mi patrón estaba en la ruina y se alegró cuando le comuniqué la renuncia. Camino hacia las escobas, miro el dispensador de forros: vale un euro cada uno. Deambulo por las mesas, el viejo lee esos pasquines que regalan en el metro y en las estaciones de autobuses. No hay camareros. Hace frío y el aire huele a fritura o a mugre, depende de para dónde ubique uno las fosas nasales.
    ..........Vuelvo a encontrar al Lobo, la mano que sostiene el teléfono le tapa la cicatriz, las decepciones o los fracasos y ambiciones que bramarán bajo esa cicatriz. El taburete donde está sentado. Le miro los zapatos, unos mocasines marrones bien lustrados. No sé qué hacer. Me doy vuelta y veo al viejo. El viejo me mira por encima del marco de los anteojos y vuelve a posar la vista en el periódico. La boina lo protege, pienso.
    ..........Separo una silla de la mesa y me siento.
    ..........Esperar siempre da buenos resultados.
    ..........Enciendo un cigarrillo, me echo hacia atrás. A las doce en punto quedé con Angie en Gran Vía y Montera. Me recogerá ahí mismo y nos iremos a alguna de esas cafeterías escondidas a las que solo ella sabe llegar. Tenemos temas pendientes muy importantes y nadie puede saber dónde estamos, dónde quedamos, dónde iremos. Ni siquiera yo lo sé. Ni siquiera Fangio lo sabe, que es mucho decir.
    ..........En el televisor termina una propaganda y empieza otra. La que empieza es de una compañía de seguros que no tiene sucursales físicas ni nadie que dé la cara, pero que, según ellos, te regalan el dinero o te cobran no sé cuánto menos que todas las demás. Me pregunto si quedará cristiano en la faz de la Tierra que crea en que una aseguradora regala algo. De todos modos, quién nos puede asegurar algo en el mundo momentáneo y visual en que vivimos. La seguridad también pasó a ser volátil. Una caja fuerte no es más una caja fuerte. Houdini, adelantado en su tiempo, estaría hoy desempleado, montando su espectáculo en trenes de mala muerte. Los ilusionistas y los escapistas y los magos han quedado obsoletos, puesto que para abracadabras, los banqueros han ganado la Copa del Mundo. Qué sería más seguro que un banco. El tema es que un día vas al banco y el banco no está más, se esfumó, me decía Basilio, y vaya si tuvo razón. Cuando me acuerdo de lo que dijo Basilio, no puedo creer que todavía la gente confíe sus ahorros a la voluntad de cuatro banqueros. Basilio vive en Argentina, pero eso no es excusa ni pretexto de nada porque una vez Argentina también fue un país como cualquier otro.
    ..........El que atiende el bar, de pronto, sale de la cueva esa de las tiritas de plástico, cruza toda la barra por detrás, baja una botella de la estantería y se queda de espaldas, con la cabeza gacha, haciendo algo con las manos que no alcanzo a apreciar desde donde estoy sentado. Solo puedo verle la mitad del cuerpo, al tipo. Al Lobo lo veo entero, sentado en el taburete, sigue con la cucaracha pegada al oído, hablando o escuchando. Más bien escuchando.
    ..........Fumo y me miro las manos.
    ..........Los dedos, las uñas.
    ..........El viejo de la boina tose.
    ..........Pienso en Angie con cara de recién levantada. Por las mañanas tiene mal carácter y habla poco. Estoy un poco preocupado por el pibe que traje el mes pasado de Santo Domingo. Al Chueco lo engancharon y lo van a meter en cana. Tal vez hasta lo deporten. Antes de viajar a la República Dominicana quedé con Pipo para tomar unas cañas y me dijo que tuviera cuidado con el tema de los pibes, que a la primera te puede caer una de las gordas. Quién sabe.
    ..........Veo entrar en el bar a una chica. Pelirroja. Tiene un abrigo negro, largo, y en la mano lleva una carpeta que intenta pegarse al pecho. Pienso que es Angie con una peluca de esas que suele usar para alguna encomienda. La pelirroja se ubica en la mesa vacía que hay junto a una de las ventanas. En la otra está el viejo. Si giro un poco hacia la derecha, puedo verle a la chica la cara que esconde bajo la melena rojiza.
    ..........Lo hago.
    ..........No es Angie.
    ..........Ni siquiera se parece ahora que la veo bien. Ni siquiera con la peor peluca del mundo, la más berreta y cutre que se haya hecho jamás.
    ..........La pelirroja se desata la bufanda y se quita el abrigo. Coloca todo en el respaldo de la silla. También se frota las manos. Pienso estúpidamente en el movimiento de las moscas cuando están posadas y, tal vez, dispuestas a volar. No sé si las moscas tienen manos pero la pelirroja, en su afán por quitarse el frío callejero, realizó el movimiento calcado: me refiero a la posición del cuerpo, me refiero a la velocidad de los dedos, al encogimiento de los hombros y del espíritu. Ahora mira hacia la barra y abre una carpeta de donde saca y pone y reacomoda folios y papeles verdes. Anota algo con una lapicera descartable. No es Angie. Angie se parece a todas las mujeres de Madrid, porque Angie es o puede convertirse en todas las mujeres que viven y transitan por cualquier ciudad. Por esa razón trabaja para Fangio. Por esa razón, también, confundo a cualquier mina con ella.
    ..........El tipo bajito sale del mostrador y se dirige directamente hacia la mesa donde está la pelirroja que no deja de apuntar cosas en los folios. Ya no es una mosca y aunque le falta mucho para ser mariposa, sonríe y parece bonita. Pero la sonrisa era para pedir un café con leche y algo más que no logré oír con claridad. El bajito silencioso regresa a la barra. Lo observo cómo vuelve: vuelve pensando en algo concreto, vuelve arrastrando los pies y también la vista. Puede que piense en el café con leche que pidió la pelirroja o en esa sonrisa de insecto. O en otra cosa. Tal vez piense en cuándo va a ser el puñetero día que el Atlético de Madrid haga otro doblete. Mick Jagger y Bob Marley no saben la respuesta, por eso en las caricaturas sonríen con tanto descaro. No sé quién me dijo que a Jagger no le interesa el fútbol y que ni siquiera le llama fútbol.
    ..........La máquina de café empieza a hacer ruido. El ruido es molesto y rompe la armonía de la mañana. No me había dado cuenta, pero cerca de la máquina de café hay un afiche amarillento de Manolete: la postura erguida del torero, un capote, una espada, unas comillas que encierran el nombre, letras negras en la andaluza plaza de Linares. La máquina de café insiste y veo cómo el Lobo se mete el dedo índice dentro de la otra oreja. Y se revuelve. Y se baja del taburete. Está molesto el Lobo. Se le nota demasiado el fastidio y ahora que empieza a caminar en dirección a la puerta donde están las rastas de Marley arengadas por algún viento jamaiquino, descubro que el Lobo, además de la cicatriz y el mal carácter, cojea. Tiene una pierna mala, me había dicho Angie. Pero en ese momento no pensé que fuera para tanto.
    ..........La pelirroja, con la taza y el café con leche en los labios, me estaba mirando. Del furtivo cruce de miradas recuerdo los ojos claros (uno de ellos levemente torcido o desviado) y también cómo resaltaba en el contorno de su rostro la oscuridad de las cejas. No sé por qué me fijé en eso. Cuando vuelvo a ella, hace como que mira el televisor. Yo hago lo mismo. El Lobo se metió en la cueva. ¿Cómo se llaman las cuevas donde viven los lobos? ¿Tienen un nombre específico como la de las ratas o simplemente son cuevas, agujeros, nidos, covachas, guaridas? Me pierdo en el lodo de la pregunta. Y fumo. En el televisor veo cómo llueve en una propaganda de Renault. Llueve sobre una ciudad extraña, una ciudad que no es ninguna y, sin embargo, tiene el encanto de muchas. Llueve y hay un Megane que se desplaza con elegancia por callejuelas adoquinadas, gira de pronto en una curva y luego en otra y en otra. Me doy cuenta de que algo, no sé qué, está demasiado sincronizado. Hay ruinas como muros, puertas condenadas y torretas con gárgolas siniestras. Y hay una mujer. El Megane y una mujer. Una mujer escurridiza que aparenta sabiduría, que huye y desea, que mira hacia atrás sin dejar de huir, sin abandonar el deseo que tal vez sea el verdadero motor de su huida. Y llueve o llovió. No hay cielo para confirmarlo. Nunca hay cielo para confirmar nada: está el Megane y la mujer. La mujer, un vestido blanco de otro tiempo. El Megane tiene los vidrios oscuros como sucede en casi todas las publicidades de coches.
    ..........Una vez, Basilio se puso a debatir sobre las propagandas de coches. Creo que estábamos en el Odeón, en Flores. Creo que el Cantor estaba con nosotros y también creo recordar que la trifulca comenzó porque al cuñado del Cantor no le entregaban el Spazio 0km que había pagado por adelantado o que había sacado en el sorteo mensual de Fiat y había pagado no sé cuántas cuotas por adelantado. Y Basilio empezó a debatir. Debatir era una manera de decir, por supuesto. Basilio no debatía, decía lo que pensaba y guay de que alguno osara ponerle un pero. El conductor no cuenta, decía, no interesa, no hay conductor, hay un supercoche de oferta en los concesionarios oficiales más próximos a tu domicilio. Decía.
    ..........Está mal que hable de Basilio en pasado o como si ya se hubiese muerto. Tal vez mi relación en Madrid con Pipo sea el problema. Basilio y Pipo son más que hermanos: son mellizos. Pero están peleados a muerte. Hace treinta y cinco años que no se hablan. Desde antes de que Pipo se viniera a vivir a Madrid. Yo estoy acá porque él me hizo la gamba y me aguantó en su casa hasta que conseguí un trabajo. Incluso me fue a buscar al aeropuerto en aquella lejana tarde de mayo. Si cierro los ojos, todavía puedo ver la cara de Basilio al enterarse de que me venía, y de que iba a parar en la casa de su hermano, nada menos. No es fácil entender el porqué de una pelea tan acérrima. Ninguno quiso contarme nunca qué pasó entre ellos y eso me hace alejarme de uno ni bien pronuncie o evoque el nombre del otro.
    ..........Vuelvo a mirarme las manos tras el humo del cigarrillo.
    ..........El Lobo, por fin, sale de la cueva de las tiritas plásticas y me llama sin decir una palabra. Ya no tiene la cucaracha pegada a la oreja. Ni en la mano. Me acerco a la barra del mismo modo que lo hice cuando entré al bar y lo vi de espaldas. Me parece como si esa acción hubiera sucedido hace mil años.
    ..........Me paro a su lado y no digo nada.
    ..........—Así que tú eres el Nene. El argentino.
    ..........Como sigo sin saber qué decirle y me quedo callado, el Lobo hace una pausa, se mete de un tirón el líquido transparente que quedaba en el vasito, lo mantiene un instante en la boca y me pasa el brazo por encima del hombro. Escucho cómo traga. Cuando abre la boca para hablarme, tengo la certeza de que todas las criaturas etílicas existentes habitan dentro de su estómago. Aguanto la respiración y lo miro retirando un poco la cabeza. El Lobo se da cuenta y cierra la boca. No me parece oportuno ni saludable llevarle la contraria o hacerme el fifí con los olores que salen de la boca de un lobo, sobre todo cuando el lobo te tiene marcado y al alcance de la mano.
    ..........—A los quince años me desayunaba con Pacharán —aclara mientras me saca el brazo de encima.
    ..........Le digo cualquier cosa. Le miento desde un murmullo y pienso cómo es posible que una persona huela tan mal.
    ..........Desconozco si él ya sabe que yo sé que le dicen Lobo y que tiene colgada la etiqueta, entre otras, de ser el mejor tratante de blancas de Madrid y alrededores.
    ..........Lo segundo probablemente lo sepa.
    ..........—Vamos a ver —me dice.
    ..........Pero no dice nada.
    ..........Fangio tiene una especie de agencia de empleo temporal, vamos a llamarlo así. Aunque para él no existen ni los contratos ni la Seguridad Social ni los convenios colectivos ni las nóminas. Todo eso es aire para Fangio. Nada o menos que nada. No hay sindicatos, no hay patronal, no hay aguinaldos, no hay jornadas partidas ni no partidas. Nadie marca tarjeta porque no hay horarios. El reloj, quiero decir las horas que todo cristo trabajador cumple, no existe. Nunca existió. Alguien encarga algo y él es la persona indicada para cumplirlo. No hay nadie en el medio de nada porque él es el verdadero intermediario de todo. Y aunque a veces pareciera que él depende de otra persona, estoy seguro de que lo hace para despistar, para disculparse cuando te obliga, cuando te dice que hay que hacer tal cosa sí o sí, para tener una pileta donde poder lavarse las manos de tanto en tanto. La empresa es suya, fijo, y tiene un equipo de tareas cuyos integrantes son reclutados bajo los más estrictos y desconocidos mecanismos de selección. Hay gente que vi una sola vez, que hicieron un trabajo equis y no se les volvió a ver el pelo nunca más. Hubo uno que, se dice, se fue de boca y lo bajaron. Se dice, no sé si es verdad. A lo mejor lo que se escucha es también parte del circo inevitable en el que se mueve la agencia. Tampoco sé cuáles son los criterios que utiliza para otorgar tal cosa, una encomienda, un trabajo, a tal persona. Intuyo que eso no lo sabe ni él. A juzgar por la cantidad de trabajos que tiene, más los que rechaza o anula, lo debe hacer bien.
    ..........—Vamos a ver —repite el Lobo.
    ..........Y por fin me mira. Se queda un instante con mi cara, me escruta como si supiera que estoy a su entera disposición. La cicatriz que le raja la mejilla izquierda es más grande y más profunda de lo que en realidad parece o parecía cuando llegué y lo vi y él empezó a desconfiar de que a mí me hubiese mandado Fangio.
    ..........—Me imagino que el mamón de tu jefe te habrá dicho de qué se trata.
    ..........Hago que sí con la cabeza:
    ..........—Algo —le digo.
    ..........Fangio siempre se encarga de darte una serie de datos o pistas o detalles de cada uno de los trabajos que te asigna. Si no lo hace él directamente, lo hace Angie, que vendría a ser su lugarteniente. Cuando se trata de antiguos clientes o de reincidencias, hasta te dejan ver la ficha del sujeto en cuestión. Aunque ver una ficha, quiero decir que Fangio o Angie saquen la ficha del fichero y te la enseñen, no es cosa de todos los días. Lo más común es que te llame Fangio a su despacho, se encienda uno de esos puros pestilentes que fuma día y noche, te pida que le prestes atención y, cuando él cree que sos todo oídos, te larga el rollo de un tirón. Sin prisas. Cuando se trata de un cliente nuevo o misterioso, tiene cosas apuntadas en un bloc de hojas y mientras te habla se va refrescando la memoria con los garabatos del bloc. Lo que hay en el bloc lo escribe Angie, él solo hace tachaduras o marcas o insulta cuando no entiende qué hay apuntado en el papel. Lo cierto es que siempre, en persona o por escrito, dependiendo de la importancia del caso, Fangio o Angie, o los dos a la vez te ponen al corriente de lo que vendrá, de lo que hay que hacer: de lo que nadie debe enterarse ni inmiscuirse ni tan siquiera sospechar o intuir, de lo que hay que cobrar o pagar o hacer que paguen, de lo que es necesario averiguar, a quién hay que seguir y espiar hasta cuando duerme o folla, dice, a quién o a quiénes asustar, interceptar, prevenir, despistar o convencer, a quién doblegar, delatar, dejarle un recadito, un ultimátum, una advertencia.
    ..........—Tu jefe es un imbécil —me suelta, de pronto, el Lobo.
    ..........Podría haberle dicho que sí, que coincido bastante en su apreciación, que el adjetivo encaja y hasta se queda corto. Me hubiera sentido muy a gusto. Pero no sé quién es este tipo. Y de momento Fangio, mal que mal, me paga un sueldo.
    ..........—Entonces —me dice—, ¿sabes o no sabes de qué va la movida?
    ..........No tiene mucha importancia decirlo, pero esta encomienda no me la dio Fangio, me la dio Angie. Y ni siquiera fue personalmente. No es la primera vez que Angie me llama a casa a cualquier hora para darme un trabajo decididamente urgente. A veces, sobre todo si Fangio tiene o tuvo un mal día, es mejor que la empresa baile al ritmo de ella, de la colombiana. Porque Angie, aunque una vez se disfrazó de húngara para marcar a cierto agregado cultural trancero, nació en Medellín. Pero su lado mágico es que puede pasar tranquilamente por húngara o nigeriana e incluso, si la apuran o hiciera falta, por húngaro o nigeriano.
    ..........—Lo importante lo sé —le digo—. Ahora cuénteme usted los detalles o el modo de operar que preferiría.
    ..........Angie me había explicado, muy a la que te criaste, que el cliente tenía problemas con dos de sus empleados. Que le estaban robando dinero. Así de simple. El cliente es el Lobo, por supuesto. Y los empleados dos albanesas kosovares que regentan uno de sus prominentes locales de citas. El problema, según me adelantó con demasiadas prisas Angie, es que las minas estas, las albanesas, tienen a cargo más de treinta putas que trabajan de sol a sol (desde que cae hasta que sale, se entiende), y que iba a ser complicado el seguimiento o la vigilancia, puesto que ninguna de las dos habla español ni se ausentan jamás del local. No es por nada pero si ninguna de las dos se descuidara, quiero decir desatendiera u olvidara, la tarea de control y posterior desenmascaramiento se tornará cuanto menos difícil, áspera, peligrosa.
    ..........La máquina de café vuelve a ponerse en marcha y el ruido, crónico y rasposo, se mete de pronto en la conversación.
    ..........—Me refiero a que podemos hacerlo como usted quiera —le digo y hasta levanto un poco la voz o me aproximo a él, al ácido etílico que rodea sus fauces.
    ..........El Lobo me mira y en su mirada veo la redundancia de mi comentario.
    ..........—¿Armas? ¿Tienes papeles? ¿Puedes entrar y salir de Europa?
    ..........Me vuelvo a quedar callado sin saber qué contestarle. No sé si los papeles que me pide se refieren a los permisos para portar armas o a los que sirven para entrar y salir de Europa como Pancho por su casa. En todo caso, los dos los otorga la policía, y no creo que esos le caigan bien al Lobo. Ni viceversa.
    ..........Le digo que no tengo papeles.
    ..........Y que por qué me pregunta eso.
    ..........—Igual los necesitamos, ¿no te parece? —dice y hace un gesto como si algo estuviera irremediablemente mal.
    ..........Levanto las cejas y aprieto los labios. Miro a Manolete doblado entre el capote y la vida. Tengo ganas de fumar. Y otra vez no sé qué contestarle.
    ..........Antes dije que los mecanismos de selección del personal de la agencia eran muy rigurosos pero omití un detalle: a Fangio le importa un carajo si estás legal o ilegal, si sos español, africano, judío o reina de corazones. O nada, porque hay personas que no son nada, quiero decir de ninguna parte y que no tienen ni madre ni padre ni perro que les ladre. Y justamente esos son los que prefiere Fangio, los que se confunden entre la indiada, dice, los fantasmas que pasan desapercibidos en cualquiera de las ciudades donde Fangio cumple las encomiendas de tipos como el Lobo.
    ..........—Hay que joderse —masculla y repite y menea la cabeza de lobo.
    ..........Aprieto más los labios, me paso los dedos por las comisuras sin despegar los codos de la barra. Manolete, de malva y plata, observa de reojo los pitones afilados y tan mugrientos del toro: en el dibujo del afiche no se vislumbra el futuro ni la cornada que desangra ni menos las horas de agonía que tendría el diestro antes de morir.
    ..........No sé cómo se llama el Lobo y sin muchos aspavientos, del modo más cordial posible, le digo que no me parece que eso sea un inconveniente.
    ..........—Eso está por verse, majo —suelta.
    ..........Fangio no se llama Fangio. Se llama Cazkotte, con doble te pero con el mismo sonido que se escucha cuando decimos la palabra cascote. De hecho se llama Eliseo Mauricio Cazkotte. El nombre completo, por supuesto, yo no lo sabía ni quise nunca saberlo: me lo dijo el Chueco en enero, en el aeropuerto de Santo Domingo. Me dijo que se lo vio en el DNI una madrugada que no tuvo más remedio que llevarlo a su casa y hasta meterlo dentro de la cama, luego de sacarle los pantalones y un pulóver del año catapún que llevaba puesto. El Chueco empezó a trabajar para Fangio antes que yo. Y sabe más cosas. Muchas más. Y pasa más tiempo con Angie. Y Angie le hace chistes o comentarios que a mí nunca me hace. El otro día estuve pensando si no le habrán hecho una cama por saber demasiado: como si los chistecitos de Angie fuesen el peor y más negro conjuro: una marca en el extremo de la chaqueta que te señala o delata: «es ese» o «estás muerto» o «no sabés la que te espera» o «mandale saludos a cagaste», como me decía el malarmado de Zabala cuando una escoba no tenía arreglo. Hay que tener cuidado en este laburo. Cualquiera se daría cuenta de que es una locura meter veinticinco kilos de cocaína por Barajas. Ni cien gramos. Aunque lo hagas en mil quinientos viajes. Menos mal que me abrí a tiempo de esa. Ahora mismo estaría guardado. Qué boludo este Chueco. Yo le dije que Barajas es el peor aeropuerto para pasar merca. La culpa fue de Fangio, o del amiguete ese que decía tener en la Guardia Civil. Lo cierto es que Fangio no se llama Fangio. Fangio es apenas un apodo, un mote. Su verdadero nombre yo no lo sabía ni quise saberlo, porque todo el mundo le dice Fangio, y él se llama a sí mismo Fangio, y hasta los documentos los firma con un garabato donde claramente se ve la efe, grande, extendida, y después la a, la ene, la ge, la i y la o. Pero se llama Cazkotte. Aunque con ese apellido mejor ponerse un apodo y que la gente no se entere. Digo yo. En Buenos Aires peor que en España, donde la pronunciación de la zeta le salva un poco las papas. Pero Fangio no es porteño, es jujeño. Sin embargo, no tiene pinta de jujeño sino de porteño. Que haya nacido en Jujuy y que Fangio sea un apodo yo no lo sabía o no lo podía deducir de ningún modo hasta que el Chueco, en la interminable espera del embarque, con el pibito embolillado sentado entre nosotros, me lo contó.
    ..........El Lobo, con una seña rápida, pide otro ácido. Cantonea el vaso como un trastornado o con el afán de que algo malo se evapore. No me preguntó si yo quería tomar algo. Es un lobo de verdad: astuto y desconfiado y hasta maleducado. Aprieta las mandíbulas y me mira poco, como si escondiera algo o como si no quisiera que yo descubriera algo que es muy evidente.
    ..........Enciendo otro cigarrillo y me echo un poco hacia atrás. Le clavo la mirada a la pelirroja. Después al viejo: parece pintado al óleo, el viejo. Largo la primera bocanada y me encandilo con la claridad que ahora sí entra por las ventanas.
    ..........Ya es mediodía, casi.
    ..........A juzgar por la amplitud de su sonrisa, Marley, ahí contra la pared, lejos del toro y de la máquina de café, está vivo.
    ..........—Si no puedes viajar, mal vamos —me dice el Lobo.
    ..........No le contesto. Pienso en Marley y me pregunto por qué a algunos hombres, aun después de muertos y enterrados, les sigue latiendo el corazón.
    ..........—¿Armas? ¿Manejas armas?
    ..........Le respondo que sí mientras le doy otra calada al cigarrillo.
    ..........El Lobo mete la mano en el interior de su chaqueta y de ahí saca una tarjeta que enseguida me acerca arrastrándola por el mostrador. No la suelta. Le veo los dedos y las uñas. Me dice que vaya esta misma noche, a eso de las once, a ese sitio, que allí su secretario me iba a explicar los procedimientos pertinentes. Insiste en que sea puntual.
    ..........La palabra secretario me queda flotando en la cabeza como si fuera una broma pesada.
    ..........—Eso es todo —me dice.
    ..........La pelirroja me observa hasta que cruzamos las miradas y, entonces, como si se sintiera descubierta o desnuda y boca arriba, deja de hacerlo.
    ..........¿Puntual? ¿A qué hora sería puntual? O es a las once en punto, como quien dice, o es a eso de las once, alrededor de las once, más o menos a las once, y no hace falta ser puntual para llegar más o menos a una hora. Seguro que la exigencia nace o es generada por los mecanismos propios de los que están acostumbrados a mandar, a pegar cuatro gritos y que todo el mundo se cague en las patas.
    ..........Cuando salgo del bar el día es otro día. Atrás quedaron las esperanzas que acarrea la mañana, las esperanzas que Basilio asegura que nunca pasan del otoño. De este otoño frío y lluvioso donde no termino de encontrarme. Siento el viento, sí, pero el cielo, despejado y azul, por fin despejado y azul, deja que el sol se cuele por las angostas veredas de la Carrera de San Jerónimo, donde aparezco de pronto y sin saber muy bien por qué. Veo el letrero apagado de una sala de bingo. Creo que la mejor tarea que me designó Fangio fue aquello de pasarme las horas sentado jugando al bingo. Aunque jugar es un decir, puesto que estaba todo arreglado y la cosa era coser y, nunca mejor dicho, cantar. Busco el cruce de peatones. Me detengo hasta que aparece el verde y otros me adelantan como si estuviera dormido. Alguien tiene que saber en qué pensamos los extranjeros cuando atravesamos la Puerta del Sol. Yo no podría explicarlo con precisión. Hay ruido de palomas y caras o voces de trapicheo constante. Sigo de largo hasta la boca de metro. Un poco en el bolsillo y otro poco en la evocación de mis retinas llevo la tarjeta con la dirección de El Menchevique, un local de alterne a las afueras de Madrid donde algún secuaz del Lobo me explicará, esta misma noche, más o menos puntualmente, cuál es el trabajo que tengo que hacer.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.

  • de «Moravia» [novela], Salto de página, Madrid, 2017.


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    Primera parte
    I
    Ahora que estaba inmóvil, varado y con ojos de muerto, el Murray II parecía ser más importante que todo el puerto: su figura maciza lo hacía único, sagrado e imponente, y la ribera quedaba ciertamente relegada a esos atributos de quietud, era como si la ciudad entera, además, hubiese sido construida solo para recibirlo. A sus plantas, más bien a su merced, el pasaje diseminado por la explanada de la dársena hacía largas colas para las revisiones aduaneras. En las inmediaciones: incluso en recovecos ciertamente invisibles, la inmigración afincada ya movía los hilos del trueque y de la venta ambulante, ofreciendo pensiones baratas y traslados en coches de alquiler y hasta compañía de aquella que no se nombra. Cerca del barco: puede que del lado de la proa, hombres descamisados cumplían con las labores de amarre dando gritos que otros hombres, asomados en lo alto de la cubierta, contestaban con ademanes incomprensibles. Se veían grúas esqueléticas moviéndose con lentitud, depositando en camiones y a un costado del bullicio amasijos de baúles envueltos en redes: algo que colgaba desde las inescrutables poleas que algún operario movía de acá para allá.
    ..........Era 1950 y Buenos Aires se asomaba como una ciudad nueva, floreciente, el aire extranjero la convertía en marabunta pero también en coloquio y brillantina.
    ..........Después de pisar tierra firme, después de bajar la escalinata alargada que nacía en el corazón del trasatlántico, después de eso, incluso después de apoyar los dos pies en lo que ya era el cemento de la dársena, el bandoneonista besó a su esposa tomándole la cara con ambas manos. Para realizar ese gesto tuvo que soltar la cartera de cuero: dejarla un momento de lado, abandonarla junto a sus piernas, tal vez apretada entre los tobillos, seguramente más pendiente de ella que del beso que estaba soltando, que de la cara que estaba sujetando, que del puerto y la llegada y el febrero este tan caluroso y pegajoso y mal hablado. Fue la primera vez en muchas horas que se desprendió de aquella suerte de maletín: probablemente todas las que demoró el Murray II en atravesar la bahía, que ciertamente fueron demasiadas, aunque después de tantos días de altamar las horas no eran ho­ras sino papel picado cayendo desde cualquier sitio.
    ..........Después, inmediatamente después, incluso en el mismo movimiento, se agachó y volvió a empuñar el asa de la cartera y sin tanto aspaviento como con su esposa besó la cabellera de su pequeña hija. Fueron besos espontáneos pero algo obsoletos, como si quisiera él besarse a sí mismo al ver que por fin había concretado el regreso: como si volver a estos confines fuese una cuestión absolutamente personal, esperada durante años y tan ansiada. Así fueron aquellos besos. Llevaban encima el equipaje y los veintiocho días de viaje y por qué no el recuerdo de Nueva Orleans, del Murray II partiendo desde el Misisipi hacia el sur del mundo, soltando torrentes de humo por altísimas chimeneas inclinadas, con la totalidad del pasaje arrumbado contra las barandas de babor, agitando pañuelos y sombreros y los brazos, muchos brazos y muchas manos, que junto a las sirenas ensayaban la eterna despedida mientras el barco se alejaba trémulo de las costas norteamericanas.
    ..........La esposa, en checo, le dijo a su hija que a partir de ahora debería caminar, que mamá y papá tenían que llevar las maletas, y que sea buenita:
    ..........—Máma a táta musí nosit zavazadla. Být dobré —dijo.
    ..........En sus muecas se notaba que no esperaba mucho de este viaje: había aceptado hacerlo por la insistencia tenaz de su marido y ahora la ciudad se le venía encima con voces exageradas que sin mucho interés intuía italianas. Sufría una extraña situación porque el calor de febrero la confundía y porque todos esos días en medio del mar terminaron por agobiarla. Cuando su marido, adelantado —o era ilusionado y ansioso—, se colocó en una de las varias filas de la aduana, apuró el paso y le tocó el brazo a modo de llamada. Antes se secó el sudor con un pañuelito blanco: el movimiento fue delicado e imperceptible y no impidió que repitiera lo que él sabía de sobra.
    ..........Y le susurró en inglés, sin mirarlo:
    ..........—Ya sabes que no estoy de acuerdo con tu plan. Que me parece absurdo.
    ..........Él hizo como si no escuchara la frase de su esposa, como si el entorno y la situación fuesen no lo más importante sino lo único.
    ..........—¿Me oyes?
    ..........Como si no escuchara ni nadie nunca le hubiese hablado en esa lengua: como si jamás hubiese aprendido el inglés que sí aprendió, un poco a la fuerza y otro poco por necesidad, en los quince años que llevaba viviendo en Nueva Orleans. Así siguieron avanzando hasta ubicarse en una de las filas donde la gente se apelotonaba con escaso criterio y más escaso orden. En el fondo, los dos sabían que esas frases no eran del todo un reproche: que el cerebro humano responde más bien con malos modos a la presión, al cansancio acumulado y al trajín que significaba semejante desplazamiento, semejante cambio.
    ..........—Sí... Te oigo.
    ..........También para él, nativo e hispanoparlante, la ciudad que pisaba ahora era una referencia desconocida o quizás abstracta, imprecisa: sus exiguos y ya lejanos días en Buenos Aires no habían sido para nada felices y sabido es cómo funciona la memoria cuando se la aprieta y estruja contra los tiempos de oscuridad, contra la imagen soñolienta del inaccesible Ocean Dancing de la avenida Leandro N. Alem, contra algún que otro varieté y sobre todo contra cierto boliche de mala muerte donde se ofreció como músico por el techo y la comida y con suerte consiguió que lo emplearan de lavacopas, durmiendo sobre un colchón mugriento que tiraba cerca del mostrador ni bien echaban la cortina de cierre.
    ..........—Aunque te hagas el tonto no me voy a cansar de decírtelo.
    ..........—Es solo un juego —contestó él acomodándose el sombrero—. Vas a ver qué sorpresa les voy a dar —forzó una sonrisa muda—. No se lo van a creer.
    ..........La niña, algo escuálida y de piel transparente, con esos ojitos cristalinos y el cabello recogido en dos coletas cortas, reticente y desconfiada y por eso mismo pegada como una lapa a las piernas de su madre, observaba el gentío en absoluto silencio. Todo era anónimo, novedoso, extraño. Por momentos la muchedumbre movediza y gritona la ceñía para sumergirla en un mundo paralelo al suyo. Volvió a ver la silueta temeraria del Murray II. Le pareció enorme. Y en verdad lo era. Recordó la partida: las gaviotas que revoloteaban cerca de la popa, sus chillidos y sus aleteos y sus descensos constantes y la voz plácida de su madre diciendo pobres peces descontrolados por las turbinas.
    ..........—No me gusta ese juego —insistió la esposa—: hace quince años que no saben nada de ti. Aunque bien podrían reconocerte, y tu juego de niños se iría al garete.
    ..........Entre ellos, siempre se comunicaban en inglés. Desde el día en que se conocieron. El bandoneonista no hablaba checo y ella tenía un español escaso y algo ridículo. Por pura inercia matrimonial había aprendido palabras sueltas y algunas frases bañadas por las formas y el acento de su esposo. La gramática de la lengua castellana le resultaba compleja, escabrosa, a veces inútil. Tal vez el tango, sus letras lacrimosas y pendencieras, tan presentes en el seno del hogar, la habían acercado por azar a la mera comprensión.
    ..........—Te van a reconocer —añadió ella—: una madre siempre reconoce a sus hijos.
    ..........—Mi madre no es como las demás madres: no me reconocerá. Ninguna de las dos. Estoy muy cambiado —contestó posando la mano abierta sobre la cartera de cuero.
    ..........Ella se negó a entrar en aquella discusión: la querencia y el sombrero de ala ancha le cargaban el rostro de juventud.
    ..........Él retomó la conversación con intenciones de acabarla. Le habría gustado decírselo en español, como tantas cosas que nunca pudo, en su español bien porteño y arrabalero. Incluso sabiendo que ella no comprendería ni la mitad de la frase. Le habría gustado decírselo en español, sí, ahora que estaban en Buenos Aires. Dudó un momento: ya era tarde para cambiar.
    ..........—Mira —dijo y se estiró la solapa del saco—: ¿ves este traje, este reloj, la camisa, los zapatos? ¿Los ves bien? Bueno: ellas no vieron nada parecido en toda su amargada vida.
    ..........La esposa prefirió abandonar definitivamente el diálogo, evadirse. Recorrió con la mirada las fachadas de esas construcciones que tanto le recordaban al puerto de Londres. Y pensó en Londres, entonces: en su adolescencia y también en su madre, en los viajes felices junto a su madre. E inevitablemente en todo lo que la guerra había borrado para siempre.
    ..........—En toda su amargada vida —repitió el bandoneonista ahora sí en español, y ella estaba a punto de preguntarle qué andaba murmurando cuando un increíble griterío la sobrecogió. Todos miraban hacia allá: hacia el extremo sur de la explanada donde dos mujeres forcejeaban y se empujaban y se increpaban con enfáticas gesticulaciones. La esposa del bandoneonista quiso imaginar que eran hombres disfrazados: no podía tratarse de mujeres. Pero lo eran. Y en medio de ellas aparecía un niño: el rostro apretado por la acción del llanto. Pronto se formó un corro. Las mujeres, lejos de abandonar la reyerta, se trenzaron con violencia y una de ellas consiguió rasgar la ropa de la otra que, por el tirón, cayó al suelo despatarrada. Se oyeron vítores. Furiosa, la despatarrada se incorporó y acometió a su oponente con mayor bravura. La gente del corro, los de los vítores, lejos de intentar aplacar la pelea, parecía entretenerse: algunos reían a carcajadas, otros decían frases de arenga.
    ..........—Esta lacra viajó con nosotros, qué barbaridad —escuchó decir el bandoneonista cuando el corro aquel había imposibilitado completamente la visión y los pasajeros del Murray II, en la otra punta de la explanada, volvieron la vista al frente.
    ..........—Más que seguro como polizones —escuchó.
    ..........—Conventilleros —escuchó también.
    ..........Los comentarios habían sido pronunciados en español: venían desde atrás.
    ..........Y también en español, un señor de guayabera y sombrero caribeño respondió:
    ..........—Se equivoca, caballero: es gente de otro barco.
    ..........—Conventilleros igual.
    ..........—Puede ser. Pero no viajaron con nosotros.
    ..........La última afirmación era cierta: dos días antes, había llegado a esa misma dársena el trasatlántico Anna C, imponente como el Murray II o tal vez más, aunque de bandera italiana, que había partido de Génova con más de setecientas almas a bordo. El personal de aduanas del puerto de Buenos Aires, desbordado por estas llegadas masivas, traía la orden —o la voluntad— de atender antes que nada a los viajeros de la primera clase, dejando para última instancia al resto. Y la primera clase del Anna C suponía apenas el quince por ciento del total de su pasaje. Y las demoras para los que no gozaban de privilegios, en el mejor de los casos, duraban días enteros. Y los nervios, en todos los casos y más allá de la bandera o de las vestimentas, no soportan tanta indiferencia.
    ..........—De Europa, vienen —escuchó.
    ..........—Pobre gente —escuchó también.
    ..........El de guayabera, risueño tras un enorme bigote que le encendía los dientes, estaba acotando algo cuando el bandoneonista observó que en todo el ala oeste de la explanada, que era mucho decir, con sus cinco o seis puestos aduaneros, no había ni un solo pasajero del Murray II.
    ..........Intentó explicárselo a su esposa, empezando por los comentarios venenosos en español que ella, por supuesto, no había podido comprender.
    ..........Al oír la traducción de su marido, diríase que disgustada, se volvió sin disimulo y buscó a los responsables. Las culpas recayeron en un hombre excesivamente gordo que vestía de blanco crema mientras el sudor le bajaba por la cara como una catarata incontrolable. A su lado había una mujer: sus manos enguantadas sostenían un paragüitas de fina estampa que la protegía del sol o más bien de la claridad, puesto que en ese sector se proyectaba la sombra de uno de los enormes hangares portuarios.
    ..........—No pasa nada —dijo él.
    ..........Pero ella continuó mirando hacia atrás hasta que el de guayabera y sombrero caribeño le sonrió. Y le guiñó el ojo. Y ella juraría que aprovechó la acción para mirarle el escote. Los separaban muchos metros de distancia y aun así lo seguiría jurando. Ruborizada, se corrigió la abertura con un movimiento rápido y se volvió.
    ..........En la misma acción, pero sin que ella lo notara, los ojos del bandoneonista se cruzaron con los del gordo.
    ..........Fue un instante.
    ..........Tal vez un segundo.
    ..........En el siguiente segundo el bandoneonista observó cómo el gordo chantillí escrutó la cartera de cuero.
    ..........Después volvieron a mirarse.
    ..........Arriba, alto y rabioso, un sol justiciero empezaba a enseñar su quemado aliento anaranjado.


    © Marcelo Luján. Todos los derechos reservados.

  • de «Subsuelo» [novela], Salto de página, Madrid, 2015.


    descargar fragmento de la edición argentina (Revólver, 2016):__



    episodio I: The kill
    No fue la noche.
    ..........Ni los altos árboles que todo lo ven.
    ..........No. No fue nada de eso.
    ..........Bajo el cielo azul oscuro del valle, las cosas son un poco mágicas para los que vienen de la ciudad.
    ..........O tal vez haya sido todo.
    ..........La noche, el verano, la magia que siempre oculta un descuido, y la chica morena con su bikini de colorines debajo de una camiseta blanca, de un pantalón tan corto y apretado y suave.
    ..........Así.
    ..........Están los tres sentados en el bordillo de la piscina, de espaldas a la casa. Se han quitado el calzado para que sus piernas cuelguen dentro del agua y que el agua, fresca a esas horas de la noche, les cubra las pantorrillas. Llevan allí un buen rato, desde que acabaron de cenar, cuando los padres comenzaron a dispersarse: los cuatro hombres a beber, las mujeres a veces cerca y el resto del tiempo puede que no importe.
    ..........Es probable que fuera la noche —o el verano en el valle— lo que los llevó a los tres hasta la piscina. Lo que los llevó a alejarse de los adultos que siempre ponen pegas a casi todo lo que ellos desean.
    ..........Alejarse, aislarse, descuidarse.
    ..........Quitarse el calzado, sentarse en el bordillo, de espaldas a la casa, meter las piernas en el agua, moverlas de vez en cuando. Y no decir apenas nada. Quedarse así, los tres. En la parte honda de la piscina.
    ..........Así: en aquella penumbra sólo rota por la luz que viene de la galería donde los padres, y también las madres, montaron la mesa con un par de burrillas y una tabla de dos metros. Tal vez más. Y el mantel de papel, de esos desechables, manchado por la copa de vino que alguien, durante la cena, volcó sin querer.
    ..........Es probable que haya sido la noche. Un cielo azul oscuro. Mágico.
    ..........Están los tres sentados allí, en el bordillo. Casi no hablan. La chica morena en medio, con el pelo recogido en una coleta, con los brazos tensos y la mirada y el pensamiento quién sabe dónde. El chico que está a su derecha es rubio y tiene exactamente la misma edad que ella, hace algo con el teléfono móvil, un aparato de última generación del que parece no poder ni querer escapar. El otro, arrimado a la izquierda de la chica morena, es tres años mayor, ya cursa segundo de carrera, tiene carné de conducir y sus padres le han comprado un coche para que vaya al campus de la universidad. Casi no hablan. Los tres. Es como si estuvieran esperando que algo importante fuese a ocurrir. Algo que bien podría salir del agua, de la hierba, o aparecer de entre la arboleda que tienen en el fondo de la vista, más allá de los límites de la parcela, más allá del camino de tierra, que es angosto, que para un lado conduce hacia la carretera y para el otro hacia el corazón del valle y del pantano.
    ..........Están los tres allí, sentados en el bordillo, del lado profundo de la piscina, donde el agua está más fría y el celeste de los azulejos no es celeste sino invisiblemente hosco.
    ..........Ellos no lo saben, pero en efecto algo muy importante en sus vidas está a punto de ocurrir. Y en las de sus padres, por supuesto, también.
    ..........El agua fresca.
    ..........El agua fresca hasta las pantorrillas.
    ..........Y la penumbra.
    ..........Y el bosque de abedules en el fondo de la penumbra.
    ..........Entonces la chica morena le clava la mirada al otro. Es una acción espontánea, un giro eléctrico del cuello.
    ..........Un flash.
    ..........Por tercera vez, debajo del agua, ha notado que él le roza el tobillo con la punta de los dedos. Se conocen desde hace ocho años pero sólo se ven en verano, en la parcela del valle, cuando los adultos se juntan y ellos, por lo tanto, también se juntan. Y aunque viven en la misma ciudad, nunca pasó nada entre ellos porque hasta el año pasado eran unos críos. Sobre todo ella, que recién acaba de cumplir los dieciséis. Pero él, ayer mismo, a la hora de la siesta, le enseñó a conducir. Y ni ellos ni sus padres —ni nadie— imaginan que ese suceso trivial comenzó a cambiarlo todo.
    ..........Y ella le clava la mirada como si quisiera decir Qué haces.
    ..........Como sí se lo dijo ayer, a la hora de la siesta, dentro del coche y tan alejados de los límites de la parcela. Sí, ayer le dijo Qué haces. Y enseguida le dijo que no. No, no, le dijo, ayer, dentro del coche.
    ..........Y ahora la chica morena, sentada en medio de los dos, habla.
    ..........—Cuando llegamos —dice—, el agua estaba verde y había mogollón de sapos. Qué asco los sapos.
    ..........—Y hormigas por todos lados. Putas hormigas.
    ..........El otro no dice nada.
    ..........Están de espaldas al murmullo que viene desde la casa. A las voces de los adultos que hablan de tipos de interés y de cuestiones aun más aburridas para ellos. La chica señala el comienzo de la hierba y dice que su hermano se cargó varios, que ella misma vio cómo los perseguía con un palo, y que al otro día encontró a dos sapos muertos en aquellos arbustos. Cuando dice arbustos estira el brazo en dirección a la noche.
    ..........Ríen los tres. Ella menos.
    ..........Y el rubio menos que ella:
    ..........—Estás como una cabra, tía —dice.
    ..........La chica vuelve a mover las piernas bajo el agua. Nadie, ni siquiera ella, podría saber si en verdad ansía otro roce en su tobillo. Que la toque, nuevamente, el chico tres años mayor, que también es moreno, como ella, aunque su piel no sea tan blanca, ni su sonrisa tan nítida.
    ..........—Qué bichos más asquerosos los sapos —dice.
    ..........Y mueve las piernas bajo el agua fresca de la piscina.
    ..........Y la superficie del agua fresca de la piscina también se mueve.
    ..........Y el rubio, de pronto, levanta la voz.
    ..........—Eh, mirad.
    ..........Y se coloca un poco de lado.
    ..........Sin mucho entusiasmo, miran hacía allí. El chico moreno hace una mueca con la lengua. Su cabeza, es decir su cara y su lengua y su modo de fruncir el rostro, aparece detrás de la cabeza de la chica.
    ..........Ella, la chica, que debajo de la camiseta blanca y del pantalón suave y corto lleva un diminuto bikini de colorines, siente la proximidad, el calor, el contacto directo del chico tres años mayor. Y experimenta, en ese sentir, con ese calor, una curiosa sensación a la altura de la tripa. El rubio, en ese momento, se exaspera.
    ..........—No sale, joder —dice.
    ..........—Es por la luz.
    ..........No fue el calor lo que los llevó hasta el bordillo de la piscina. Ni la noche en el valle. Ni el verano. Ni las hormigas que en verdad tienen prácticamente tomada la parcela desde tiempos inmemoriales. Acaso haya sido la adolescencia, las ganas incontenibles de algo que no saben muy bien qué es.
    ..........—¿Hace vídeos? —dice.
    ..........—Sí.
    ..........—A que tienes uno de cuando te cargaste a los sapos.
    ..........—Yo no me he cargado a ningún sapo, gilipollas. De qué vas.
    ..........El bañador del chico rubio le cubre las rodillas. Es alto y muy delgado y al decir gilipollas se le descontrola levemente el timbre de la voz. Desde las bocamangas amplias asoman unas patitas como de gacela, pero lampiñas y por poco transparentes. El bañador es azul. También sus ojos son azules. Y también los de su padre, que además es rubio y alto, como él.
    ..........—Los matan los lobos —dice.
    ..........Y se gira. Intenta aprovechar la luz de la galería. Función vídeo. Toca la pantalla del teléfono móvil, espera unos segundos. Stop. Después se vuelve y lo reproduce. Entonces comprueba que los vídeos se pueden hacer con menos luz que las fotos.
    ..........—¿Qué lobos? Aquí no hay lobos.
    ..........—Sí los hay. Tú no sabes nada.
    ..........La chica no le contesta. Quita los pies del agua. Se pone de pie. Descalza sobre la hierba.
    ..........—Voy al servicio —dice.
    ..........—Vale.
    ..........Después de asentir, el chico moreno la ve marcharse. El vale le ha salido condescendiente, tal vez demasiado condescendiente. Tal vez se avergüence un poco, ahora, de esa excesiva condescendencia. Le sigue los pasos un instante, mirándola por encima del hombro. La figura dibujada contra el resplandor de la casa. Le mira las piernas, todas desnudas, avanzando hacia la luz.
    ..........Y se queda pensando, con las manos apoyadas en el bordillo de la piscina, los brazos trabados a un costado del cuerpo. Y mueve las piernas bajo el agua. Y levanta la cabeza. Allí en el fondo están los abedules, muy amontonados, expectantes, mezclados con lo oscuro de la noche. El agua de la piscina, que de día brilla como brillan los diamantes, ahora, en la penumbra, sin las piernas de ella, podría pensar, carece de sentido.
    ..........—¿Tienes fotos de tías en bolas?
    ..........El rubio deja de mirar la pantalla del teléfono y se ríe. Es una risa corta, nerviosa, parecida, aunque bastante menos nerviosa, a la que soltará dentro de unos minutos.
    ..........—Pues no.
    ..........—Pues vaya mierda.
    ..........Dice mierda y mira cómo el agua le cubre las pantorrillas. Y piensa en las pantorrillas de ella. Y en qué coño hace allí si ella no está. Y se le ocurre una idea vaga: ir hasta la casa. Pasar por la galería, por delante de los padres que siempre, piensa, están hablando de chorradas y no se enteran de nada. Buscarla, se le ocurre. Ir a por ella. Encontrarla dentro. En el pasillo por donde se va al servicio. Pero enseguida lo descarta. Recuerda que ayer mismo, cuando su coche estaba en la parcela, cuando su hermano mayor aún no se lo había llevado a la ciudad Porque claro, piensa, el de él gasta lo que no está escrito, y el de mi padre más, y entonces tiran del mío, que será cutre y de segunda mano pero consume la mitad de gasolina, no te jode. Recuerda que ayer mismo, a la hora de la siesta, con la tontería, dejó que ella se pusiera al volante. Dejó que ella se pusiera al volante y condujera. Que condujera su coche. Ella dijo que le hacía ilusión, que lo primero que haría, cuando cumpliera los dieciocho, sería sacarse el carné. Estábamos tomando el sol cuando me lo dijo: ella tumbada boca abajo, yo tumbado boca abajo. Hablaban, con la cabeza de lado y los ojos cerrados. La chica morena tenía apoyada la mejilla sobre sus antebrazos, de modo que todo el costado de su cuerpo quedaba expuesto. Los ojos cerrados, él no siempre. Y la parte de arriba de su bikini de colorines sin alcanzar a cubrir tanto como ella hubiera querido. Sí, piensa el chico moreno, tomábamos el sol tumbados en la hierba y me lo dijo. Yo le hablaba de la uni, de lo guay que es ir al campus en coche y ella me soltó que le hacía ilusión aprender a conducir, que de ese modo llegaría a la academia sabiendo, que no la suspenderían, y que se lo sacaría a la primera. Eso recuerda que le dijo ella, todavía tumbada boca abajo en la hierba, los ojos siempre cerrados, los brazos hacia arriba, media areola increíblemente fuera del bikini sin que ella, claro está, lo supiera. Y él, con la vista fija en ese trocito de piel quizás rosado, le dijo que podían practicar con su coche. Aquí mismo, recuerda que le dijo, Que no hay ni dios. Entonces ella se incorporó como si le hubiese picado un insecto, tal vez una hormiga, una hormiga negra de esas que están por todos lados. Vamos ahora, venga. Sí, venga. Y fueron. Sacó el coche de la parcela y lo plantó en medio del camino de tierra, en dirección al pantano. Ella le dijo que la esperara allí, que iría andando. Cuando la vi llegar tenía puesta una camiseta, recuerda. Y también recuerda que antes de salir del coche para que ella se montara en el asiento del conductor, cuando la tuvo de pie delante de la ventanilla, de pie y quieta y esperando, le miró erróneamente el pubis, el bikini apretado entre las piernas. Y recuerda que se arrepintió de hacerlo, porque ella se dio cuenta. Entonces apuró la salida. Y mientras salía y ella se montaba y él bordeaba, avergonzado, el morro del coche, quiso, recuerda, hacer un hoyo, meterse dentro y salir al año siguiente.
    ..........Hacer un hoyo profundo. O que lo haga otra persona.
    ..........Ahora el rubio abre los brazos y camina haciendo equilibrio por el bordillo de la piscina. Como si estuviese solo. Es alto, un poco más que el chico moreno.
    ..........—Entonces…, fotos de tías en pelotas nada, ¿verdad?
    ..........Con los brazos en cruz y mirando hacia abajo, yendo por el bordillo opuesto, el rubio tarda en responder.
    ..........—Ya te he dicho que no —dice.
    ..........—Mira, ven. Te enseñaré algo.
    ..........El chico moreno no lleva bañador. Está vestido para la cena, como lo han hecho los adultos. Polo y bermudas de lino. Y, hasta que se las quita para meter los pies en el agua, zapatillas con calcetines de esos que no llegan a cubrir los tobillos. Y lleva perfume. El rubio, con sus ojitos azules, ahora que se sienta junto al otro, huele ese aroma particular. Lo huele por primera vez. Lo huele mientras el chico mayor saca su móvil del bolsillo de las bermudas.
    ..........—Que sepas que no lo he bajado de internet, ¿vale?
    ..........Y lo huele más ahora que empieza a ver el vídeo que aparece en la pantalla.
    ..........—Mira, mira.
    ..........Oye el sonido rasposo y continuo de cuando no hay voces sino apenas aire entrando y saliendo de una nariz. Los ojos azules del rubio se quedan, sin que él se dé cuenta, algo estáticos. Y la risa nerviosa vuelve a escapársele del cuerpo.
    ..........—Qué. ¿Mola?
    ..........Quién sabe si fue por el perfume, por las voces que ahora vienen con mayor nitidez desde la casa, o por la cara de la chavala que aparecía, en un plano más o menos cenital, moviéndose torpemente con todo eso dentro de la boca.
    ..........—A que sí.
    ..........No era el olor dulce del perfume. Ni las voces de los adultos, de pronto, viniendo desde la galería. Y tampoco que nunca haya visto una acción similar porque sí que las ha visto en el ordenador. Pero esto lo intuye diferente. Era la primera vez que veía algo así con otra persona. Que sepas que no me lo he bajado de internet, piensa el rubio cuando el vídeo se interrumpe abruptamente.
    ..........—Sí, mola —dice.
    ..........—Ahora déjame ver los tuyos. Seguro que tienes algo.
    ..........—Pues no. No tengo —dice.
    ..........Y se aparta. Y se pone de pie. Y hace como que no vio nada, o como si lo que vio no fuese algo que le haya interesado demasiado. Y vuelve a abstraerse haciendo equilibrio por el bordillo, con los brazos abiertos, erguido.
    ..........—Pero me podrías pasar ése por bluetooth —dice.
    ..........Y dice:
    ..........—Así ya tendré algo.
    ..........—Ni de coña. Esto de aquí no sale. ¿Estás tonto o qué?
    ..........Si después de decir eso, el chico moreno se girara, si volviera a mirar hacia la casa, vería a su hermano de pie, todavía saludando, en medio de la galería. Llegó mientras él enseñaba el vídeo. Si se girara y mirara hacia la casa, no sólo comprendería que su coche está de vuelta allí, a su disposición, que su hermano ha regresado de la ciudad, sino que también vería a la chica morena fuera de la galería, a un costado de la farola, hablando con la madre.
    ..........La madre de la chica morena, y el padre, aquel rubio y alto que ahora bebe de pie, son, además de padres, los dueños de la casa. De esa piscina y de esa agua que bajo la penumbra de la noche no parece agua sino cualquier otra cosa.
    ..........Se oyen voces que vienen desde la galería. Pero no le apetece girarse sino todo lo contrario: hacer como que no le importa lo que ocurre en la casa. Tiene la secreta esperanza de que la chica morena volverá al bordillo de la piscina, de que volverá y se descalzará y se sentará junto a él. De que podrá rozarle, otra vez, el tobillo con los dedos del pie, y de que ella dejará que él lo haga.
    ..........Y también tiene esperanzas de que el rubio tarde o temprano se marche. Aunque eso podría darle igual.
    ..........Pero el rubio, que estaba haciendo equilibrio por el bordillo paralelo, se detiene frente a él. Y se le pone de cara. Desafiante.
    ..........—Te digo algo —dice.
    ..........Están solos y los separa todo el ancho de la piscina: unos tres metros y medio. El agua fresca que ahora se muestra inmóvil. Tres metros y medio de agua fresca e inmóvil. El reflejo invisible de la noche flotando en esa aparente inmovilidad.
    ..........—Qué.
    ..........Es alto, y allí parado, recto en medio de la penumbra, parece como si formara parte del ejército de árboles que tiene detrás, de los abedules, también altos y de aspecto desgarbado, que se esconden en la sombra.
    ..........—Me he cargado catorce sapos desde que llegamos.
    ..........El chico moreno ríe.
    ..........—¿Te ríes?
    ..........—Pues sí.
    ..........Vuelve a hacer una rara pausa sin dejar de mirarlo.
    ..........—¿Quieres saber cómo me los he cargado?
    ..........—Cómo.
    ..........—Verás —dice.
    ..........Y dice:
    ..........—A unos pocos los he colgado vivos, de una pata. Y me he quedado allí, viéndolos morir. Después de un rato, les sale una cosa blanca por la boca. Una cosa blanca que no gotea, que sale como un hilo, baja, hasta tocar el suelo. Después se les sale la lengua. Y después… Después cierran los ojos y mueren.
    ..........—Eres un listo, eh.
    ..........Por alguna razón que él tal vez no sepa, el rubio vuelve a caminar por el bordillo de la piscina. Por el bordillo opuesto. Va y viene. Habla, la mayor parte del tiempo, sin dejar de moverse.
    ..........—Pero me aburrí de colgarlos y se me ocurrió otra idea —dice—. Una idea mejor. ¿Ves aquel tiesto? ..........¿Cuánto crees que pesa?
    ..........El tiesto, de arcilla, apenas se ve en medio de la noche.
    ..........—No lo sé, dímelo tú.
    ..........—Cuarenta kilos —dice—. Lo he pesado con la balanza de mi madre. Luego he calculado lo que pesa un sapo de estos que hay por aquí. ¿Sabes cuánto pesa un sapo de éstos? No llega a medio kilo.
    ..........—Mira.
    ..........Se detiene otra vez en medio del bordillo, justo frente al otro. Para observarlo, así, en la penumbra.
    ..........—Ahora imagina qué te pasaría a ti si te pusiera boca abajo sobre la hierba, como cuando tomas el sol, y te echara encima del cuerpo cincuenta veces tu peso. Lentamente.
    ..........—Pero qué cojones dices, payaso.
    ..........El rubio retoma su ejercicio de equilibrio. Avanza con los brazos abiertos y la mirada en sus empeines. Ahora llega al vértice. Avanza. En la mitad del bordillo corto, donde la piscina es más honda, se detiene.
    ..........—Te dejaría la cabeza libre —dice.
    ..........—Ya, lo que tú digas.
    ..........—¿Cuánto crees que aguantarías?
    ..........—Déjame en paz.
    ..........—Se te partiría la columna vertebral —dice—. El careto se te hincharía como un globo y no podrías hablar. No podrías pedir auxilio ni hostias.
    ..........Desde que el rubio se detuvo, el chico moreno tiene que mirar hacia su izquierda para verlo. No sabe por qué lo hace pero sigue, callado, el hilo de la conversación.
    ..........—Intentan escapar, los muy cabrones. Y yo les digo —dice—, mientras hacen fuerza con las patas…, me acerco a su mierda de cara y les susurro: tienes un puto tiesto de cuarenta kilos encima, ¿adónde cojones quieres ir?
    ..........Alguno de los dos no mira al otro. El rubio insiste.
    ..........—¿Tú harías fuerza con las piernas, con los brazos?
    ..........—Payaso.
    ..........El rubio ríe.
    ..........—¿La harías? ¿O te quedarías quieto?
    ..........—¡Déjame en paz, tío!
    ..........—Qué pasa.
    ..........—Que te pires. ¿Te enteras?
    ..........—Vale, vale —dice—. Me piro.
    ..........Y salta a la hierba.
    ..........Se marchará. Pero antes de eso, se sentará en el bordillo de cara a la casa, muy cerca del otro, con la excusa de ponerse las chanclas.
    ..........—Me piro.
    ..........Está, efectivamente, a medio metro del otro, con los pies sobre la hierba, calzándose las chanclas pero sin dejar de buscarle la mirada.
    ..........—Te importa si te digo una última cosa —dice.
    ..........—Di.
    ..........—No vayas a enfadarte, eh.
    ..........El chico tres años mayor, moreno, nota la sorna del rubio y mueve las piernas bajo el agua fresca y oscura de la parte honda de la piscina. Durante un tiempo breve, se ha olvidado por completo del bikini de colorines. Se ha olvidado de que la está esperando con toda esa impaciencia. Y casi se ha olvidado de lo que ocurrió ayer, a la hora de la siesta, cerca del pantano.
    ..........El rubio se pone de pie. Y desde arriba sigue buscándole la mirada.
    ..........—Yo la tengo más grande —dice.
    ..........Ahora sí se miran. Mucho.
    ..........—Qué hablas.
    ..........Entonces, con las chanclas ya puestas, el rubio inclina su cuerpo para que las próximas palabras vuelen, devastadoramente suaves, hacia los oídos del otro.
    ..........Vuelen y lleguen y por lo tanto exploten.
    ..........—Que la tengo más larga y más gorda que tú —dice.
    ..........—Y una mierda.
    ..........—¿Qué te juegas?
    ..........—No me juego nada. Paso de verte la polla, imbécil.
    ..........—Imbécil, tú —dice.
    ..........Y se marcha.
    ..........El chico moreno gira su cuerpo y su cara para decirle, con ímpetu, gilipollas. Y lo hace con algo que está muy cerca de ser un grito. Y el otro, ni bien escucha cómo lo ha llamado, y a sabiendas de que lo debe estar mirando, levanta el dedo corazón separando el brazo, sin dejar de caminar y sin siquiera darse la vuelta.
    ..........Hacer un hoyo y meterte dentro. O que lo haga alguien por ti y que te metan y que ya no puedas salir nunca más.
    ..........Puede que sea el verano.
    ..........Sí. Los abedules inmóviles en el fondo de la nada.
    ..........El agua de la piscina, que de día tiene tanta vida, durante la noche no es más que esto. Allí sentado, en la penumbra inservible del valle, todo lo que lo rodea es peor que la nada.
    ..........Ven, joder, piensa para sacudirse el malestar. Todavía no sabe que su coche está otra vez allí, en la parte delantera de la parcela, más allá de los cerezos, donde están todos los otros coches.
    ..........Todavía no lo sabe.
    ..........Ni sabe que ella regresará.
    ..........Que la chica morena regresará, pero no para sentarse junto a él.
    ..........Y piensa en que ella le dijo No. Para, le dijo. Ayer, a la hora de la siesta. El coche se caló a los dos metros. Rieron. Él más que ella. Enseguida le dio algunas instrucciones y la chica volvió a intentarlo. Estaba un poco preocupada por la policía, que muy de tanto en tanto pasea su camioneta verde y blanca por la entrada de la parcela, por ese mismo camino, a veces en dirección al pantano, otras veces en dirección a la carretera. ¿Y si nos pillan? Que no, venga, mira hacia adelante. A medida que el coche iba haciéndole más caso, como dijo, su rostro iba llenándosele de flores. Desde luego que eso último no lo dijo: se le veía. Nunca pasó de la segunda marcha pero lo consiguió: consiguió llevarlo por el camino de tierra, avanzar de un modo más o menos uniforme, las manos agarradas, con tensión, al volante. Tenía pegada la sonrisa en el rostro porque al fin estaba llevando un coche, al fin cambiaba de marchas, al fin no se le calaba. Y eso eran las flores.
    ..........Quién pudiera decir que todo.
    ..........Que todo comenzaría en ese momento de felicidad.
    ..........Nadie.
    ..........O tal vez la noche, el verano, y la magia que siempre, en todos los tiempos y en todas las épocas, vive de los descuidos.
    ..........El pelo recogido, la camiseta blanca, las piernas desnudas y un tanto coloradas por el sol del mediodía. Así la recuerda cuando llegaron al pantano. Cuando podía verse la orilla redondeada, abajo, no tan lejos, de toda esa poderosa masa de agua. Y él le dijo que ya estaba bien, que pusiera punto muerto y que fuera frenando con calma. Tenían que dar la vuelta pero el camino de tierra es demasiado estrecho como para que un aprendiz lo intente.
    ..........Y creyó que ella lo había mirado, súbitamente, con un halo de Ven, bésame. Bésame, joder, que me muero de ganas y tú ahí, sin hacer absolutamente nada.
    ..........Exactamente eso creyó ver el chico moreno cuando el coche se detuvo y se buscaron los ojos y ella tuvo la mala idea de bajar la mirada y que su rostro —aquel de las flores—, al bajar la mirada, se encendiera de rojo.
    ..........Quién pudiera advertir el futuro. Para ahorrárselo. Para desviarlo. Para regatearlo. Para que no ocurran nunca las cosas que nadie quiere que ocurran nunca.
    ..........Nadie.
    ..........Y piensa el chico moreno sentado en la soledad del bordillo, con la vista encima de los abedules que de lejos y a estas horas parecen monstruos. Piensa en que no estuvo mal intentar besarla. La parte de abajo del bikini de colorines, las piernas juntitas y desnudas y después Mi mano encima de sus muslos. No, dijo ella. Y fue como si todo se congelara de pronto. Y enseguida la chica morena parada en medio del camino de tierra, bajo el sol, viendo cómo él maniobraba el coche para ponerlo en dirección a la parcela. Llévalo tú, venga. Y ese rostro que ya no tenía la sonrisa de flores pero que lo mismo se animó a pasar las marchas, a sincronizar el movimiento de los pedales, a llegar a la entrada de la parcela sin decir —ninguno de los dos— una palabra.
    ..........Las cosas que nunca nadie quiere que le pasen.
    ..........Ni a ellos, ni a sus seres queridos.
    ..........Ni siquiera, con todo, al prójimo. Por más anónimo y desconocido.
    ..........Nunca.
    ..........—Ha llegado tu hermano.
    ..........Levantar la vista y verla. Otra vez ahí, de pie.
    ..........—Dile lo que ha dicho madre.
    ..........La voz del rubio rompiendo el esquema de la penumbra.
    ..........Y ella ahí, de pie, como lamentando algo que no iría a ocurrir jamás.
    ..........—Tienes que ir a la gasolinera. A por hielo.
    ..........Hubiese preferido que se sentara, que volviera a meter los pies en el agua fresca de la piscina. Que el rubio desapareciera. Pero tal vez ella sólo haya venido a decirle eso del hielo. Una mera orden de los adultos.
    ..........—Pues que vaya él.
    ..........—Tu hermano pasa. Dice que está agotado y que no quiere volver a coger el coche.
    ..........—Pues que vaya mi padre.
    ..........La chica morena entiende esa leve hostilidad del otro. Y la entiende porque no fue al servicio cuando decidió marcharse, sino que prefirió marcharse, huir, porque le faltó valor para dejar que la siguiera rozando bajo el agua. Como ayer, a la vera del pantano.
    ..........—Llevan bebiendo desde la cena —dice—. Están todos borrachos.
    ..........—¿Tu madre también?
    ..........—No, ella no. Ni la tuya.
    ..........—La mía no sabe conducir.
    ..........Porque entiende esa breve hostilidad, porque también entiende su yerro, se sienta junto a él, pero del revés. Se sienta con los pies sobre la hierba.
    ..........—Ha sido mi madre, que se ha liado —dice—. Creyó que había una bolsa en el congelador del lavadero. Pero la bolsa no era de hielo.
    ..........Ella lo mira. Le habla. Apenas ve su perfil. Y la penumbra entera.
    ..........—Es aquí cerca. Venga. Y nos damos un paseo.
    ..........Hostilidad, yerro, culpa, euforia. Impaciencia.
    ..........El chico moreno saca, entonces, los pies del agua. Los sacude a un palmo del suelo.
    ..........—Sé dónde queda —dice.
    ..........Y da un giro hacia el otro lado, sin levantarse todavía del bordillo. Los pies en vilo, la vista en los pies, esquiva la vista. Empieza por los calcetines. Piensa, aunque no está del todo seguro, en que irán a la gasolinera juntos: ella y él. Y que ella, por todo lo ocurrido, le debe cosas.
    ..........A dos o tres metros, recortado contra la luz que viene de la casa, el rubio les apunta con el teléfono móvil. Lo hace sin ninguna intención de pasar desapercibido. Lo hace como si haciendo eso participara de la conversación.
    ..........El chico moreno levanta la vista. No ve nada. Una silueta.
    ..........—¡Deja de hacer fotos de una puta vez!
    ..........Ella no interviene, mira la hierba. O la parte baja de su pierna. O la parte baja de su pierna y la hierba húmeda junto al bordillo. O el contorno de su tibia, por donde se está pasando ahora la mano.
    ..........El rubio, como si no escuchara, como si nadie le hubiese dicho nada, le apunta con el móvil a ella, incluso se agacha para enfocar. Pero le habla a él.
    ..........—No es una foto, subnormal —dice—. Es un vídeo.
    ..........Y enseguida:
    ..........—¿Tu teléfono hace vídeos?
    ..........Y enseguida:
    ..........—Di.
    ..........Y enseguida ríe.
    ..........El otro no dice nada. A veces es mejor callar, meterse solo en el hoyo. Desensillar hasta que escampe. O hacer cosas que no necesiten de la voz, que reemplacen a las palabras. Terminar de colocarse los calcetines, por ejemplo, y que ellos absorban la humedad de los pies, de los dedos con los que rozó el tobillo izquierdo de ella, no hace tanto rato, bajo el agua inútil de la piscina.
    ..........—No os peleéis.
    ..........—Éste, que va de listo.
    ..........—Venga, vamos.
    ..........Caminan, los tres, en dirección a la galería. El rubio unos metros por delante, la cabeza gacha, mirando su teléfono móvil.
    ..........La penumbra empieza a abandonarlos a medida que se aproximan a la casa y el chico moreno piensa en que no debió enseñar el vídeo, en que No debí hacerlo porque este cabrón podría chivarse cualquier día, podría, piensa mientras camina junto a ella, contárselo a ella. Eso le preocupa. Y piensa en amenazarlo con aquello de los catorce sapos torturados hasta la muerte. Pero sabe que son cosas muy diferentes. Que no cundiría. Y piensa, otra vez, que será mejor no decir nada.
    ..........Y mientras caminan hacia la luz, en el momento en que deja de pensar en chantajes improductivos y ve la melena de su hermano en medio de la mesa que improvisaron los adultos para la cena, siente, como se siente lo que no es real, como se siente lo que sucede en los sueños y no en la vigilia, siente, que ella le roza, muy a posta, la mano. Y sin que el roce se acabe, mientras caminan y nadie puede ver ese detalle, ella se anima un poco más y aprieta y sostiene y hasta tironea de su dedo meñique. ¿Se miran? Se miran fugazmente. Y él, sin terminar de entender si aquello se lo está imaginando, si aquello no es una acción más propia del sueño que de la vigilia, cuando la luz ya es parte de ellos, deja, así, de sentir nada.
    ..........Llegan a la galería de la casa donde todos los hombres, los cuatro padres y el hermano recién llegado, fuman y beben y conversan dando, de vez en cuando, voces. Sobre la mesa que improvisaron para la cena, sobre el mantel desechable y el lamparón rojo, sobresalen media docena de botellas, pocas sin acabar. Y un par de latas de cerveza. Algunos vasos, algunas manos, algunas copas de los que ya no están. Un cazo de acero inoxidable donde deberían estar las piedras de hielo, y en donde sólo hay una cuarta de agua.
    ..........El chico moreno se para al lado de su hermano. No habla. Ve el vaso de cerveza y el aro de la espuma, ve el cenicero, el brazo y entre los dedos de su hermano, un cigarrillo recién encendido. No habla, espera. El hermano del chico moreno tiene siete años más que él. Es, también, moreno. Y veterinario, como su padre. De hecho, trabajan juntos en un barrio céntrico de la ciudad. Un local pequeño y concurrido donde atienden generalmente mascotas, generalmente perros y gatos o reptiles o algún pájaro. A veces operan. A veces los animales mueren. A veces, al enterarse de la noticia, sus amos lloran. Hoy temprano, el hermano del chico moreno tuvo que ir al local para operar de urgencia a un ovejero alemán que no salió vivo del quirofanillo. A la dueña del perro, el hermano del chico moreno le dijo que había tenido un paro cardíaco, que lo sentía. La mujer lloró. Un paro cardíaco, dice ahora en medio de la mesa, con algo de guasa, como si existiera alguna muerte —cualquiera de todas las posibles— en donde el corazón, de pronto, no se parara. Su padre hace un gesto de reprobación. La clínica veterinaria funciona desde mucho tiempo antes de que el hermano del chico moreno se graduara.
    ..........—Hombre. Qué pasa —dice.
    ..........—Dame las llaves.
    ..........El hermano del chico moreno le da las llaves del coche y también dinero. Un billete de veinte y otro de diez. Tiene una camisa de mangas cortas desabrochada por completo, y en medio del pecho se ve una inscripción en inglés. Los billetes los ha sacado del bolsillo delantero de la camisa. La camisa —o probablemente él— huele a tabaco.
    ..........—Échale gasolina —dice—. Que luego me chillas.
    ..........El padre de ellos, que tiene una veterinaria desde antes de que naciera el chico moreno, le recuerda absurdamente el trayecto para llegar a la gasolinera. Bebe whisky en una tumbona y sus palabras brotan como si no salieran de la boca. Toda la acción acentúa el enfado del chico moreno, un enfado que arrastra desde que se quedó solo en el bordillo de la piscina. Ve salir de la casa a la madre de ella. La mujer lo mira, de pronto, a los ojos. También por eso se marcha. Y ya no presta atención a lo que le dicen desde la galería.
    ..........—Una bolsa grande.
    ..........—O mejor dos. Grandes, sí.
    ..........—Paga ella.
    ..........Oye lo de las bolsas. Reconoce la voz de su padre, la de otro adulto y, por último, la del padre de la chica morena señalando, un poco en broma, a la esposa como culpable de la falta de hielo.
    ..........La madre de la chica morena no pagará el hielo —ni le ha hecho gracia que su marido la señalara así, aunque fuese en broma, delante de los otros—. Pero hará una cosa mucho más importante dentro de un rato. Algo que, desde luego, nadie, ni siquiera ella, podría imaginar en este momento.
    ..........El chico moreno oye lo de las bolsas. Después oye risas. Y después habla entre dientes.
    ..........—Que os den, cabrones.
    ..........Rodea la casa. Los coches están aparcados más allá de los cerezos y más allá del claro brevemente iluminado por varias farolas. La chica morena, con algo de disimulo, lo sigue. Él sabe que lo sigue. Lo que no sabe, porque ya ha bordeado la casa y no está en sus planes mirar hacia atrás, es que la madre del rubio también lo sigue. A él, que ahora cruza los cerezos a paso lento. Y a ella, que lo ve a él cruzar, por entre los cerezos, a paso lento.
    ..........Puede que haya sido la noche.
    ..........El verano. El ejército de hormigas que terminarán suicidándose.
    ..........Los sapos bajo el yugo de los cuarenta kilos del tiesto.
    ..........O colgados, con la lengua y las babas.
    ..........Con la lengua y esas babas que ya son asideros de la muerte.
    ..........La gasolinera está a la salida del pueblo, a un kilómetro del cruce. Su padre, que estaba bebiendo whisky echado hacia atrás en una tumbona, se lo recordó. Levantó el brazo para decirle que fuera recto por el camino de tierra, y que ni bien saliera a la carretera, tirara hacia la izquierda, como si regresara a la ciudad en donde él tiene la veterinaria, y en donde todos ellos viven el resto del año. Y que estaba chupado, también dijo desde la tumbona. Y eso él lo sabía perfectamente. No fue más que una ridiculez por parte de su padre que Me sigue tratando, piensa, como a un puñetero crío.
    ..........Era, en cualquier caso, un itinerario corto, fácil. Cuarto de hora, tal vez un poco más. El chico moreno no lo tiene ni que repasar. Y no sabe por qué ahora, mientras cruza por entre los cerezos con el convencimiento de que ella lo está siguiendo, un olor extraño y repentino le recuerda vilmente a su compañera de curso. Borra eso, anda, le había dicho sin mucha convicción. Y él le había mentido, le había dicho que sí: Luego, le había dicho. Y ahora no sabe por qué su cerebro asocia ese olor que sale de la hierba con ella, que es de fuera y no vive con sus padres sino en un piso de estudiantes. Antes del verano, cuando acababa el curso, ella le había dicho Te quiero. Y él le había respondido, malamente, con evasivas. Cree que es poca cosa y que es, en general, fea: que No tiene tetas ni tiene culo ni tiene nada. Pero folla, piensa. Y vive con otras tías que también follan, piensa. Te quiero, le había dicho ella la última vez que se vieron, unos días antes de que acabara el curso. Y se lo había dicho como si supiera que no volvería a acostarse con él. Como si el verano fuera una bisagra insoslayable. Y en verdad, a esas edades, lo es. Pero el chico moreno ignora —o le da igual— ese dato. Y ahora sólo recuerda la voz de su compañera de curso diciendo Te quiero como quien se despide. Y habrá pensado, piensa el chico moreno, No volveré a hacer el amor con él. Con él, que fue el primero y en ese momento y todavía, el único. Y ahora, al cruzar el claro, este olor ácido de la hierba mojada le trae su recuerdo. Como si la noche o el verano o todo el valle y los abedules escondidos en el fondo insistieran, mucho, en aquella sensación de que no volvería nunca más a acostarse con ella.
    ..........El claro se termina. Hay farolas, bichos voladores entorno a ellas. Habla a nadie.
    ..........—Que os den a todos —dice.
    ..........Y lo medio repite cuando llega al coche. A su pequeño coche de tres puertas que su hermano ha utilizado esta tarde para ir a la ciudad, donde operó de urgencias a un ovejero alemán que, en algún momento de la operación, sufrió un paro cardíaco.
    ..........Pero no irá solo hasta la gasolinera.
    ..........La luz de cortesía deja ver, sobre el asiento del acompañante, una carpeta con el logo de la veterinaria. Dentro hay papeles, algunos sobresalen. Algo que dejó allí su hermano. Algo que a él no le interesa porque no le interesan la veterinaria ni el local ni la carrera ni la vida que llevan los veterinarios, piensa, Con sus animalillos pedorros y sus clientes todos insoportables. No se monta sino que mete el cuerpo para coger la carpeta y, sin salirse, la tira en el asiento de atrás. El interior del coche también huele a tabaco.
    ..........Fuera, la chica morena acaba su persecución encubierta.
    ..........—¿Te has enfadado?
    ..........—Qué va.
    ..........—Voy contigo —dice.
    ..........Ella no lo sabe. Ni él, ahora que la ve ahí de pie, quieta, con las piernas desnudas bajo el pantalón corto que sigue siendo suave y apretado.
    ..........Lo sabe la noche, sí. El cielo azul oscuro que cubre el valle.
    ..........La parcela está anclada al pie de la sierra, cerca de un pantano, aislada de casi todo. Aislada incluso del pueblo al que pertenece. Un pueblo que ni siquiera es pueblo sino pedanía. Una pedanía próxima a desaparecer, en donde viven un puñado de viejos que sólo esperan ansiosos al día jueves, que es el día que llega el médico y se abre el ambulatorio. Y aunque los hijos de los viejos, en verano, casi por compromiso, se presentan en la pedanía, la parcela está en medio de la nada. La conecta con la carretera un angosto camino de tierra. El camino de tierra en donde la chica morena, ayer, a la hora de la siesta, aprendió a conducir. Pero la carretera es, apenas, una carretera secundaria, escasamente transitada. Por eso el chico moreno piensa que de ir solos, tal vez después de comprar el hielo, podrían quedarse un rato allí, escuchando música en medio de toda esa nada.
    ..........Vale, piensa el chico moreno. Y piensa, enseguida, en darle una sorpresa. Algo que vuelva a conectarlos. Un motivo, un regalo. Sí, un regalo, piensa.
    ..........Ya lo tiene.
    Pero no han subido al coche cuando ven, los dos, venir a la madre de ella. Viene cruzando la hierba, el claro donde las farolas y los bichos que dan vueltas incansablemente. Viene hablando. Hablando con su hijo que es rubio y alto y de ojos muy azules, como el padre.
    ..........Se acercan al coche.
    ..........—No hace falta que vayáis.
    ..........La chica morena se mira los dedos de los pies.
    ..........—Sí, madre. Iremos —dice.
    ..........—Pues entonces id los tres. Venga.
    ..........Y le da un ligero empujoncito a su hijo. Y después de eso, como un secreto, le dice algo a su hija. La chica morena asiente: no se trata, en definitiva, de ningún secreto. Y después, mientras el rubio sube el primero, atrás, y la chica morena baja el asiento y se monta y cierra la puerta y los tres, entonces, quedan dentro del coche, se acerca al costado del conductor y habla con los codos apoyados en la ventanilla.
    ..........—Si no tienen hielo allí, nada. Os volvéis —dice—. No vayáis al pueblo ni a ningún otro sitio, ¿vale? Que no son horas.
    ..........Habla con un lejano acento extranjero, un deje que sólo se le nota en la entonación de algunas palabras, en el final de ciertas expresiones. Lleva mucho tiempo en este país, más de media vida. Y sin embargo, no se ha podido quitar del todo esa resonancia, ese eco, y esa imagen acústica que la señala como forastera y que de algún modo la distancia de los demás. Aunque lleve más de treinta años aquí. Aunque su esposo sea de aquí y lleve con él poco menos que esos mismos treinta años. Aunque sus hijos hablen, naturalmente, sin acento, y sus amigas y los vecinos y los compañeros de trabajo también, y la televisión y los locutores de radio y las películas que ve en el cine también. No ha podido y tal vez nunca pueda del todo. Ella lo sabe. Sabe lo que todos los extranjeros van comprendiendo con el paso inevitable del tiempo. No hay, a la fecha, ninguna posibilidad de borrar el pasado.
    ..........—Ya sabéis que, si por mí fuese, a estos garrulos les ponía agua del grifo —dice.
    ..........Y fuerza una sonrisa. Y se queda parada o retrocede unos pasos por la explanada, sin dejar de ver las cabecitas más allá del parabrisas, y entonces sí se queda completamente quieta, como ausente.
    ..........El chico moreno enciende el motor de su pequeño coche de tres puertas. Se oyen, de pronto, violines. Enciende las luces bajas, aprieta uno de los pedales, luego el otro. Luego baja el volumen, los violines y la voz del cantante se apaciguan. Toda la hierba de delante se ilumina y la mujer, que sigue, para ellos, quieta, se hace visera con una mano. El chico moreno la observa por última vez mientras da marcha atrás con el coche. Después tuerce y avanza pensando en si la hija, la chica morena cuyas piernas desnudas tiene ahí, inmediatamente después de la palanca de cambios, será así de atractiva cuando tenga su edad.
    ..........Cruzan los límites de la parcela. Ninguno de los tres dice nada. Sigue oyéndose la música grabada en directo que empezó a sonar ni bien se puso en marcha el motor. Ellos no lo saben pero escuchan la versión unplugged de «The kill», de 30 Seconds to Mars. Y otra vez violines, el ritmo continuo los envuelve, les transmite una inexplicable sensación de sosiego, aun cuando el cantante levanta la voz. Es un cd que dejó puesto el hermano del chico moreno, que habrá venido escuchando hasta no hace tanto rato, en medio de esta misma noche, viniendo desde la ciudad.
    ..........El camino de tierra es eso ocre que se ve debajo de los focos del coche. Eso que parece meterse debajo de ellos. Eso que los tres, ahora, observan sin demasiado interés. Algo anodino, constante, denso. La chica morena estira el brazo y le da al botón del volumen.
    ..........—Mola —dice.
    ..........Y acompaña con un tarareo, con una vocecita tenue, la letra en inglés. Y lo mira al él, otra vez su perfil. Y tararea más fuerte. Hasta que él también la mira y sin que transcurra apenas el tiempo, frena el coche.
    ..........—Qué ha pasado.
    ..........El chico moreno abre la puerta. Sale.
    ..........—Llévalo tú.
    ..........Ella, sorprendida, duda. Tal vez sonríe. Y sale.
    ..........El rubio, atrás, asomado en medio de los asientos delanteros, los ve pasar por delante del morro, ve las cinturas contra la luz de los focos. Intuye risas, y una complicidad que lo perturba. Incluso ahora que su hermana está al volante, que se engancha el cinturón de seguridad de un modo mecánico, que ajusta el asiento, el espejo retrovisor. Intuye complicidades que lo perturban.
    ..........—De qué vais —dice.
    ..........Nadie responde.
    ..........—Que no tiene carné, coño.
    ..........—Te callas.
    ..........—Pero sabe conducir. Verás.
    ..........Los tres, entonces, se van hacia adelante porque el coche, al primer intento, da una sacudida y se cala. La música que deja de oírse. O las luces que se apagan. Y todo eso que está ahí, que no se ve, que es el valle. Los abedules agrupados, ciegos, todavía lejos, a la derecha del camino. El chico moreno, con la mano en el salpicadero y el cuerpo cerca del salpicadero y el culo en el borde del asiento, mirándola a ella, ríe.
    ..........—Espera —dice—. Quita la marcha.
    ..........Ella también ríe. Pero su atención está en otro sitio.
    ..........El rubio se echa hacia atrás. Piensa. Piensa en decirle a su hermana que el chico moreno tiene novia. O mejor no, piensa. Mejor decirle que se anda tirando a otras tías, que él lo sabe, que se lo contó, chuleando, el otro. Está decidido a hacerlo, pero no ahora. Después, piensa. Sí, después. Y que se jodan, piensa. Coloca el móvil en función vídeo, apunta hacia adelante, y sin despegar la espalda del asiento, empieza a grabar.
    ..........Con el ruido del motor, vuelve a sonar el unplugged y los focos a enseñar la tierra seca y ocre del camino. La chica morena comenta algo de la noche, de la oscuridad y de la visión. Y de las diferencias. Las manos como garras en el volante, la mirada fija hasta donde le dejan ver los focos. Consigue, así, que el coche avance. Sabe que es cuestión de ir tranquila, que todo pasa por sincronizar el movimiento de los pedales. No es una autovía ni es la ciudad, no hay desarrollo ni interacción: es ella y el camino de tierra. Y la nada. Va en segunda, lentamente. Desde la parcela hasta el cruce con la carretera hay poco más de un kilómetro.
    ..........—¿Es tuyo el cd?
    ..........—De mi hermano.
    ..........—Mola —dice.
    ..........—Tengo otros en la guantera.
    ..........Ella no dice nada. Van a ser las doce de la noche. Si fuese de día, después de la curva a la que están a punto de entrar, podrían ver la carretera en el fondo del camino, podrían ver la elevación que hay antes de la carretera. Y algún vehículo que pasara en cualquier dirección.
    ..........Pero no van a ver nada hasta que lleguen al cruce. Hasta que el coche se incline para trepar la pendiente y aparezca, inmediatamente, el asfalto de la carretera.
    ..........Desde atrás, en medio del asiento, el rubio graba cómo su hermana está conduciendo sin carné y siendo menor de edad. Ahora sabe que se lo enseñará a su madre, incluso a su padre, cuando necesite hacerlo. O no se lo enseñará a nadie y lo bajará al ordenador. Y allí se quedará como elemento de persuasión constante hacia ella.
    ..........Eso hará.
    ..........Después, en el futuro que ocurrirá dentro de un par de minutos, cuando su hermana no consiga subir la pendiente a la primera y el coche vuelva a calarse y ellos vuelvan a reír, se dará cuenta de que el vídeo también le vale para extorsionar al otro. Para putearlo bien puteado, pensará dentro de un par de minutos. Se dará cuenta de la irresponsabilidad del otro, de que el coche está a su nombre y de que le podrían quitar puntos, tal vez muchos, o retirar el carné. Sí, eso mismo pensará el rubio en el futuro que está a punto de ocurrir.
    ..........La chica morena, que debajo de la camiseta blanca y el pantalón corto tiene el diminuto bikini de colorines, le pide al otro que vuelva a poner esa canción.
    ..........Y también dice.
    ..........—Oye, ¿compramos unos helados?
    ..........—Pues no sé yo si tendrán… ¿Conoces la gasolinera?
    ..........—No.
    ..........—Yo sí.
    ..........—Es lo más cutre que he visto en mi vida. No sé ni cómo existe.
    ..........Y abre la guantera para sacar el estuche con los cds pero la chica morena lleva el coche en segunda, no ha vuelto a tocar la marcha y tampoco lo hace ahora, cuando ya puede verse, a unos cien metros, la pendiente al final del camino de tierra. No es muy pronunciada pero sí lo suficiente como para que el pequeño coche de tres puertas, viniendo en segunda y casi sin revoluciones, no llegue al borde de la carretera. Por eso el chico moreno decide no sacar el estuche de la guantera.
    ..........—Espera, espera —dice.
    ..........Pero ella sube. Así como venía. Y en mitad de la pendiente comprende que algo va mal, que el coche pierde fuerza y que no le vale de nada acelerar. Y cuando la carretera ya está a la vista, el coche se cala, se sacude, y empieza a retroceder inevitablemente.
    ..........A caer, empieza.
    ..........Caen con las luces apagadas, sin música, y con esa sensación cruel de no poder controlar nada. Durante esos segundos de caída libre, sus rostros juveniles cobran la textura que tienen las piedras. El chico moreno, en un destello de lucidez, da un manotazo certero al freno de mano y el coche, algo descuadrado, se detiene por fin al pie de la pendiente.
    ..........Ahora sí ríen con ganas. Los tres. En medio de la oscuridad. Ella con las manos sobre el volante y con el susto todavía en alguna parte de su cuerpo. El rubio ha dejado de grabar y se ha tumbado en el asiento para soltar carcajadas. No era la primera vez que el coche se calaba, pero sí iba a ser la última. Y por cierta razón difícil de explicar, esta vez, la última, los tres, después de reír, con las ventanillas bajadas, se quedaron en silencio contemplando la noche, la oscuridad casi absoluta, el cielo inmenso del valle, las estrellas que nunca se pueden ver en la ciudad.
    ..........Y fue como estar en una dimensión, en un espacio y en un tiempo, en el que no habían estado jamás.
    ..........Es, por lo pronto, medianoche.
    ..........La gasolinera donde venden hielo queda a un kilómetro de donde están ellos varados. Sólo es cuestión de salir a la carretera y tirar a la izquierda, como si fuesen para la ciudad en donde no se ven todas estas estrellas, y en donde viven el resto del año. No van a alcanzar a verla pero hay una señal a la salida de la gasolinera que pone, entre otros destinos más próximos, el nombre de la ciudad y la distancia que resta para llegar a ella.
    ..........Y hay otra señal, invisible, que tampoco van a ver.
    ..........Sí.
    ..........Fue la adolescencia.
    ..........Ni la noche ni el verano ni el hielo.
    ..........Ni los abedules, altísimos, que todo lo escrutan.
    ..........Nada más que ese manojo de años en donde casi cualquier cosa, siempre, es posible.
    ..........Con el coche apagado, el chico moreno saca, ahora sí, el estuche de la guantera. Mira el rostro de ella y nota, aún en la oscuridad, la mueca de una sonrisa.
    ..........—Vale. Déjame a mí.
    ..........—Sí, déjalo a él, joder. Que no te enteras.
    ..........Pero ella, porque es verano y porque las cosas son un poco mágicas para los adolescentes, se niega.
    ..........—¡No! ¡Quita! Tengo que aprender, coño.
    ..........Ríen. Aunque con menos vehemencia que antes.
    ..........—Vale. Enciende el coche.
    ..........—Vale.
    ..........—Tienes que subir en primera, ¿de acuerdo? Controlar la fuerza con este pedal.
    ..........Y su mano se posa sobre la pierna izquierda de la chica. Y allí se mantiene hasta que termina la explicación.
    ..........—Cuando acabe la pendiente, cuando veas que ya la tienes controlada, aprietas a fondo el embrague y frenas.
    ..........—Vale.
    ..........El rubio vuelve a poner su teléfono móvil a grabar. Piensa que ha tenido suerte con esta salida hasta la gasolinera porque tendrá material de sobra para hacer lo que le dé la gana con ellos. Enfoca a su hermana mirando la palanca de cambios, luego la superficie de la pendiente que aparece tras el parabrisas. Luego enfoca al chico moreno, que mira la pendiente y también mira el accionar de la chica: su rostro, su mano en la palanca de cambios, su rostro otra vez, la pendiente, su rostro. ..........El coche ruge pero no se mueve ni avanza hasta que ella suelta el dichoso embrague.
    ..........Entonces sí sube.
    ..........Sube como una flecha. Más que eso. Sube como si después de la pendiente no estuviera la carretera sino la inalcanzable eternidad.
    ..........Pero está la carretera.
    ..........Y el impulso es tan exagerado que el coche se planta de pronto en medio del asfalto y ella apenas tiene tiempo de virar hacia la izquierda, que era la dirección en la que tenían que ir y un dato que había memorizado antes de soltar el embrague.
    ..........Ni siquiera alcanza a frenar del todo.
    ..........Fue un segundo.
    ..........Un flash.
    ..........Siempre es un segundo y casi siempre es un flash.
    ..........Unas luces altas e imposibles que aparecen desde la derecha, como si hubiesen nacido dentro de los ojos de ellos tres, y no del frente ingobernable del camión. Un camión cargado de pollos. Un camión que venía de vaya uno a saber dónde.
    ..........Siempre es un bólido viniendo desde cualquier parte.
    ..........Siempre es un flash, un segundo, unas luces ingobernables.
    ..........El chico moreno, en el asiento del acompañante, suelto de cuerpo y con el estuche de los cds en el regazo, ve el fogonazo delante del hueco de su ventanilla abierta. Es el que lo ve más de cerca. El que se encandila primero. El primero, sí, como con la despreciada compañera de curso que le había dicho Te quiero. Puede que haga un último movimiento con las manos, un movimiento de ésos que ordena el cerebro de modo automático, un movimiento baldío, primario, algo así como cubrirse el rostro ante la sorpresa.
    ..........Después hay un ruido ensordecedor de neumáticos raspando contra el asfalto.
    ..........Y un estallido feroz. Continuado.
    ..........Y después, un largo instante en donde no hay nada.
    ..........Han pasado unos minutos desde la medianoche.
    ..........Ellos, ahora, no pueden saberlo, pero el camión, después del impacto, volcó. Y así, de lado, fue arrastrándose hasta que rompió el quitamiedos y se encajó en el fondo de la cuneta.
    ..........La carretera se llenó de cosas. Y de trozos de cosas.
    ..........De plumas, de jaulas rotas, de sangre.
    ..........El coche, pequeño y de segunda mano, con escasas medidas de seguridad y en donde sólo la chica morena llevaba el cinturón puesto, tras recibir el golpe de lleno en su flanco derecho, dio más de media docena de vueltas completas por encima de la carretera, a veces despegándose de ella. Y saltó, en la última vuelta, el guardarraíl. O al menos no lo tocó. En cada una de esas vueltas completas que dio el pequeño coche de tres puertas, y a medida que se alejaba del cruce, fue despidiendo más cosas. Como si las escupiera. Muchas desde dentro. Por alguna razón relacionada con el azar, después de dar todas esas vueltas y de escupir todas esas cosas, quedó con las ruedas sobre la hierba, con el morro encajado en la misma cuneta que el camión de pollos, a casi doscientos metros del cruce.
    ..........No fue la noche.
    ..........Ni el verano ni el hielo.
    ..........O tal vez haya sido todo.


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