La mala espera

(capítulo I - edición original)

 

—Vengo de parte de Fangio le repito y el tipo se queda mirándome.
..........Tiene los codos clavados contra la barra y está tomando algo transparente en un vaso pequeño que ahora aprieta entre los dedos. Cuando le hablo, cuando le repito las cosas, me mira sin mover el cuerpo, girando apenas la cabeza. Para hacer eso tarda un segundo. Todos los demás segundos, que son muchos, de verdad, el tipo hace como si yo no estuviera ahí, a menos de un metro, explicándole que vengo de parte de Fangio.
..........—Me mandó él. Me dijo que hablara con usted.
..........Esta vez ni siquiera ladeó la cabeza:
..........—¿Quién eres?
..........—Soy el Nene.
..........El tipo, entonces, me hace un gesto débil con la mano, así. Después saca del bolsillo del pantalón un teléfono móvil del tamaño de una cucaracha y se pone a hablar de un modo casi inmediato. Me hago a la idea de que ese conjunto de acciones, sobre todo el gesto silencioso de la mano, significan que debo esperar, que me calle la boca y que espere ahí mismo, quietito. No sé qué debo esperar ni a quién, pero lo hago sin decir una palabra, sumido ahora en una mudez más o menos absurda, miedosa y ridícula.
..........De pronto, soy el señor Mudez. Me convierto.
..........Desde que trabajo para Fangio, quiero decir desde que me dedico a cumplir sus indicaciones, aprendí muchas cosas. Algunas buenas y otras no tan buenas. Pero es curioso que en todas, las malas y las no tan malas, las regulares y las indeseables, las soñadas, las detestadas, las que no deberíamos decir nunca y las que nos piden que confesemos a diario. En todas, por supuesto, siempre hay un elemento en común. Y ese elemento es la espera. Saber contenerte y dominar los impulsos, ser, de pronto, Mr Mudez, no tener lengua ni orejas ni siquiera ojos y mucho menos prisas o impaciencia. En definitiva, saber esperar. Eso es lo más importante.
..........También anoche decidí ser prudente y esperar. Tragarme las ganas de agarrar el teléfono y marcar desquiciadamente el número de Pipo para decirle como una exhalación que me había llamado el Cantor a las tantas desde Buenos Aires, que a Basilio lo habían internado de urgencia, que el pulmón no le aguanta más, que la cosa está complicada, y que es tu hermano, Pipo, dejate de joder, che.
..........Pero fui prudente: no llamé.
..........Fui paciente y esperé.
..........Me refugié en la excusa de que ya era tarde, de que mejor mañana o pasado o nunca. Mejor nunca. Floja y lisonjera tradición la de excusarse. Pero sí era cierto eso de la hora: molestar, interrumpir, incordiar; palabras más que prohibidas bajo los techos del chalé de Majadahonda. Sé que Pipo y La Rojita se acuestan pronto: son un matrimonio exquisito y un poco idealista, fabricado en otra época, un hombre y una mujer hechos con el mismo molde y para la misma y tamizada finalidad. A veces pienso que me tratan como a un hijo. Como al hijo mayor que nunca tuvieron, pienso.
..........Giro la cabeza buscando un punto donde pueda borrar los pulmones de Basilio y recuperar la lucidez que requiere mi trabajo. Por supuesto, mientras el tipo está al teléfono, no oigo absolutamente nada de lo que dice, porque, en realidad, el tipo no dice nada. Escucha y de tanto en tanto asiente o me mira o mira para cualquier otro lado. Yo también miro para cualquier otro lado y por alguna extraña razón pienso que me equivoqué de tipo o de bar o de hora. Sin embargo, todo coincide: la hora es la hora que me indicaron; el bar es el barsucho harapiento y desabrido al que una vez vinimos con Angie, cuando le seguíamos la pista al antillano de las tarjetas de crédito. Y, por supuesto, el tipo de pelo gris que ahora clava sus codos en la barra, con la mirada lasciva y una cicatriz que le cruza la mejilla donde estratégicamente se colocó el teléfono, es el Lobo. Nunca lo había visto en persona, pero es él.
..........Al final de la barra, en el fondo, justo encima de la cabeza del Lobo, hay un televisor mediano colgado de la pared. El televisor está encendido pero apenas si emite sonidos. Entre el televisor y la barra, pegado a la pared a una altura considerable, hay un póster desplegable de la plantilla del Atlético de Madrid. Creo que es del año del doblete. Busco la cara del Cholo Simeone pero desde acá, por el ángulo de visión que tengo y también por la distancia que hay entre el póster y yo, todas las cabecitas son iguales. El Lobo me observa (mientras escucha con el auricular del móvil encarnado en la oreja, cuya mano y también brazo ocultanel surco de la cicatriz) y yo intento desviar la mirada. O esperar.
..........Encuentro una ventana. Mi vista que huye encuentra la claridad de una ventana. Hay dos ventanas en el local, grandes, y media docena de mesas distribuidas por el salón. El albor de la mañana aún no logra meterse en el ambiente porque las ventanas no deben dar al Este, o porque el Este se esconde más allá de la ciudad y del invierno. La luz de los tubos fluorescentes se confunde, se mezcla con vaya uno a saber qué: no se trata de luz sino de algo secreto y mustio que se incorpora a nuestro recuerdo. En una mesa, la que está junto a una de las dos ventanas, hay un viejo hojeando el diario: lleva una boina que no se ha quitado ni se quitará, supongo al verlo, jamás. Cerca de él hay un bastón, que cuelga. En las otras cinco no hay nadie. Detrás de la barra tampoco hay nadie. Hace un rato había un personaje bajito y silencioso acomodando tazas, platos y cucharas sobre el mostrador, pero desapareció por una puerta que no es una puerta sino una abertura cubierta por cientos de tiritas de plástico que cumplen la función de cortina. Arriba de esa abertura que vamos a llamar puerta hay una caricatura de Bob Marley dentro de un marco que no tiene vidrio. También hay otros personajes en el tabique que separa las ventanas pero no alcanzo a descifrar quiénes son. Por la dimensión de la boca o de la lengua, uno podría ser Mick Jagger. Podría, no estoy seguro. Si ese llegara a ser Jagger, como el de la puerta no puede ser otro que Bob Marley, es muy probable que todos los otros también sean cantantes. Aquellos dos: Bob Dylan y Elvis Presley. El otro, no sé quién es el otro. Hay un montón. Pienso en Miguel Abuelo y me quedo con la canción de Calamaro: un homenaje de los que no abundan, por el ritmo y por intención, por la fuerza, por el triste desconsuelo de lo que no puede volver a ser. Fuerte Miguel yo también soy abuelo gracias a él, dice Calamaro mostrando el alma o las hilachas de la añoranza. Me pregunto si en verdad serán todos cantantes o músicos los que cuelgan de las paredes. Busco más cosas con la mirada: veo una radio antigua, un dispensador de preservativos y la máquina de tabaco, en cuyo costado hay apoyadas dos escobas. Antes de venirme a Madrid trabajé en una fábrica de escobas, en control de calidad. Cuando digo fábrica, me refiero a un galpón pulgoso y más o menos abandonado de la zona descampada de Avellaneda, un tinglado improvisado que en verano te cocinabas como un pollo y en invierno para qué te voy a contar si el frío lo era todo. Mi función era comprobar que el producto final estuviera perfectamente ensamblado y sirviera para lo que fue concebido, es decir, barrer. Con respecto al ensamblado, no es un chiste malo: había que revisar que la escoba tuviera forma de escoba y que las hebras de paja, al mover el palo, no se salieran. En total éramos cinco empleados, tres viejas, un tullido cuyo apellido y nombre y mote era Zabala, y yo. Y el dueño, que también era un poco tullido, aunque su figura de jefe lo salvaba de todo mal. Al menos entre nosotros. Por emplear al inútil de Zabala el gobierno le daba algo a cambio: eso lo sabíamos todos, incluido el propio Zabala que, después de todo, era el que más voluntades ponía. Por esto último, o porque el gobierno le daría más aún, cuando renuncié para venirme a vivir a Madrid, mi puesto de control de calidad se lo dieron a Zabala. La fábrica no estaba destinada a la quiebra sino que había nacido quebrada. A veces pienso que yo nunca trabajé allí, que todo eso fue un mal sueño, algo que no te puede pasar. Las escobas que están contra la máquina de cigarrillos no son cómo las que yo inspeccionaba en Buenos Aires, son más bien escobillones hechos con cerda blanda, con pelo de animal o fibra sintética. Las de la fábrica de Avellaneda eran escobas de antes, de las que usó mi abuela antes de que la enfermedad la postrara hasta la muerte. Ya nadie usa esas escobas y tampoco nadie las fabrica, por eso mi patrón estaba en la ruina y se alegró cuando le comuniqué la renuncia. Camino hacia las escobas, miro el dispensador de forros: vale un euro cada uno. Deambulo por las mesas, el viejo lee esos pasquines que regalan en el metro y en las estaciones de autobuses. No hay camareros. Hace frío y el aire huele a fritura o a mugre, depende de para dónde ubique uno las fosas nasales.
..........Vuelvo a encontrar al Lobo, la mano que sostiene el teléfono le tapa la cicatriz, las decepciones o los fracasos y ambiciones que bramarán bajo esa cicatriz. El taburete donde está sentado. Le miro los zapatos, unos mocasines marrones bien lustrados. No sé qué hacer. Me doy vuelta y veo al viejo. El viejo me mira por encima del marco de los anteojos y vuelve a posar la vista en el periódico. La boina lo protege, pienso.
..........Separo una silla de la mesa y me siento.
..........Esperar siempre da buenos resultados.
..........Enciendo un cigarrillo, me echo hacia atrás. A las doce en punto quedé con Angie en Gran Vía y Montera. Me recogerá ahí mismo y nos iremos a alguna de esas cafeterías escondidas a las que solo ella sabe llegar. Tenemos temas pendientes muy importantes y nadie puede saber dónde estamos, dónde quedamos, dónde iremos. Ni siquiera yo lo sé. Ni siquiera Fangio lo sabe, que es mucho decir.
..........En el televisor termina una propaganda y empieza otra. La que empieza es de una compañía de seguros que no tiene sucursales físicas ni nadie que dé la cara, pero que, según ellos, te regalan el dinero o te cobran no sé cuánto menos que todas las demás. Me pregunto si quedará cristiano en la faz de la Tierra que crea en que una aseguradora regala algo. De todos modos, quién nos puede asegurar algo en el mundo momentáneo y visual en que vivimos. La seguridad también pasó a ser volátil. Una caja fuerte no es más una caja fuerte. Houdini, adelantado en su tiempo, estaría hoy desempleado, montando su espectáculo en trenes de mala muerte. Los ilusionistas y los escapistas y los magos han quedado obsoletos, puesto que para abracadabras, los banqueros han ganado la Copa del Mundo. Qué sería más seguro que un banco. El tema es que un día vas al banco y el banco no está más, se esfumó, me decía Basilio, y vaya si tuvo razón. Cuando me acuerdo de lo que dijo Basilio, no puedo creer que todavía la gente confíe sus ahorros a la voluntad de cuatro banqueros. Basilio vive en Argentina, pero eso no es excusa ni pretexto de nada porque una vez Argentina también fue un país como cualquier otro.
..........El que atiende el bar, de pronto, sale de la cueva esa de las tiritas de plástico, cruza toda la barra por detrás, baja una botella de la estantería y se queda de espaldas, con la cabeza gacha, haciendo algo con las manos que no alcanzo a apreciar desde donde estoy sentado. Solo puedo verle la mitad del cuerpo, al tipo. Al Lobo lo veo entero, sentado en el taburete, sigue con la cucaracha pegada al oído, hablando o escuchando. Más bien escuchando.
..........Fumo y me miro las manos.
..........Los dedos, las uñas.
..........El viejo de la boina tose.
..........Pienso en Angie con cara de recién levantada. Por las mañanas tiene mal carácter y habla poco. Estoy un poco preocupado por el pibe que traje el mes pasado de Santo Domingo. Al Chueco lo engancharon y lo van a meter en cana. Tal vez hasta lo deporten. Antes de viajar a la República Dominicana quedé con Pipo para tomar unas cañas y me dijo que tuviera cuidado con el tema de los pibes, que a la primera te puede caer una de las gordas. Quién sabe.
..........Veo entrar en el bar a una chica. Pelirroja. Tiene un abrigo negro, largo, y en la mano lleva una carpeta que intenta pegarse al pecho. Pienso que es Angie con una peluca de esas que suele usar para alguna encomienda. La pelirroja se ubica en la mesa vacía que hay junto a una de las ventanas. En la otra está el viejo. Si giro un poco hacia la derecha, puedo verle a la chica la cara que esconde bajo la melena rojiza.
..........Lo hago.
..........No es Angie.
..........Ni siquiera se parece ahora que la veo bien. Ni siquiera con la peor peluca del mundo, la más berreta y cutre que se haya hecho jamás.
..........La pelirroja se desata la bufanda y se quita el abrigo. Coloca todo en el respaldo de la silla. También se frota las manos. Pienso estúpidamente en el movimiento de las moscas cuando están posadas y, tal vez, dispuestas a volar. No sé si las moscas tienen manos pero la pelirroja, en su afán por quitarse el frío callejero, realizó el movimiento calcado: me refiero a la posición del cuerpo, me refiero a la velocidad de los dedos, al encogimiento de los hombros y del espíritu. Ahora mira hacia la barra y abre una carpeta de donde saca y pone y reacomoda folios y papeles verdes. Anota algo con una lapicera descartable. No es Angie. Angie se parece a todas las mujeres de Madrid, porque Angie es o puede convertirse en todas las mujeres que viven y transitan por cualquier ciudad. Por esa razón trabaja para Fangio. Por esa razón, también, confundo a cualquier mina con ella.
El tipo bajito sale del mostrador y se dirige directamente hacia la mesa donde está la pelirroja que no deja de apuntar cosas en los folios. Ya no es una mosca y aunque le falta mucho para ser mariposa, sonríe y parece bonita. Pero la sonrisa era para pedir un café con leche y algo más que no logré oír con claridad. El bajito silencioso regresa a la barra. Lo observo cómo vuelve: vuelve pensando en algo concreto, vuelve arrastrando los pies y también la vista. Puede que piense en el café con leche que pidió la pelirroja o en esa sonrisa de insecto. O en otra cosa. Tal vez piense en cuándo va a ser el puñetero día que el Atlético de Madrid haga otro doblete. Mick Jagger y Bob Marley no saben la respuesta, por eso en las caricaturas sonríen con tanto descaro. No sé quién me dijo que a Jagger no le interesa el fútbol y que ni siquiera le llama fútbol.
..........La máquina de café empieza a hacer ruido. El ruido es molesto y rompe la armonía de la mañana. No me había dado cuenta, pero cerca de la máquina de café hay un afiche amarillento de Manolete: la postura erguida del torero, un capote, una espada, unas comillas que encierran el nombre, letras negras en la andaluza plaza de Linares. La máquina de café insiste y veo cómo el Lobo se mete el dedo índice dentro de la otra oreja. Y se revuelve. Y se baja del taburete. Está molesto el Lobo. Se le nota demasiado el fastidio y ahora que empieza a caminar en dirección a la puerta donde están las rastas de Marley arengadas por algún viento jamaiquino, descubro que el Lobo, además de la cicatriz y el mal carácter, cojea. Tiene una pierna mala, me había dicho Angie. Pero en ese momento no pensé que fuera para tanto.
..........La pelirroja, con la taza y el café con leche en los labios, me estaba mirando. Del furtivo cruce de miradas recuerdo los ojos claros (uno de ellos levemente torcido o desviado) y también cómo resaltaba en el contorno de su rostro la oscuridad de las cejas. No sé por qué me fijé en eso. Cuando vuelvo a ella, hace como que mira el televisor. Yo hago lo mismo. El Lobo se metió en la cueva. ¿Cómo se llaman las cuevas donde viven los lobos? ¿Tienen un nombre específico como la de las ratas o simplemente son cuevas, agujeros, nidos, covachas, guaridas? Me pierdo en el lodo de la pregunta. Y fumo. En el televisor veo cómo llueve en una propaganda de Renault. Llueve sobre una ciudad extraña, una ciudad que no es ninguna y, sin embargo, tiene el encanto de muchas. Llueve y hay un Megane que se desplaza con elegancia por callejuelas adoquinadas, gira de pronto en una curva y luego en otra y en otra. Me doy cuenta de que algo, no sé qué, está demasiado sincronizado. Hay ruinas como muros, puertas condenadas y torretas con gárgolas siniestras. Y hay una mujer. El Megane y una mujer. Una mujer escurridiza que aparenta sabiduría, que huye y desea, que mira hacia atrás sin dejar de huir, sin abandonar el deseo que tal vez sea el verdadero motor de su huida. Y llueve o llovió. No hay cielo para confirmarlo. Nunca hay cielo para confirmar nada: está el Megane y la mujer. La mujer, un vestido blanco de otro tiempo. El Megane tiene los vidrios oscuros como sucede en casi todas las publicidades de coches.
Una vez, Basilio se puso a debatir sobre las propagandas de coches. Creo que estábamos en el Odeón, en Flores. Creo que el Cantor estaba con nosotros y también creo recordar que la trifulca comenzó porque al cuñado del Cantor no le entregaban el Spazio 0km que había pagado por adelantado o que había sacado en el sorteo mensual de Fiat y había pagado no sé cuántas cuotas por adelantado. Y Basilio empezó a debatir. Debatir era una manera de decir, por supuesto. Basilio no debatía, decía lo que pensaba y guay de que alguno osara ponerle un pero. El conductor no cuenta, decía, no interesa, no hay conductor, hay un supercoche de oferta en los concesionarios oficiales más próximos a tu domicilio. Decía.
..........Está mal que hable de Basilio en pasado o como si ya se hubiese muerto. Tal vez mi relación en Madrid con Pipo sea el problema. Basilio y Pipo son más que hermanos: son mellizos. Pero están peleados a muerte. Hace treinta y cinco años que no se hablan. Desde antes de que Pipo se viniera a vivir a Madrid. Yo estoy acá porque él me hizo la gamba y me aguantó en su casa hasta que conseguí un trabajo. Incluso me fue a buscar al aeropuerto en aquella lejana tarde de mayo. Si cierro los ojos, todavía puedo ver la cara de Basilio al enterarse de que me venía, y de que iba a parar en la casa de su hermano, nada menos. No es fácil entender el porqué de una pelea tan acérrima. Ninguno quiso contarme nunca qué pasó entre ellos y eso me hace alejarme de uno ni bien pronuncie o evoque el nombre del otro.
..........Vuelvo a mirarme las manos tras el humo del cigarrillo.
..........El Lobo, por fin, sale de la cueva de las tiritas plásticas y me llama sin decir una palabra. Ya no tiene la cucaracha pegada a la oreja. Ni en la mano. Me acerco a la barra del mismo modo que lo hice cuando entré al bar y lo vi de espaldas. Me parece como si esa acción hubiera sucedido hace mil años.
..........Me paro a su lado y no digo nada.
..........—Así que tú eres el Nene. El argentino.
..........Como sigo sin saber qué decirle y me quedo callado, el Lobo hace una pausa, se mete de un tirón el líquido transparente que quedaba en el vasito, lo mantiene un instante en la boca y me pasa el brazo por encima del hombro. Escucho cómo traga. Cuando abre la boca para hablarme, tengo la certeza de que todas las criaturas etílicas existentes habitan dentro de su estómago. Aguanto la respiración y lo miro retirando un poco la cabeza. El Lobo se da cuenta y cierra la boca. No me parece oportuno ni saludable llevarle la contraria o hacerme el fifí con los olores que salen de la boca de un lobo, sobre todo cuando el lobo te tiene marcado y al alcance de la mano.
..........—A los quince años me desayunaba con Pacharán —aclara mientras me saca el brazo de encima.
..........Le digo cualquier cosa. Le miento desde un murmullo y pienso cómo es posible que una persona huela tan mal.
..........Desconozco si él ya sabe que yo sé que le dicen Lobo y que tiene colgada la etiqueta, entre otras, de ser el mejor tratante de blancas de Madrid y alrededores.
..........Lo segundo probablemente lo sepa.
..........—Vamos a ver —me dice.
..........Pero no dice nada.
..........Fangio tiene una especie de agencia de empleo temporal, vamos a llamarlo así. Aunque para él no existen ni los contratos ni la Seguridad Social ni los convenios colectivos ni las nóminas. Todo eso es aire para Fangio. Nada o menos que nada. No hay sindicatos, no hay patronal, no hay aguinaldos, no hay jornadas partidas ni no partidas. Nadie marca tarjeta porque no hay horarios. El reloj, quiero decir las horas que todo cristo trabajador cumple, no existe. Nunca existió. Alguien encarga algo y él es la persona indicada para cumplirlo. No hay nadie en el medio de nada porque él es el verdadero intermediario de todo. Y aunque a veces pareciera que él depende de otra persona, estoy seguro de que lo hace para despistar, para disculparse cuando te obliga, cuando te dice que hay que hacer tal cosa sí o sí, para tener una pileta donde poder lavarse las manos de tanto en tanto. La empresa es suya, fijo, y tiene un equipo de tareas cuyos integrantes son reclutados bajo los más estrictos y desconocidos mecanismos de selección. Hay gente que vi una sola vez, que hicieron un trabajo equis y no se les volvió a ver el pelo nunca más. Hubo uno que, se dice, se fue de boca y lo bajaron. Se dice, no sé si es verdad. A lo mejor lo que se escucha es también parte del circo inevitable en el que se mueve la agencia. Tampoco sé cuáles son los criterios que utiliza para otorgar tal cosa, una encomienda, un trabajo, a tal persona. Intuyo que eso no lo sabe ni él. A juzgar por la cantidad de trabajos que tiene, más los que rechaza o anula, lo debe hacer bien.
..........—Vamos a ver —repite el Lobo.
..........Y por fin me mira. Se queda un instante con mi cara, me escruta como si supiera que estoy a su entera disposición. La cicatriz que le raja la mejilla izquierda es más grande y más profunda de lo que en realidad parece o parecía cuando llegué y lo vi y él empezó a desconfiar de que a mí me hubiese mandado Fangio.
..........—Me imagino que el mamón de tu jefe te habrá dicho de qué se trata.
..........Hago que sí con la cabeza:
..........—Algo —le digo.
..........Fangio siempre se encarga de darte una serie de datos o pistas o detalles de cada uno de los trabajos que te asigna. Si no lo hace él directamente, lo hace Angie, que vendría a ser su lugarteniente. Cuando se trata de antiguos clientes o de reincidencias, hasta te dejan ver la ficha del sujeto en cuestión. Aunque ver una ficha, quiero decir que Fangio o Angie saquen la ficha del fichero y te la enseñen, no es cosa de todos los días. Lo más común es que te llame Fangio a su despacho, se encienda uno de esos puros pestilentes que fuma día y noche, te pida que le prestes atención y, cuando él cree que sos todo oídos, te larga el rollo de un tirón. Sin prisas. Cuando se trata de un cliente nuevo o misterioso, tiene cosas apuntadas en un bloc de hojas y mientras te habla se va refrescando la memoria con los garabatos del bloc. Lo que hay en el bloc lo escribe Angie, él solo hace tachaduras o marcas o insulta cuando no entiende qué hay apuntado en el papel. Lo cierto es que siempre, en persona o por escrito, dependiendo de la importancia del caso, Fangio o Angie, o los dos a la vez te ponen al corriente de lo que vendrá, de lo que hay que hacer: de lo que nadie debe enterarse ni inmiscuirse ni tan siquiera sospechar o intuir, de lo que hay que cobrar o pagar o hacer que paguen, de lo que es necesario averiguar, a quién hay que seguir y espiar hasta cuando duerme o folla, dice, a quién o a quiénes asustar, interceptar, prevenir, despistar o convencer, a quién doblegar, delatar, dejarle un recadito, un ultimátum, una advertencia.
..........—Tu jefe es un imbécil —me suelta, de pronto, el Lobo.
..........Podría haberle dicho que sí, que coincido bastante en su apreciación, que el adjetivo encaja y hasta se queda corto. Me hubiera sentido muy a gusto. Pero no sé quién es este tipo. Y de momento Fangio, mal que mal, me paga un sueldo.
..........—Entonces —me dice—, ¿sabes o no sabes de qué va la movida?
..........No tiene mucha importancia decirlo, pero esta encomienda no me la dio Fangio, me la dio Angie. Y ni siquiera fue personalmente. No es la primera vez que Angie me llama a casa a cualquier hora para darme un trabajo decididamente urgente. A veces, sobre todo si Fangio tiene o tuvo un mal día, es mejor que la empresa baile al ritmo de ella, de la colombiana. Porque Angie, aunque una vez se disfrazó de húngara para marcar a cierto agregado cultural trancero, nació en Medellín. Pero su lado mágico es que puede pasar tranquilamente por húngara o nigeriana e incluso, si la apuran o hiciera falta, por húngaro o nigeriano.
..........—Lo importante lo sé —le digo—. Ahora cuénteme usted los detalles o el modo de operar que preferiría.
..........Angie me había explicado, muy a la que te criaste, que el cliente tenía problemas con dos de sus empleados. Que le estaban robando dinero. Así de simple. El cliente es el Lobo, por supuesto. Y los empleados dos albanesas kosovares que regentan uno de sus prominentes locales de citas. El problema, según me adelantó con demasiadas prisas Angie, es que las minas estas, las albanesas, tienen a cargo más de treinta putas que trabajan de sol a sol (desde que cae hasta que sale, se entiende), y que iba a ser complicado el seguimiento o la vigilancia, puesto que ninguna de las dos habla español ni se ausentan jamás del local. No es por nada pero si ninguna de las dos se descuidara, quiero decir desatendiera u olvidara, la tarea de control y posterior desenmascaramiento se tornará cuanto menos difícil, áspera, peligrosa.
..........La máquina de café vuelve a ponerse en marcha y el ruido, crónico y rasposo, se mete de pronto en la conversación.
..........—Me refiero a que podemos hacerlo como usted quiera —le digo y hasta levanto un poco la voz o me aproximo a él, al ácido etílico que rodea sus fauces.
..........El Lobo me mira y en su mirada veo la redundancia de mi comentario.
..........—¿Armas? ¿Tienes papeles? ¿Puedes entrar y salir de Europa?
..........Me vuelvo a quedar callado sin saber qué contestarle. No sé si los papeles que me pide se refieren a los permisos para portar armas o a los que sirven para entrar y salir de Europa como Pancho por su casa. En todo caso, los dos los otorga la policía, y no creo que esos le caigan bien al Lobo. Ni viceversa.
..........Le digo que no tengo papeles.
..........Y que por qué me pregunta eso.
..........—Igual los necesitamos, ¿no te parece? —dice y hace un gesto como si algo estuviera irremediablemente mal.
..........Levanto las cejas y aprieto los labios. Miro a Manolete doblado entre el capote y la vida. Tengo ganas de fumar. Y otra vez no sé qué contestarle.
..........Antes dije que los mecanismos de selección del personal de la agencia eran muy rigurosos pero omití un detalle: a Fangio le importa un carajo si estás legal o ilegal, si sos español, africano, judío o reina de corazones. O nada, porque hay personas que no son nada, quiero decir de ninguna parte y que no tienen ni madre ni padre ni perro que les ladre. Y justamente esos son los que prefiere Fangio, los que se confunden entre la indiada, dice, los fantasmas que pasan desapercibidos en cualquiera de las ciudades donde Fangio cumple las encomiendas de tipos como el Lobo.
..........—Hay que joderse —masculla y repite y menea la cabeza de lobo.
..........Aprieto más los labios, me paso los dedos por las comisuras sin despegar los codos de la barra. Manolete, de malva y plata, observa de reojo los pitones afilados y tan mugrientos del toro: en el dibujo del afiche no se vislumbra el futuro ni la cornada que desangra ni menos las horas de agonía que tendría el diestro antes de morir.
No sé cómo se llama el Lobo y sin muchos aspavientos, del modo más cordial posible, le digo que no me parece que eso sea un inconveniente.
..........—Eso está por verse, majo —suelta.
..........Fangio no se llama Fangio. Se llama Cazkotte, con doble te pero con el mismo sonido que se escucha cuando decimos la palabra cascote. De hecho se llama Eliseo Mauricio Cazkotte. El nombre completo, por supuesto, yo no lo sabía ni quise nunca saberlo: me lo dijo el Chueco en enero, en el aeropuerto de Santo Domingo. Me dijo que se lo vio en el DNI una madrugada que no tuvo más remedio que llevarlo a su casa y hasta meterlo dentro de la cama, luego de sacarle los pantalones y un pulóver del año catapún que llevaba puesto. El Chueco empezó a trabajar para Fangio antes que yo. Y sabe más cosas. Muchas más. Y pasa más tiempo con Angie. Y Angie le hace chistes o comentarios que a mí nunca me hace. El otro día estuve pensando si no le habrán hecho una cama por saber demasiado: como si los chistecitos de Angie fuesen el peor y más negro conjuro: una marca en el extremo de la chaqueta que te señala o delata: «es ese» o «estás muerto» o «no sabés la que te espera» o «mandale saludos a cagaste», como me decía el malarmado de Zabala cuando una escoba no tenía arreglo. Hay que tener cuidado en este laburo. Cualquiera se daría cuenta de que es una locura meter veinticinco kilos de cocaína por Barajas. Ni cien gramos. Aunque lo hagas en mil quinientos viajes. Menos mal que me abrí a tiempo de esa. Ahora mismo estaría guardado. Qué boludo este Chueco. Yo le dije que Barajas es el peor aeropuerto para pasar merca. La culpa fue de Fangio, o del amiguete ese que decía tener en la Guardia Civil. Lo cierto es que Fangio no se llama Fangio. Fangio es apenas un apodo, un mote. Su verdadero nombre yo no lo sabía ni quise saberlo, porque todo el mundo le dice Fangio, y él se llama a sí mismo Fangio, y hasta los documentos los firma con un garabato donde claramente se ve la efe, grande, extendida, y después la a, la ene, la ge, la i y la o. Pero se llama Cazkotte. Aunque con ese apellido mejor ponerse un apodo y que la gente no se entere. Digo yo. En Buenos Aires peor que en España, donde la pronunciación de la zeta le salva un poco las papas. Pero Fangio no es porteño, es jujeño. Sin embargo, no tiene pinta de jujeño sino de porteño. Que haya nacido en Jujuy y que Fangio sea un apodo yo no lo sabía o no lo podía deducir de ningún modo hasta que el Chueco, en la interminable espera del embarque, con el pibito embolillado sentado entre nosotros, me lo contó.
..........El Lobo, con una seña rápida, pide otro ácido. Cantonea el vaso como un trastornado o con el afán de que algo malo se evapore. No me preguntó si yo quería tomar algo. Es un lobo de verdad: astuto y desconfiado y hasta maleducado. Aprieta las mandíbulas y me mira poco, como si escondiera algo o como si no quisiera que yo descubriera algo que es muy evidente.
..........Enciendo otro cigarrillo y me echo un poco hacia atrás. Le clavo la mirada a la pelirroja. Después al viejo: parece pintado al óleo, el viejo. Largo la primera bocanada y me encandilo con la claridad que ahora sí entra por las ventanas.
..........Ya es mediodía, casi.
..........A juzgar por la amplitud de su sonrisa, Marley, ahí contra la pared, lejos del toro y de la máquina de café, está vivo.
..........—Si no puedes viajar, mal vamos —me dice el Lobo.
..........No le contesto. Pienso en Marley y me pregunto por qué a algunos hombres, aun después de muertos y enterrados, les sigue latiendo el corazón.
..........—¿Armas? ¿Manejas armas?
..........Le respondo que sí mientras le doy otra calada al cigarrillo.
..........El Lobo mete la mano en el interior de su chaqueta y de ahí saca una tarjeta que enseguida me acerca arrastrándola por el mostrador. No la suelta. Le veo los dedos y las uñas. Me dice que vaya esta misma noche, a eso de las once, a ese sitio, que allí su secretario me iba a explicar los procedimientos pertinentes. Insiste en que sea puntual.
..........La palabra secretario me queda flotando en la cabeza como si fuera una broma pesada.
..........—Eso es todo —me dice.
..........La pelirroja me observa hasta que cruzamos las miradas y, entonces, como si se sintiera descubierta o desnuda y boca arriba, deja de hacerlo.
..........¿Puntual? ¿A qué hora sería puntual? O es a las once en punto, como quien dice, o es a eso de las once, alrededor de las once, más o menos a las once, y no hace falta ser puntual para llegar más o menos a una hora. Seguro que la exigencia nace o es generada por los mecanismos propios de los que están acostumbrados a mandar, a pegar cuatro gritos y que todo el mundo se cague en las patas.
..........Cuando salgo del bar el día es otro día. Atrás quedaron las esperanzas que acarrea la mañana, las esperanzas que Basilio asegura que nunca pasan del otoño. De este otoño frío y lluvioso donde no termino de encontrarme. Siento el viento, sí, pero el cielo, despejado y azul, por fin despejado y azul, deja que el sol se cuele por las angostas veredas de la Carrera de San Jerónimo, donde aparezco de pronto y sin saber muy bien por qué. Veo el letrero apagado de una sala de bingo. Creo que la mejor tarea que me designó Fangio fue aquello de pasarme las horas sentado jugando al bingo. Aunque jugar es un decir, puesto que estaba todo arreglado y la cosa era coser y, nunca mejor dicho, cantar. Busco el cruce de peatones. Me detengo hasta que aparece el verde y otros me adelantan como si estuviera dormido. Alguien tiene que saber en qué pensamos los extranjeros cuando atravesamos la Puerta del Sol. Yo no podría explicarlo con precisión. Hay ruido de palomas y caras o voces de trapicheo constante. Sigo de largo hasta la boca de metro. Un poco en el bolsillo y otro poco en la evocación de mis retinas llevo la tarjeta con la dirección de El Menchevique, un local de alterne a las afueras de Madrid donde algún secuaz del Lobo me explicará, esta misma noche, más o menos puntualmente, cuál es el trabajo que tengo que hacer.


(edición original en español) EDAF, Madrid, 2009.


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