Subsuelo

(episodio I: The kill - edición original)

 

No fue la noche.
..........Ni el verano ni el hielo.
..........Ni los altos árboles que todo lo ven.
..........No. No fue nada de eso.
..........Bajo el cielo azul oscuro del valle, las cosas son un poco mágicas para los que vienen de la ciudad.
..........O tal vez haya sido todo.
..........La noche, el verano, la magia que siempre oculta un descuido, y la chica morena con su bikini de colorines debajo de una camiseta blanca, de un pantalón tan corto y apretado y suave.
..........Así.
..........Están los tres sentados en el bordillo de la piscina, de espaldas a la casa. Se han quitado el calzado para que sus piernas cuelguen dentro del agua y que el agua, fresca a esas horas de la noche, les cubra las pantorrillas. Llevan allí un buen rato, desde que acabaron de cenar, cuando los padres comenzaron a dispersarse: los cuatro hombres a beber, las mujeres a veces cerca y el resto del tiempo puede que no importe.
..........Es probable que fuera la noche —o el verano en el valle— lo que los llevó a los tres hasta la piscina. Lo que los llevó a alejarse de los adultos que siempre ponen pegas a casi todo lo que ellos desean.
..........Alejarse, aislarse, descuidarse.
..........Quitarse el calzado, sentarse en el bordillo, de espaldas a la casa, meter las piernas en el agua, moverlas de vez en cuando. Y no decir apenas nada. Quedarse así, los tres. En la parte honda de la piscina.
..........Así: en aquella penumbra sólo rota por la luz que viene de la galería donde los padres, y también las madres, montaron la mesa con un par de burrillas y una tabla de dos metros. Tal vez más. Y el mantel de papel, de esos desechables, manchado por la copa de vino que alguien, durante la cena, volcó sin querer.
..........Es probable que haya sido la noche. Un cielo azul oscuro. Mágico.
..........Están los tres sentados allí, en el bordillo. Casi no hablan. La chica morena en medio, con el pelo recogido en una coleta, con los brazos tensos y la mirada y el pensamiento quién sabe dónde. El chico que está a su derecha es rubio y tiene exactamente la misma edad que ella, hace algo con el teléfono móvil, un aparato de última generación del que parece no poder ni querer escapar. El otro, arrimado a la izquierda de la chica morena, es tres años mayor, ya cursa segundo de carrera, tiene carné de conducir y sus padres le han comprado un coche para que vaya al campus de la universidad. Casi no hablan. Los tres. Es como si estuvieran esperando que algo importante fuese a ocurrir. Algo que bien podría salir del agua, de la hierba, o aparecer de entre la arboleda que tienen en el fondo de la vista, más allá de los límites de la parcela, más allá del camino de tierra, que es angosto, que para un lado conduce hacia la carretera y para el otro hacia el corazón del valle y del pantano.
..........Están los tres allí, sentados en el bordillo, del lado profundo de la piscina, donde el agua está más fría y el celeste de los azulejos no es celeste sino invisiblemente hosco.
..........Ellos no lo saben, pero en efecto algo muy importante en sus vidas está a punto de ocurrir. Y en las de sus padres, por supuesto, también.
..........El agua fresca.
..........El agua fresca hasta las pantorrillas.
..........Y la penumbra.
..........Y el bosque de abedules en el fondo de la penumbra.
..........Entonces la chica morena le clava la mirada al otro. Es una acción espontánea, un giro eléctrico del cuello.
..........Un flash.
..........Por tercera vez, debajo del agua, ha notado que él le roza el tobillo con la punta de los dedos. Se conocen desde hace ocho años pero sólo se ven en verano, en la parcela del valle, cuando los adultos se juntan y ellos, por lo tanto, también se juntan. Y aunque viven en la misma ciudad, nunca pasó nada entre ellos porque hasta el año pasado eran unos críos. Sobre todo ella, que recién acaba de cumplir los dieciséis. Pero él, ayer mismo, a la hora de la siesta, le enseñó a conducir. Y ni ellos ni sus padres —ni nadie— imaginan que ese suceso trivial comenzó a cambiarlo todo.
..........Y ella le clava la mirada como si quisiera decir Qué haces.
..........Como sí se lo dijo ayer, a la hora de la siesta, dentro del coche y tan alejados de los límites de la parcela. Sí, ayer le dijo Qué haces. Y enseguida le dijo que no. No, no, le dijo, ayer, dentro del coche.
..........Y ahora la chica morena, sentada en medio de los dos, habla.
..........—Cuando llegamos —dice—, el agua estaba verde y había mogollón de sapos. Qué asco los sapos.
..........—Y hormigas por todos lados. Putas hormigas.
..........El otro no dice nada.
..........Están de espaldas al murmullo que viene desde la casa. A las voces de los adultos que hablan de tipos de interés y de cuestiones aun más aburridas para ellos. La chica señala el comienzo de la hierba y dice que su hermano se cargó varios, que ella misma vio cómo los perseguía con un palo, y que al otro día encontró a dos sapos muertos en aquellos arbustos. Cuando dice arbustos estira el brazo en dirección a la noche.
..........Ríen los tres. Ella menos.
..........Y el rubio menos que ella:
..........—Estás como una cabra, tía —dice.
..........La chica vuelve a mover las piernas bajo el agua. Nadie, ni siquiera ella, podría saber si en verdad ansía otro roce en su tobillo. Que la toque, nuevamente, el chico tres años mayor, que también es moreno, como ella, aunque su piel no sea tan blanca, ni su sonrisa tan nítida.
..........—Qué bichos más asquerosos los sapos —dice.
..........Y mueve las piernas bajo el agua fresca de la piscina.
..........Y la superficie del agua fresca de la piscina también se mueve.
..........Y el rubio, de pronto, levanta la voz.
..........—Eh, mirad.
..........Y se coloca un poco de lado.
..........Sin mucho entusiasmo, miran hacía allí. El chico moreno hace una mueca con la lengua. Su cabeza, es decir su cara y su lengua y su modo de fruncir el rostro, aparece detrás de la cabeza de la chica.
..........Ella, la chica, que debajo de la camiseta blanca y del pantalón suave y corto lleva un diminuto bikini de colorines, siente la proximidad, el calor, el contacto directo del chico tres años mayor. Y experimenta, en ese sentir, con ese calor, una curiosa sensación a la altura de la tripa. El rubio, en ese momento, se exaspera.
..........—No sale, joder —dice.
..........—Es por la luz.
..........No fue el calor lo que los llevó hasta el bordillo de la piscina. Ni la noche en el valle. Ni el verano. Ni las hormigas que en verdad tienen prácticamente tomada la parcela desde tiempos inmemoriales. Acaso haya sido la adolescencia, las ganas incontenibles de algo que no saben muy bien qué es.
..........—¿Hace vídeos? —dice.
..........—Sí.
..........—A que tienes uno de cuando te cargaste a los sapos.
..........—Yo no me he cargado a ningún sapo, gilipollas. De qué vas.
..........El bañador del chico rubio le cubre las rodillas. Es alto y muy delgado y al decir gilipollas se le descontrola levemente el timbre de la voz. Desde las bocamangas amplias asoman unas patitas como de gacela, pero lampiñas y por poco transparentes. El bañador es azul. También sus ojos son azules. Y también los de su padre, que además es rubio y alto, como él.
..........—Los matan los lobos —dice.
..........Y se gira. Intenta aprovechar la luz de la galería. Función vídeo. Toca la pantalla del teléfono móvil, espera unos segundos. Stop. Después se vuelve y lo reproduce. Entonces comprueba que los vídeos se pueden hacer con menos luz que las fotos.
..........—¿Qué lobos? Aquí no hay lobos.
..........—Sí los hay. Tú no sabes nada.
..........La chica no le contesta. Quita los pies del agua. Se pone de pie. Descalza sobre la hierba.
..........—Voy al servicio —dice.
..........—Vale.
..........Después de asentir, el chico moreno la ve marcharse. El vale le ha salido condescendiente, tal vez demasiado condescendiente. Tal vez se avergüence un poco, ahora, de esa excesiva condescendencia. Le sigue los pasos un instante, mirándola por encima del hombro. La figura dibujada contra el resplandor de la casa. Le mira las piernas, todas desnudas, avanzando hacia la luz.
..........Y se queda pensando, con las manos apoyadas en el bordillo de la piscina, los brazos trabados a un costado del cuerpo. Y mueve las piernas bajo el agua. Y levanta la cabeza. Allí en el fondo están los abedules, muy amontonados, expectantes, mezclados con lo oscuro de la noche. El agua de la piscina, que de día brilla como brillan los diamantes, ahora, en la penumbra, sin las piernas de ella, podría pensar, carece de sentido.
..........—¿Tienes fotos de tías en bolas?
..........El rubio deja de mirar la pantalla del teléfono y se ríe. Es una risa corta, nerviosa, parecida, aunque bastante menos nerviosa, a la que soltará dentro de unos minutos.
..........—Pues no.
..........—Pues vaya mierda.
..........Dice mierda y mira cómo el agua le cubre las pantorrillas. Y piensa en las pantorrillas de ella. Y en qué coño hace allí si ella no está. Y se le ocurre una idea vaga: ir hasta la casa. Pasar por la galería, por delante de los padres que siempre, piensa, están hablando de chorradas y no se enteran de nada. Buscarla, se le ocurre. Ir a por ella. Encontrarla dentro. En el pasillo por donde se va al servicio. Pero enseguida lo descarta. Recuerda que ayer mismo, cuando su coche estaba en la parcela, cuando su hermano mayor aún no se lo había llevado a la ciudad Porque claro, piensa, el de él gasta lo que no está escrito, y el de mi padre más, y entonces tiran del mío, que será cutre y de segunda mano pero consume la mitad de gasolina, no te jode. Recuerda que ayer mismo, a la hora de la siesta, con la tontería, dejó que ella se pusiera al volante. Dejó que ella se pusiera al volante y condujera. Que condujera su coche. Ella dijo que le hacía ilusión, que lo primero que haría, cuando cumpliera los dieciocho, sería sacarse el carné. Estábamos tomando el sol cuando me lo dijo: ella tumbada boca abajo, yo tumbado boca abajo. Hablaban, con la cabeza de lado y los ojos cerrados. La chica morena tenía apoyada la mejilla sobre sus antebrazos, de modo que todo el costado de su cuerpo quedaba expuesto. Los ojos cerrados, él no siempre. Y la parte de arriba de su bikini de colorines sin alcanzar a cubrir tanto como ella hubiera querido. Sí, piensa el chico moreno, tomábamos el sol tumbados en la hierba y me lo dijo. Yo le hablaba de la uni, de lo guay que es ir al campus en coche y ella me soltó que le hacía ilusión aprender a conducir, que de ese modo llegaría a la academia sabiendo, que no la suspenderían, y que se lo sacaría a la primera. Eso recuerda que le dijo ella, todavía tumbada boca abajo en la hierba, los ojos siempre cerrados, los brazos hacia arriba, media areola increíblemente fuera del bikini sin que ella, claro está, lo supiera. Y él, con la vista fija en ese trocito de piel quizás rosado, le dijo que podían practicar con su coche. Aquí mismo, recuerda que le dijo, Que no hay ni dios. Entonces ella se incorporó como si le hubiese picado un insecto, tal vez una hormiga, una hormiga negra de esas que están por todos lados. Vamos ahora, venga. Sí, venga. Y fueron. Sacó el coche de la parcela y lo plantó en medio del camino de tierra, en dirección al pantano. Ella le dijo que la esperara allí, que iría andando. Cuando la vi llegar tenía puesta una camiseta, recuerda. Y también recuerda que antes de salir del coche para que ella se montara en el asiento del conductor, cuando la tuvo de pie delante de la ventanilla, de pie y quieta y esperando, le miró erróneamente el pubis, el bikini apretado entre las piernas. Y recuerda que se arrepintió de hacerlo, porque ella se dio cuenta. Entonces apuró la salida. Y mientras salía y ella se montaba y él bordeaba, avergonzado, el morro del coche, quiso, recuerda, hacer un hoyo, meterse dentro y salir al año siguiente.
..........Hacer un hoyo profundo. O que lo haga otra persona.
..........Ahora el rubio abre los brazos y camina haciendo equilibrio por el bordillo de la piscina. Como si estuviese solo. Es alto, un poco más que el chico moreno.
..........—Entonces…, fotos de tías en pelotas nada, ¿verdad?
..........Con los brazos en cruz y mirando hacia abajo, yendo por el bordillo opuesto, el rubio tarda en responder.
..........—Ya te he dicho que no —dice.
..........—Mira, ven. Te enseñaré algo.
..........El chico moreno no lleva bañador. Está vestido para la cena, como lo han hecho los adultos. Polo y bermudas de lino. Y, hasta que se las quita para meter los pies en el agua, zapatillas con calcetines de esos que no llegan a cubrir los tobillos. Y lleva perfume. El rubio, con sus ojitos azules, ahora que se sienta junto al otro, huele ese aroma particular. Lo huele por primera vez. Lo huele mientras el chico mayor saca su móvil del bolsillo de las bermudas.
..........—Que sepas que no lo he bajado de internet, ¿vale?
..........Y lo huele más ahora que empieza a ver el vídeo que aparece en la pantalla.
..........—Mira, mira.
..........Oye el sonido rasposo y continuo de cuando no hay voces sino apenas aire entrando y saliendo de una nariz. Los ojos azules del rubio se quedan, sin que él se dé cuenta, algo estáticos. Y la risa nerviosa vuelve a escapársele del cuerpo.
..........—Qué. ¿Mola?
..........Quién sabe si fue por el perfume, por las voces que ahora vienen con mayor nitidez desde la casa, o por la cara de la chavala que aparecía, en un plano más o menos cenital, moviéndose torpemente con todo eso dentro de la boca.
..........—A que sí.
..........No era el olor dulce del perfume. Ni las voces de los adultos, de pronto, viniendo desde la galería. Y tampoco que nunca haya visto una acción similar porque sí que las ha visto en el ordenador. Pero esto lo intuye diferente. Era la primera vez que veía algo así con otra persona. Que sepas que no me lo he bajado de internet, piensa el rubio cuando el vídeo se interrumpe abruptamente.
..........—Sí, mola —dice.
..........—Ahora déjame ver los tuyos. Seguro que tienes algo.
..........—Pues no. No tengo —dice.
..........Y se aparta. Y se pone de pie. Y hace como que no vio nada, o como si lo que vio no fuese algo que le haya interesado demasiado. Y vuelve a abstraerse haciendo equilibrio por el bordillo, con los brazos abiertos, erguido.
..........—Pero me podrías pasar ése por bluetooth —dice.
..........Y dice:
..........—Así ya tendré algo.
..........—Ni de coña. Esto de aquí no sale. ¿Estás tonto o qué?
..........Si después de decir eso, el chico moreno se girara, si volviera a mirar hacia la casa, vería a su hermano de pie, todavía saludando, en medio de la galería. Llegó mientras él enseñaba el vídeo. Si se girara y mirara hacia la casa, no sólo comprendería que su coche está de vuelta allí, a su disposición, que su hermano ha regresado de la ciudad, sino que también vería a la chica morena fuera de la galería, a un costado de la farola, hablando con la madre.
..........La madre de la chica morena, y el padre, aquel rubio y alto que ahora bebe de pie, son, además de padres, los dueños de la casa. De esa piscina y de esa agua que bajo la penumbra de la noche no parece agua sino cualquier otra cosa.
..........Se oyen voces que vienen desde la galería. Pero no le apetece girarse sino todo lo contrario: hacer como que no le importa lo que ocurre en la casa. Tiene la secreta esperanza de que la chica morena volverá al bordillo de la piscina, de que volverá y se descalzará y se sentará junto a él. De que podrá rozarle, otra vez, el tobillo con los dedos del pie, y de que ella dejará que él lo haga.
..........Y también tiene esperanzas de que el rubio tarde o temprano se marche. Aunque eso podría darle igual.
..........Pero el rubio, que estaba haciendo equilibrio por el bordillo paralelo, se detiene frente a él. Y se le pone de cara. Desafiante.
..........—Te digo algo —dice.
..........Están solos y los separa todo el ancho de la piscina: unos tres metros y medio. El agua fresca que ahora se muestra inmóvil. Tres metros y medio de agua fresca e inmóvil. El reflejo invisible de la noche flotando en esa aparente inmovilidad.
..........—Qué.
..........Es alto, y allí parado, recto en medio de la penumbra, parece como si formara parte del ejército de árboles que tiene detrás, de los abedules, también altos y de aspecto desgarbado, que se esconden en la sombra.
..........—Me he cargado catorce sapos desde que llegamos.
..........El chico moreno ríe.
..........—¿Te ríes?
..........—Pues sí.
..........Vuelve a hacer una rara pausa sin dejar de mirarlo.
..........—¿Quieres saber cómo me los he cargado?
..........—Cómo.
..........—Verás —dice.
..........Y dice:
..........—A unos pocos los he colgado vivos, de una pata. Y me he quedado allí, viéndolos morir. Después de un rato, les sale una cosa blanca por la boca. Una cosa blanca que no gotea, que sale como un hilo, baja, hasta tocar el suelo. Después se les sale la lengua. Y después… Después cierran los ojos y mueren.
..........—Eres un listo, eh.
..........Por alguna razón que él tal vez no sepa, el rubio vuelve a caminar por el bordillo de la piscina. Por el bordillo opuesto. Va y viene. Habla, la mayor parte del tiempo, sin dejar de moverse.
..........—Pero me aburrí de colgarlos y se me ocurrió otra idea —dice—. Una idea mejor. ¿Ves aquel tiesto? ..........¿Cuánto crees que pesa?
..........El tiesto, de arcilla, apenas se ve en medio de la noche.
..........—No lo sé, dímelo tú.
..........—Cuarenta kilos —dice—. Lo he pesado con la balanza de mi madre. Luego he calculado lo que pesa un sapo de estos que hay por aquí. ¿Sabes cuánto pesa un sapo de éstos? No llega a medio kilo.
..........—Mira.
..........Se detiene otra vez en medio del bordillo, justo frente al otro. Para observarlo, así, en la penumbra.
..........—Ahora imagina qué te pasaría a ti si te pusiera boca abajo sobre la hierba, como cuando tomas el sol, y te echara encima del cuerpo cincuenta veces tu peso. Lentamente.
..........—Pero qué cojones dices, payaso.
..........El rubio retoma su ejercicio de equilibrio. Avanza con los brazos abiertos y la mirada en sus empeines. Ahora llega al vértice. Avanza. En la mitad del bordillo corto, donde la piscina es más honda, se detiene.
..........—Te dejaría la cabeza libre —dice.
..........—Ya, lo que tú digas.
..........—¿Cuánto crees que aguantarías?
..........—Déjame en paz.
..........—Se te partiría la columna vertebral —dice—. El careto se te hincharía como un globo y no podrías hablar. No podrías pedir auxilio ni hostias.
..........Desde que el rubio se detuvo, el chico moreno tiene que mirar hacia su izquierda para verlo. No sabe por qué lo hace pero sigue, callado, el hilo de la conversación.
..........—Intentan escapar, los muy cabrones. Y yo les digo —dice—, mientras hacen fuerza con las patas…, me acerco a su mierda de cara y les susurro: tienes un puto tiesto de cuarenta kilos encima, ¿adónde cojones quieres ir?
..........Alguno de los dos no mira al otro. El rubio insiste.
..........—¿Tú harías fuerza con las piernas, con los brazos?
..........—Payaso.
..........El rubio ríe.
..........—¿La harías? ¿O te quedarías quieto?
..........—¡Déjame en paz, tío!
..........—Qué pasa.
..........—Que te pires. ¿Te enteras?
..........—Vale, vale —dice—. Me piro.
..........Y salta a la hierba.
..........Se marchará. Pero antes de eso, se sentará en el bordillo de cara a la casa, muy cerca del otro, con la excusa de ponerse las chanclas.
..........—Me piro.
..........Está, efectivamente, a medio metro del otro, con los pies sobre la hierba, calzándose las chanclas pero sin dejar de buscarle la mirada.
..........—Te importa si te digo una última cosa —dice.
..........—Di.
..........—No vayas a enfadarte, eh.
..........El chico tres años mayor, moreno, nota la sorna del rubio y mueve las piernas bajo el agua fresca y oscura de la parte honda de la piscina. Durante un tiempo breve, se ha olvidado por completo del bikini de colorines. Se ha olvidado de que la está esperando con toda esa impaciencia. Y casi se ha olvidado de lo que ocurrió ayer, a la hora de la siesta, cerca del pantano.
..........El rubio se pone de pie. Y desde arriba sigue buscándole la mirada.
..........—Yo la tengo más grande —dice.
..........Ahora sí se miran. Mucho.
..........—Qué hablas.
..........Entonces, con las chanclas ya puestas, el rubio inclina su cuerpo para que las próximas palabras vuelen, devastadoramente suaves, hacia los oídos del otro.
..........Vuelen y lleguen y por lo tanto exploten.
..........—Que la tengo más larga y más gorda que tú —dice.
..........—Y una mierda.
..........—¿Qué te juegas?
..........—No me juego nada. Paso de verte la polla, imbécil.
..........—Imbécil, tú —dice.
..........Y se marcha.
..........El chico moreno gira su cuerpo y su cara para decirle, con ímpetu, gilipollas. Y lo hace con algo que está muy cerca de ser un grito. Y el otro, ni bien escucha cómo lo ha llamado, y a sabiendas de que lo debe estar mirando, levanta el dedo corazón separando el brazo, sin dejar de caminar y sin siquiera darse la vuelta.
..........Hacer un hoyo y meterte dentro. O que lo haga alguien por ti y que te metan y que ya no puedas salir nunca más.
..........Puede que sea el verano.
..........Sí. Los abedules inmóviles en el fondo de la nada.
..........El agua de la piscina, que de día tiene tanta vida, durante la noche no es más que esto. Allí sentado, en la penumbra inservible del valle, todo lo que lo rodea es peor que la nada.
..........Ven, joder, piensa para sacudirse el malestar. Todavía no sabe que su coche está otra vez allí, en la parte delantera de la parcela, más allá de los cerezos, donde están todos los otros coches.
..........Todavía no lo sabe.
..........Ni sabe que ella regresará.
..........Que la chica morena regresará, pero no para sentarse junto a él.
..........Y piensa en que ella le dijo No. Para, le dijo. Ayer, a la hora de la siesta. El coche se caló a los dos metros. Rieron. Él más que ella. Enseguida le dio algunas instrucciones y la chica volvió a intentarlo. Estaba un poco preocupada por la policía, que muy de tanto en tanto pasea su camioneta verde y blanca por la entrada de la parcela, por ese mismo camino, a veces en dirección al pantano, otras veces en dirección a la carretera. ¿Y si nos pillan? Que no, venga, mira hacia adelante. A medida que el coche iba haciéndole más caso, como dijo, su rostro iba llenándosele de flores. Desde luego que eso último no lo dijo: se le veía. Nunca pasó de la segunda marcha pero lo consiguió: consiguió llevarlo por el camino de tierra, avanzar de un modo más o menos uniforme, las manos agarradas, con tensión, al volante. Tenía pegada la sonrisa en el rostro porque al fin estaba llevando un coche, al fin cambiaba de marchas, al fin no se le calaba. Y eso eran las flores.
..........Quién pudiera decir que todo.
..........Que todo comenzaría en ese momento de felicidad.
..........Nadie.
..........O tal vez la noche, el verano, y la magia que siempre, en todos los tiempos y en todas las épocas, vive de los descuidos.
..........El pelo recogido, la camiseta blanca, las piernas desnudas y un tanto coloradas por el sol del mediodía. Así la recuerda cuando llegaron al pantano. Cuando podía verse la orilla redondeada, abajo, no tan lejos, de toda esa poderosa masa de agua. Y él le dijo que ya estaba bien, que pusiera punto muerto y que fuera frenando con calma. Tenían que dar la vuelta pero el camino de tierra es demasiado estrecho como para que un aprendiz lo intente.
..........Y creyó que ella lo había mirado, súbitamente, con un halo de Ven, bésame. Bésame, joder, que me muero de ganas y tú ahí, sin hacer absolutamente nada.
..........Exactamente eso creyó ver el chico moreno cuando el coche se detuvo y se buscaron los ojos y ella tuvo la mala idea de bajar la mirada y que su rostro —aquel de las flores—, al bajar la mirada, se encendiera de rojo.
..........Quién pudiera advertir el futuro. Para ahorrárselo. Para desviarlo. Para regatearlo. Para que no ocurran nunca las cosas que nadie quiere que ocurran nunca.
..........Nadie.
..........Y piensa el chico moreno sentado en la soledad del bordillo, con la vista encima de los abedules que de lejos y a estas horas parecen monstruos. Piensa en que no estuvo mal intentar besarla. La parte de abajo del bikini de colorines, las piernas juntitas y desnudas y después Mi mano encima de sus muslos. No, dijo ella. Y fue como si todo se congelara de pronto. Y enseguida la chica morena parada en medio del camino de tierra, bajo el sol, viendo cómo él maniobraba el coche para ponerlo en dirección a la parcela. Llévalo tú, venga. Y ese rostro que ya no tenía la sonrisa de flores pero que lo mismo se animó a pasar las marchas, a sincronizar el movimiento de los pedales, a llegar a la entrada de la parcela sin decir —ninguno de los dos— una palabra.
..........Las cosas que nunca nadie quiere que le pasen.
..........Ni a ellos, ni a sus seres queridos.
..........Ni siquiera, con todo, al prójimo. Por más anónimo y desconocido.
..........Nunca.
..........—Ha llegado tu hermano.
..........Levantar la vista y verla. Otra vez ahí, de pie.
..........—Dile lo que ha dicho madre.
..........La voz del rubio rompiendo el esquema de la penumbra.
..........Y ella ahí, de pie, como lamentando algo que no iría a ocurrir jamás.
..........—Tienes que ir a la gasolinera. A por hielo.
..........Hubiese preferido que se sentara, que volviera a meter los pies en el agua fresca de la piscina. Que el rubio desapareciera. Pero tal vez ella sólo haya venido a decirle eso del hielo. Una mera orden de los adultos.
..........—Pues que vaya él.
..........—Tu hermano pasa. Dice que está agotado y que no quiere volver a coger el coche.
..........—Pues que vaya mi padre.
..........La chica morena entiende esa leve hostilidad del otro. Y la entiende porque no fue al servicio cuando decidió marcharse, sino que prefirió marcharse, huir, porque le faltó valor para dejar que la siguiera rozando bajo el agua. Como ayer, a la vera del pantano.
..........—Llevan bebiendo desde la cena —dice—. Están todos borrachos.
..........—¿Tu madre también?
..........—No, ella no. Ni la tuya.
..........—La mía no sabe conducir.
..........Porque entiende esa breve hostilidad, porque también entiende su yerro, se sienta junto a él, pero del revés. Se sienta con los pies sobre la hierba.
..........—Ha sido mi madre, que se ha liado —dice—. Creyó que había una bolsa en el congelador del lavadero. Pero la bolsa no era de hielo.
..........Ella lo mira. Le habla. Apenas ve su perfil. Y la penumbra entera.
..........—Es aquí cerca. Venga. Y nos damos un paseo.
..........Hostilidad, yerro, culpa, euforia. Impaciencia.
..........El chico moreno saca, entonces, los pies del agua. Los sacude a un palmo del suelo.
..........—Sé dónde queda —dice.
..........Y da un giro hacia el otro lado, sin levantarse todavía del bordillo. Los pies en vilo, la vista en los pies, esquiva la vista. Empieza por los calcetines. Piensa, aunque no está del todo seguro, en que irán a la gasolinera juntos: ella y él. Y que ella, por todo lo ocurrido, le debe cosas.
..........A dos o tres metros, recortado contra la luz que viene de la casa, el rubio les apunta con el teléfono móvil. Lo hace sin ninguna intención de pasar desapercibido. Lo hace como si haciendo eso participara de la conversación.
..........El chico moreno levanta la vista. No ve nada. Una silueta.
..........—¡Deja de hacer fotos de una puta vez!
..........Ella no interviene, mira la hierba. O la parte baja de su pierna. O la parte baja de su pierna y la hierba húmeda junto al bordillo. O el contorno de su tibia, por donde se está pasando ahora la mano.
..........El rubio, como si no escuchara, como si nadie le hubiese dicho nada, le apunta con el móvil a ella, incluso se agacha para enfocar. Pero le habla a él.
..........—No es una foto, subnormal —dice—. Es un vídeo.
..........Y enseguida:
..........—¿Tu teléfono hace vídeos?
..........Y enseguida:
..........—Di.
..........Y enseguida ríe.
..........El otro no dice nada. A veces es mejor callar, meterse solo en el hoyo. Desensillar hasta que escampe. O hacer cosas que no necesiten de la voz, que reemplacen a las palabras. Terminar de colocarse los calcetines, por ejemplo, y que ellos absorban la humedad de los pies, de los dedos con los que rozó el tobillo izquierdo de ella, no hace tanto rato, bajo el agua inútil de la piscina.
..........—No os peleéis.
..........—Éste, que va de listo.
..........—Venga, vamos.
..........Caminan, los tres, en dirección a la galería. El rubio unos metros por delante, la cabeza gacha, mirando su teléfono móvil.
..........La penumbra empieza a abandonarlos a medida que se aproximan a la casa y el chico moreno piensa en que no debió enseñar el vídeo, en que No debí hacerlo porque este cabrón podría chivarse cualquier día, podría, piensa mientras camina junto a ella, contárselo a ella. Eso le preocupa. Y piensa en amenazarlo con aquello de los catorce sapos torturados hasta la muerte. Pero sabe que son cosas muy diferentes. Que no cundiría. Y piensa, otra vez, que será mejor no decir nada.
..........Y mientras caminan hacia la luz, en el momento en que deja de pensar en chantajes improductivos y ve la melena de su hermano en medio de la mesa que improvisaron los adultos para la cena, siente, como se siente lo que no es real, como se siente lo que sucede en los sueños y no en la vigilia, siente, que ella le roza, muy a posta, la mano. Y sin que el roce se acabe, mientras caminan y nadie puede ver ese detalle, ella se anima un poco más y aprieta y sostiene y hasta tironea de su dedo meñique. ¿Se miran? Se miran fugazmente. Y él, sin terminar de entender si aquello se lo está imaginando, si aquello no es una acción más propia del sueño que de la vigilia, cuando la luz ya es parte de ellos, deja, así, de sentir nada.
..........Llegan a la galería de la casa donde todos los hombres, los cuatro padres y el hermano recién llegado, fuman y beben y conversan dando, de vez en cuando, voces. Sobre la mesa que improvisaron para la cena, sobre el mantel desechable y el lamparón rojo, sobresalen media docena de botellas, pocas sin acabar. Y un par de latas de cerveza. Algunos vasos, algunas manos, algunas copas de los que ya no están. Un cazo de acero inoxidable donde deberían estar las piedras de hielo, y en donde sólo hay una cuarta de agua.
..........El chico moreno se para al lado de su hermano. No habla. Ve el vaso de cerveza y el aro de la espuma, ve el cenicero, el brazo y entre los dedos de su hermano, un cigarrillo recién encendido. No habla, espera. El hermano del chico moreno tiene siete años más que él. Es, también, moreno. Y veterinario, como su padre. De hecho, trabajan juntos en un barrio céntrico de la ciudad. Un local pequeño y concurrido donde atienden generalmente mascotas, generalmente perros y gatos o reptiles o algún pájaro. A veces operan. A veces los animales mueren. A veces, al enterarse de la noticia, sus amos lloran. Hoy temprano, el hermano del chico moreno tuvo que ir al local para operar de urgencia a un ovejero alemán que no salió vivo del quirofanillo. A la dueña del perro, el hermano del chico moreno le dijo que había tenido un paro cardíaco, que lo sentía. La mujer lloró. Un paro cardíaco, dice ahora en medio de la mesa, con algo de guasa, como si existiera alguna muerte —cualquiera de todas las posibles— en donde el corazón, de pronto, no se parara. Su padre hace un gesto de reprobación. La clínica veterinaria funciona desde mucho tiempo antes de que el hermano del chico moreno se graduara.
..........—Hombre. Qué pasa —dice.
..........—Dame las llaves.
..........El hermano del chico moreno le da las llaves del coche y también dinero. Un billete de veinte y otro de diez. Tiene una camisa de mangas cortas desabrochada por completo, y en medio del pecho se ve una inscripción en inglés. Los billetes los ha sacado del bolsillo delantero de la camisa. La camisa —o probablemente él— huele a tabaco.
..........—Échale gasolina —dice—. Que luego me chillas.
..........El padre de ellos, que tiene una veterinaria desde antes de que naciera el chico moreno, le recuerda absurdamente el trayecto para llegar a la gasolinera. Bebe whisky en una tumbona y sus palabras brotan como si no salieran de la boca. Toda la acción acentúa el enfado del chico moreno, un enfado que arrastra desde que se quedó solo en el bordillo de la piscina. Ve salir de la casa a la madre de ella. La mujer lo mira, de pronto, a los ojos. También por eso se marcha. Y ya no presta atención a lo que le dicen desde la galería.
..........—Una bolsa grande.
..........—O mejor dos. Grandes, sí.
..........—Paga ella.
..........Oye lo de las bolsas. Reconoce la voz de su padre, la de otro adulto y, por último, la del padre de la chica morena señalando, un poco en broma, a la esposa como culpable de la falta de hielo.
..........La madre de la chica morena no pagará el hielo —ni le ha hecho gracia que su marido la señalara así, aunque fuese en broma, delante de los otros—. Pero hará una cosa mucho más importante dentro de un rato. Algo que, desde luego, nadie, ni siquiera ella, podría imaginar en este momento.
..........El chico moreno oye lo de las bolsas. Después oye risas. Y después habla entre dientes.
..........—Que os den, cabrones.
..........Rodea la casa. Los coches están aparcados más allá de los cerezos y más allá del claro brevemente iluminado por varias farolas. La chica morena, con algo de disimulo, lo sigue. Él sabe que lo sigue. Lo que no sabe, porque ya ha bordeado la casa y no está en sus planes mirar hacia atrás, es que la madre del rubio también lo sigue. A él, que ahora cruza los cerezos a paso lento. Y a ella, que lo ve a él cruzar, por entre los cerezos, a paso lento.
..........Puede que haya sido la noche.
..........El verano. El ejército de hormigas que terminarán suicidándose.
..........Los sapos bajo el yugo de los cuarenta kilos del tiesto.
..........O colgados, con la lengua y las babas.
..........Con la lengua y esas babas que ya son asideros de la muerte.
..........La gasolinera está a la salida del pueblo, a un kilómetro del cruce. Su padre, que estaba bebiendo whisky echado hacia atrás en una tumbona, se lo recordó. Levantó el brazo para decirle que fuera recto por el camino de tierra, y que ni bien saliera a la carretera, tirara hacia la izquierda, como si regresara a la ciudad en donde él tiene la veterinaria, y en donde todos ellos viven el resto del año. Y que estaba chupado, también dijo desde la tumbona. Y eso él lo sabía perfectamente. No fue más que una ridiculez por parte de su padre que Me sigue tratando, piensa, como a un puñetero crío.
..........Era, en cualquier caso, un itinerario corto, fácil. Cuarto de hora, tal vez un poco más. El chico moreno no lo tiene ni que repasar. Y no sabe por qué ahora, mientras cruza por entre los cerezos con el convencimiento de que ella lo está siguiendo, un olor extraño y repentino le recuerda vilmente a su compañera de curso. Borra eso, anda, le había dicho sin mucha convicción. Y él le había mentido, le había dicho que sí: Luego, le había dicho. Y ahora no sabe por qué su cerebro asocia ese olor que sale de la hierba con ella, que es de fuera y no vive con sus padres sino en un piso de estudiantes. Antes del verano, cuando acababa el curso, ella le había dicho Te quiero. Y él le había respondido, malamente, con evasivas. Cree que es poca cosa y que es, en general, fea: que No tiene tetas ni tiene culo ni tiene nada. Pero folla, piensa. Y vive con otras tías que también follan, piensa. Te quiero, le había dicho ella la última vez que se vieron, unos días antes de que acabara el curso. Y se lo había dicho como si supiera que no volvería a acostarse con él. Como si el verano fuera una bisagra insoslayable. Y en verdad, a esas edades, lo es. Pero el chico moreno ignora —o le da igual— ese dato. Y ahora sólo recuerda la voz de su compañera de curso diciendo Te quiero como quien se despide. Y habrá pensado, piensa el chico moreno, No volveré a hacer el amor con él. Con él, que fue el primero y en ese momento y todavía, el único. Y ahora, al cruzar el claro, este olor ácido de la hierba mojada le trae su recuerdo. Como si la noche o el verano o todo el valle y los abedules escondidos en el fondo insistieran, mucho, en aquella sensación de que no volvería nunca más a acostarse con ella.
..........El claro se termina. Hay farolas, bichos voladores entorno a ellas. Habla a nadie.
..........—Que os den a todos —dice.
..........Y lo medio repite cuando llega al coche. A su pequeño coche de tres puertas que su hermano ha utilizado esta tarde para ir a la ciudad, donde operó de urgencias a un ovejero alemán que, en algún momento de la operación, sufrió un paro cardíaco.
..........Pero no irá solo hasta la gasolinera.
..........La luz de cortesía deja ver, sobre el asiento del acompañante, una carpeta con el logo de la veterinaria. Dentro hay papeles, algunos sobresalen. Algo que dejó allí su hermano. Algo que a él no le interesa porque no le interesan la veterinaria ni el local ni la carrera ni la vida que llevan los veterinarios, piensa, Con sus animalillos pedorros y sus clientes todos insoportables. No se monta sino que mete el cuerpo para coger la carpeta y, sin salirse, la tira en el asiento de atrás. El interior del coche también huele a tabaco.
..........Fuera, la chica morena acaba su persecución encubierta.
..........—¿Te has enfadado?
..........—Qué va.
..........—Voy contigo —dice.
..........Ella no lo sabe. Ni él, ahora que la ve ahí de pie, quieta, con las piernas desnudas bajo el pantalón corto que sigue siendo suave y apretado.
..........Lo sabe la noche, sí. El cielo azul oscuro que cubre el valle.
..........La parcela está anclada al pie de la sierra, cerca de un pantano, aislada de casi todo. Aislada incluso del pueblo al que pertenece. Un pueblo que ni siquiera es pueblo sino pedanía. Una pedanía próxima a desaparecer, en donde viven un puñado de viejos que sólo esperan ansiosos al día jueves, que es el día que llega el médico y se abre el ambulatorio. Y aunque los hijos de los viejos, en verano, casi por compromiso, se presentan en la pedanía, la parcela está en medio de la nada. La conecta con la carretera un angosto camino de tierra. El camino de tierra en donde la chica morena, ayer, a la hora de la siesta, aprendió a conducir. Pero la carretera es, apenas, una carretera secundaria, escasamente transitada. Por eso el chico moreno piensa que de ir solos, tal vez después de comprar el hielo, podrían quedarse un rato allí, escuchando música en medio de toda esa nada.
..........Vale, piensa el chico moreno. Y piensa, enseguida, en darle una sorpresa. Algo que vuelva a conectarlos. Un motivo, un regalo. Sí, un regalo, piensa.
..........Ya lo tiene.
Pero no han subido al coche cuando ven, los dos, venir a la madre de ella. Viene cruzando la hierba, el claro donde las farolas y los bichos que dan vueltas incansablemente. Viene hablando. Hablando con su hijo que es rubio y alto y de ojos muy azules, como el padre.
..........Se acercan al coche.
..........—No hace falta que vayáis.
..........La chica morena se mira los dedos de los pies.
..........—Sí, madre. Iremos —dice.
..........—Pues entonces id los tres. Venga.
..........Y le da un ligero empujoncito a su hijo. Y después de eso, como un secreto, le dice algo a su hija. La chica morena asiente: no se trata, en definitiva, de ningún secreto. Y después, mientras el rubio sube el primero, atrás, y la chica morena baja el asiento y se monta y cierra la puerta y los tres, entonces, quedan dentro del coche, se acerca al costado del conductor y habla con los codos apoyados en la ventanilla.
..........—Si no tienen hielo allí, nada. Os volvéis —dice—. No vayáis al pueblo ni a ningún otro sitio, ¿vale? Que no son horas.
..........Habla con un lejano acento extranjero, un deje que sólo se le nota en la entonación de algunas palabras, en el final de ciertas expresiones. Lleva mucho tiempo en este país, más de media vida. Y sin embargo, no se ha podido quitar del todo esa resonancia, ese eco, y esa imagen acústica que la señala como forastera y que de algún modo la distancia de los demás. Aunque lleve más de treinta años aquí. Aunque su esposo sea de aquí y lleve con él poco menos que esos mismos treinta años. Aunque sus hijos hablen, naturalmente, sin acento, y sus amigas y los vecinos y los compañeros de trabajo también, y la televisión y los locutores de radio y las películas que ve en el cine también. No ha podido y tal vez nunca pueda del todo. Ella lo sabe. Sabe lo que todos los extranjeros van comprendiendo con el paso inevitable del tiempo. No hay, a la fecha, ninguna posibilidad de borrar el pasado.
..........—Ya sabéis que, si por mí fuese, a estos garrulos les ponía agua del grifo —dice.
..........Y fuerza una sonrisa. Y se queda parada o retrocede unos pasos por la explanada, sin dejar de ver las cabecitas más allá del parabrisas, y entonces sí se queda completamente quieta, como ausente.
..........El chico moreno enciende el motor de su pequeño coche de tres puertas. Se oyen, de pronto, violines. Enciende las luces bajas, aprieta uno de los pedales, luego el otro. Luego baja el volumen, los violines y la voz del cantante se apaciguan. Toda la hierba de delante se ilumina y la mujer, que sigue, para ellos, quieta, se hace visera con una mano. El chico moreno la observa por última vez mientras da marcha atrás con el coche. Después tuerce y avanza pensando en si la hija, la chica morena cuyas piernas desnudas tiene ahí, inmediatamente después de la palanca de cambios, será así de atractiva cuando tenga su edad.
..........Cruzan los límites de la parcela. Ninguno de los tres dice nada. Sigue oyéndose la música grabada en directo que empezó a sonar ni bien se puso en marcha el motor. Ellos no lo saben pero escuchan la versión unplugged de «The kill», de 30 Seconds to Mars. Y otra vez violines, el ritmo continuo los envuelve, les transmite una inexplicable sensación de sosiego, aun cuando el cantante levanta la voz. Es un cd que dejó puesto el hermano del chico moreno, que habrá venido escuchando hasta no hace tanto rato, en medio de esta misma noche, viniendo desde la ciudad.
..........El camino de tierra es eso ocre que se ve debajo de los focos del coche. Eso que parece meterse debajo de ellos. Eso que los tres, ahora, observan sin demasiado interés. Algo anodino, constante, denso. La chica morena estira el brazo y le da al botón del volumen.
..........—Mola —dice.
..........Y acompaña con un tarareo, con una vocecita tenue, la letra en inglés. Y lo mira al él, otra vez su perfil. Y tararea más fuerte. Hasta que él también la mira y sin que transcurra apenas el tiempo, frena el coche.
..........—Qué ha pasado.
..........El chico moreno abre la puerta. Sale.
..........—Llévalo tú.
..........Ella, sorprendida, duda. Tal vez sonríe. Y sale.
..........El rubio, atrás, asomado en medio de los asientos delanteros, los ve pasar por delante del morro, ve las cinturas contra la luz de los focos. Intuye risas, y una complicidad que lo perturba. Incluso ahora que su hermana está al volante, que se engancha el cinturón de seguridad de un modo mecánico, que ajusta el asiento, el espejo retrovisor. Intuye complicidades que lo perturban.
..........—De qué vais —dice.
..........Nadie responde.
..........—Que no tiene carné, coño.
..........—Te callas.
..........—Pero sabe conducir. Verás.
..........Los tres, entonces, se van hacia adelante porque el coche, al primer intento, da una sacudida y se cala. La música que deja de oírse. O las luces que se apagan. Y todo eso que está ahí, que no se ve, que es el valle. Los abedules agrupados, ciegos, todavía lejos, a la derecha del camino. El chico moreno, con la mano en el salpicadero y el cuerpo cerca del salpicadero y el culo en el borde del asiento, mirándola a ella, ríe.
..........—Espera —dice—. Quita la marcha.
..........Ella también ríe. Pero su atención está en otro sitio.
..........El rubio se echa hacia atrás. Piensa. Piensa en decirle a su hermana que el chico moreno tiene novia. O mejor no, piensa. Mejor decirle que se anda tirando a otras tías, que él lo sabe, que se lo contó, chuleando, el otro. Está decidido a hacerlo, pero no ahora. Después, piensa. Sí, después. Y que se jodan, piensa. Coloca el móvil en función vídeo, apunta hacia adelante, y sin despegar la espalda del asiento, empieza a grabar.
..........Con el ruido del motor, vuelve a sonar el unplugged y los focos a enseñar la tierra seca y ocre del camino. La chica morena comenta algo de la noche, de la oscuridad y de la visión. Y de las diferencias. Las manos como garras en el volante, la mirada fija hasta donde le dejan ver los focos. Consigue, así, que el coche avance. Sabe que es cuestión de ir tranquila, que todo pasa por sincronizar el movimiento de los pedales. No es una autovía ni es la ciudad, no hay desarrollo ni interacción: es ella y el camino de tierra. Y la nada. Va en segunda, lentamente. Desde la parcela hasta el cruce con la carretera hay poco más de un kilómetro.
..........—¿Es tuyo el cd?
..........—De mi hermano.
..........—Mola —dice.
..........—Tengo otros en la guantera.
..........Ella no dice nada. Van a ser las doce de la noche. Si fuese de día, después de la curva a la que están a punto de entrar, podrían ver la carretera en el fondo del camino, podrían ver la elevación que hay antes de la carretera. Y algún vehículo que pasara en cualquier dirección.
..........Pero no van a ver nada hasta que lleguen al cruce. Hasta que el coche se incline para trepar la pendiente y aparezca, inmediatamente, el asfalto de la carretera.
..........Desde atrás, en medio del asiento, el rubio graba cómo su hermana está conduciendo sin carné y siendo menor de edad. Ahora sabe que se lo enseñará a su madre, incluso a su padre, cuando necesite hacerlo. O no se lo enseñará a nadie y lo bajará al ordenador. Y allí se quedará como elemento de persuasión constante hacia ella.
..........Eso hará.
..........Después, en el futuro que ocurrirá dentro de un par de minutos, cuando su hermana no consiga subir la pendiente a la primera y el coche vuelva a calarse y ellos vuelvan a reír, se dará cuenta de que el vídeo también le vale para extorsionar al otro. Para putearlo bien puteado, pensará dentro de un par de minutos. Se dará cuenta de la irresponsabilidad del otro, de que el coche está a su nombre y de que le podrían quitar puntos, tal vez muchos, o retirar el carné. Sí, eso mismo pensará el rubio en el futuro que está a punto de ocurrir.
..........La chica morena, que debajo de la camiseta blanca y el pantalón corto tiene el diminuto bikini de colorines, le pide al otro que vuelva a poner esa canción.
..........Y también dice.
..........—Oye, ¿compramos unos helados?
..........—Pues no sé yo si tendrán… ¿Conoces la gasolinera?
..........—No.
..........—Yo sí.
..........—Es lo más cutre que he visto en mi vida. No sé ni cómo existe.
..........Y abre la guantera para sacar el estuche con los cds pero la chica morena lleva el coche en segunda, no ha vuelto a tocar la marcha y tampoco lo hace ahora, cuando ya puede verse, a unos cien metros, la pendiente al final del camino de tierra. No es muy pronunciada pero sí lo suficiente como para que el pequeño coche de tres puertas, viniendo en segunda y casi sin revoluciones, no llegue al borde de la carretera. Por eso el chico moreno decide no sacar el estuche de la guantera.
..........—Espera, espera —dice.
..........Pero ella sube. Así como venía. Y en mitad de la pendiente comprende que algo va mal, que el coche pierde fuerza y que no le vale de nada acelerar. Y cuando la carretera ya está a la vista, el coche se cala, se sacude, y empieza a retroceder inevitablemente.
..........A caer, empieza.
..........Caen con las luces apagadas, sin música, y con esa sensación cruel de no poder controlar nada. Durante esos segundos de caída libre, sus rostros juveniles cobran la textura que tienen las piedras. El chico moreno, en un destello de lucidez, da un manotazo certero al freno de mano y el coche, algo descuadrado, se detiene por fin al pie de la pendiente.
..........Ahora sí ríen con ganas. Los tres. En medio de la oscuridad. Ella con las manos sobre el volante y con el susto todavía en alguna parte de su cuerpo. El rubio ha dejado de grabar y se ha tumbado en el asiento para soltar carcajadas. No era la primera vez que el coche se calaba, pero sí iba a ser la última. Y por cierta razón difícil de explicar, esta vez, la última, los tres, después de reír, con las ventanillas bajadas, se quedaron en silencio contemplando la noche, la oscuridad casi absoluta, el cielo inmenso del valle, las estrellas que nunca se pueden ver en la ciudad.
..........Y fue como estar en una dimensión, en un espacio y en un tiempo, en el que no habían estado jamás.
..........Es, por lo pronto, medianoche.
..........La gasolinera donde venden hielo queda a un kilómetro de donde están ellos varados. Sólo es cuestión de salir a la carretera y tirar a la izquierda, como si fuesen para la ciudad en donde no se ven todas estas estrellas, y en donde viven el resto del año. No van a alcanzar a verla pero hay una señal a la salida de la gasolinera que pone, entre otros destinos más próximos, el nombre de la ciudad y la distancia que resta para llegar a ella.
..........Y hay otra señal, invisible, que tampoco van a ver.
..........Sí.
..........Fue la adolescencia.
..........Ni la noche ni el verano ni el hielo.
..........Ni los abedules, altísimos, que todo lo escrutan.
..........Nada más que ese manojo de años en donde casi cualquier cosa, siempre, es posible.
..........Con el coche apagado, el chico moreno saca, ahora sí, el estuche de la guantera. Mira el rostro de ella y nota, aún en la oscuridad, la mueca de una sonrisa.
..........—Vale. Déjame a mí.
..........—Sí, déjalo a él, joder. Que no te enteras.
..........Pero ella, porque es verano y porque las cosas son un poco mágicas para los adolescentes, se niega.
..........—¡No! ¡Quita! Tengo que aprender, coño.
..........Ríen. Aunque con menos vehemencia que antes.
..........—Vale. Enciende el coche.
..........—Vale.
..........—Tienes que subir en primera, ¿de acuerdo? Controlar la fuerza con este pedal.
..........Y su mano se posa sobre la pierna izquierda de la chica. Y allí se mantiene hasta que termina la explicación.
..........—Cuando acabe la pendiente, cuando veas que ya la tienes controlada, aprietas a fondo el embrague y frenas.
..........—Vale.
..........El rubio vuelve a poner su teléfono móvil a grabar. Piensa que ha tenido suerte con esta salida hasta la gasolinera porque tendrá material de sobra para hacer lo que le dé la gana con ellos. Enfoca a su hermana mirando la palanca de cambios, luego la superficie de la pendiente que aparece tras el parabrisas. Luego enfoca al chico moreno, que mira la pendiente y también mira el accionar de la chica: su rostro, su mano en la palanca de cambios, su rostro otra vez, la pendiente, su rostro.
..........El coche ruge pero no se mueve ni avanza hasta que ella suelta el dichoso embrague.
..........Entonces sí sube.
..........Sube como una flecha. Más que eso. Sube como si después de la pendiente no estuviera la carretera sino la inalcanzable eternidad.
..........Pero está la carretera.
..........Y el impulso es tan exagerado que el coche se planta de pronto en medio del asfalto y ella apenas tiene tiempo de virar hacia la izquierda, que era la dirección en la que tenían que ir y un dato que había memorizado antes de soltar el embrague.
..........Ni siquiera alcanza a frenar del todo.
..........Fue un segundo.
..........Un flash.
..........Siempre es un segundo y casi siempre es un flash.
..........Unas luces altas e imposibles que aparecen desde la derecha, como si hubiesen nacido dentro de los ojos de ellos tres, y no del frente ingobernable del camión. Un camión cargado de pollos. Un camión que venía de vaya uno a saber dónde.
..........Siempre es un bólido viniendo desde cualquier parte.
..........Siempre es un flash, un segundo, unas luces ingobernables.
..........El chico moreno, en el asiento del acompañante, suelto de cuerpo y con el estuche de los cds en el regazo, ve el fogonazo delante del hueco de su ventanilla abierta. Es el que lo ve más de cerca. El que se encandila primero. El primero, sí, como con la despreciada compañera de curso que le había dicho Te quiero. Puede que haga un último movimiento con las manos, un movimiento de ésos que ordena el cerebro de modo automático, un movimiento baldío, primario, algo así como cubrirse el rostro ante la sorpresa.
..........Después hay un ruido ensordecedor de neumáticos raspando contra el asfalto.
..........Y un estallido feroz. Continuado.
..........Y después, un largo instante en donde no hay nada.
..........Han pasado unos minutos desde la medianoche.
..........Ellos, ahora, no pueden saberlo, pero el camión, después del impacto, volcó. Y así, de lado, fue arrastrándose hasta que rompió el quitamiedos y se encajó en el fondo de la cuneta.
..........La carretera se llenó de cosas. Y de trozos de cosas.
..........De plumas, de jaulas rotas, de sangre.
..........El coche, pequeño y de segunda mano, con escasas medidas de seguridad y en donde sólo la chica morena llevaba el cinturón puesto, tras recibir el golpe de lleno en su flanco derecho, dio más de media docena de vueltas completas por encima de la carretera, a veces despegándose de ella. Y saltó, en la última vuelta, el guardarraíl. O al menos no lo tocó. En cada una de esas vueltas completas que dio el pequeño coche de tres puertas, y a medida que se alejaba del cruce, fue despidiendo más cosas. Como si las escupiera. Muchas desde dentro. Por alguna razón relacionada con el azar, después de dar todas esas vueltas y de escupir todas esas cosas, quedó con las ruedas sobre la hierba, con el morro encajado en la misma cuneta que el camión de pollos, a casi doscientos metros del cruce.
..........No fue la noche.
..........Ni el verano ni el hielo.
..........O tal vez haya sido todo.


(edición original en español) Salto de página, Madrid, 2015.


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