Hacha Brava

 

Palomas. En eso piensa Rubén mientras levanta los brazos en el círculo central. Están los once en línea menos el Chivita, gran capitán, siempre un par de pasos adelante a la hora del saludo. La multitud los aclama excitada, todavía suenan las gaitas y no hay sol. Rubén mira uno de los arcos, las cabecitas más allá del alambrado, la visera. Y el cielo. Piensa en palomas y piensa, además, en que no fueron doscientas. Entre el griterío ensordecedor alcanza a oír las arengas de sus compañeros. La del Negro más que ninguna otra.
..........—¡Vamos, eh!
..........Ahora se dispersan y ahora Rubén mira hacia el túnel: ahí está el viejo: arrastrando dos jaulones que enseguida desaparecen, como también desaparece el cuerpo del viejo, bajo el verde de la cancha.
..........—¡Vamos!
..........Sacude las manos, trota, piensa en sus hijos: en la nena, sobre todo. El viejo le había dicho en la semana que se estaban preparando los festejos, que vendrían gaiteros del Centro Celta, que soltarían palomas con la salida del equipo. Doscientas palomas blancas que el club había encargado a un criadero de Berazategui. Entonces Rubén le había dicho: Guárdeme una. Y el viejo, desconcertado pero servicial: ¿Para qué? ¿Está loco? Y Rubén: Dele viejo. Usted guárdeme una y no pregunte tanto.
..........Se acerca a la medialuna del arco de la visera, abre las piernas. Siente cómo se clavan los tapones y entonces quiebra la cintura. Toca el pasto con la punta de los dedos: dos, tres, cuatro veces. En algún momento se pregunta si en verdad el viejo le habrá guardado una, porque cuando asomó por el túnel y las vio salir de las jaulas no le parecieron ciento noventa y nueve sino quinientas o mil o más de mil.
..........Y murmura:
..........—Vamos, carajo.
..........Y murmura:
..........—Por la patrona y los chicos.
..........Y aunque no lo dice ni murmura, también la arenga es por él. Por los años que lleva jugando en primera. Por este club, que se lo dio todo. Nadie se da cuenta pero se emociona un poco al pensar en eso.
..........—Vamos, vamos.
..........De pronto el griterío, los cantitos que retumban bajo la visera, se convierten en silbatina porque salen a la cancha los rivales.
..........El Negro pasa como una flecha por detrás. Rubén cree que le dice algo pero cuando gira para responderle sólo puede ver el número tres en la espalda del otro. Y entre la espalda del otro y el alambrado y la multitud, resaltan los pantaloncitos blancos de los rivales yendo hacia el círculo central.
..........—¡Negro! —dice—. ¿Qué hace este boludo?
..........Rubén y los otros diez que están en la cancha, y los suplentes, y el cuerpo técnico, y los dirigentes, y las setenta mil almas que abarrotan las tribunas saben —porque todo el mundo lo sabe— que con el empate les alcanza para salir campeones. Saben que no pueden perder, porque el segundo de la tabla probablemente gane y Si perdemos, piensa Rubén pasándose el antebrazo por la boca, Chau campeonato.
..........No pueden perder. Eso lo saben. Lo que no saben en ese momento es que los rivales —todos pibitos y algún que otro veterano— los van a bailar, que a ellos se los comerán los nervios y también el ansia, y que promediando el primer tiempo sólo Dios y el referí sabrán por qué no van perdiendo dos o tres a cero.
..........El Negro, al trote, vuelve hasta donde está Rubén. Disimula que se ata los cordones mientras le habla.
..........Hace rato ya que no suenan las gaitas ni vuelan las palomas pero la cancha es un infierno bajo el cielo encapotado de noviembre.
..........Rubén sonríe, estira y encoge los brazos.
..........—¿Fuiste vos? —dice.
..........El Negro no dice nada.
..........Claro que fue él. Ahora Rubén lo ve parar la pelota en el andarivel izquierdo, lo ve hacer un movimiento rápido con las piernas. Negro hijo de puta, piensa con la sonrisa todavía en el contorno de la boca. Y algo parecido pensará cuando lo vea amenazar, con el dedo, a la distancia, a uno de los rivales. No escuchará qué le dice porque Rubén está en la medialuna y porque el griterío aumenta según se acerca el comienzo del partido. No escuchará eso de Cuando pases por acá te escupo de nuevo, paraguayito de mierda. Aunque tampoco importa demasiado que lo escuche. Da un pique corto y se detiene. Vuelve a ajustarse el pantaloncito, a subírselo, a pasarse la manga de la camiseta por el contorno de la boca. Sabe que la fiesta está lista. Sabe que en el vestuario —o vaya uno a saber dónde—, habrá una paloma de las doscientas que trajeron del criadero. Sabe que el viejo le hará caso y que esta noche, cuando llegue a casa, su hija será la nena más feliz del mundo. Ya está ubicado en su posición pero da tres o cuatro saltitos en el lugar. Y le clava la mirada a uno de sus rivales: a ese que amasa la pelota debajo de la suela, a ese rubio que hasta de lejos tiene cara de bebé.
..........Después busca a su compañero. Y grita.
..........—¡Negro!
..........Rubén y el Negro, alineados al borde del área grande, por fin se miran.
..........—¡Vamos, eh!
..........Los dos aprietan los puños a la altura del pecho, como si les hiciera alguna falta darse fuerzas, como si no le sobraran, a los dos, agallas y huevos y furia. Como si existiera alguna remota posibilidad de que en las próximas dos horas, bajo este cielo plomizo de Avellaneda, perdieran el partido y, en consecuencia, el campeonato de 1963.
..........Después se oye el silbato del referí. El griterío de la gente.
..........Después la pelota yendo de acá para allá.
..........Después, los rivales, que no se juegan nada —o sí: el honor de la camiseta—, la empiezan a tocar.
..........Tocan y tocan.
..........Juegan bien. Son casi todos pibes surgidos de las divisiones inferiores y dentro de unos años —nadie puede saberlo en este momento— con algún que otro refuerzo, se convertirán en la élite del fútbol local. Y saldrán campeones, incluso invictos. Y llenarán las canchas de firuletes y gambetas y grandes goles. Pero todavía faltan varios años para que eso suceda.
..........Ahora tocan. Diríase que se divierten. Juegan bien.
..........Rubén y sus diez compañeros, ven pasar la pelota.
..........Después, en una acción aislada, cerca del lateral, Rubén le habla por lo bajo al Negro:
..........—Nos están bailando —dice.
..........—Guachos hijos de puta.
..........Y después, cerca de los veinte minutos, llega inevitablemente el gol.
..........Gol.
..........No podían perder pero están perdiendo. Y algo peor: no están haciendo pie y más temprano que tarde, si algo no cambia, llegarán otros goles. Eso también lo saben todos, titulares y suplentes, cuerpo técnico, dirigentes, y las setenta mil almas que abarrotan las tribunas.
..........Gol.
..........Detrás del arco, en la tribuna que da a las vías del ferrocarril, Rubén ve festejar a los hinchas visitantes. Ve, también, la cara de bebé del autor del gol. Y a los que lo abrazan. Tres cuartas partes de la cancha —todo lo que ahora, al girarse, ve Rubén— se queda en silencio.
..........Silencio y estupor a su derecha y a su izquierda y allá en el fondo, donde la visera abriga a la multitud.
..........La puta que los parió, piensa mientras sale a paso lento del área grande, las manos a la cintura. Arrastra la boca por el algodón rojo de la camiseta. Piensa en la familia, en los chicos, en que hay una paloma por ahí atrás que quiere llevarle a su hija. La paloma del campeonato. Y el campeonato que le prometió a su mujer. O más que nada la guita del premio. La tribuna visitante, fervorosa por la victoria, le resuena en la nuca. Lo busca al Negro, a su izquierda. Pero el Negro, su cabecita y sus ojos briosos, caminan mirando el pasto.
..........Los que hicieron la jugada del gol, y el que hizo el gol, el rubio con cara de bebé, pasan a un metro de donde Rubén, con la vista al frente y los brazos todavía en jarra, está parado. Entonces Rubén lo mira por encima del hombro. Lo sigue durante diez o quince segundo sin soltarle el rayo de la mirada. Y le dice, como si apretara los dientes:
..........—La próxima te rompo.
..........Nunca supo si el rubio escuchó la promesa. Porque no fue una amenaza sino una estridente y concreta promesa. Porque dos minutos después, después incluso de que el Chivita, gran capitán, sacara del medio, otra vez los rivales hicieron una jugadita, tocando y tocando, y otra vez el rubio le tiró una gambeta larga. Y se le iba. Rubén le miró el cuerpo, la cintura, aquellas piernas vigorosas. No pensó en la suerte de elegancia que mostraba al llevar la pelota. Y le apuntó directamente a la rodilla, de costado, que desde la posición en que estaba Rubén era el único modo de cumplir la promesa.
..........Se oyó el crack.
..........Y el grito del rubio.
..........Y enseguida un alboroto de manotazos y protestas.
..........Y Rubén pensó en la paloma de mierda que estaba esperándolo en alguna parte de la cancha. Y creyó, sin que le importara en absoluto, que lo iban a echar. Pero no lo echaron.
..........El rubio con cara de bebé tiene diecisiete años. Llora. Tal vez piense en que le estropearon las piernas para siempre. Muchos de los que están detrás de ese arco recordarán cómo lo sacan en camilla, cómo se aprieta los muslos con desesperación, y cómo llora con la boca abierta.
..........Y por la violencia de la patada, mientras la camilla salía definitivamente de la cancha, el Chivita lo había mirado a Rubén como si también él se hubiera asustado o hubiera pensado que en verdad le estropeó las piernas para siempre.
..........Seguían perdiendo —el partido y el campeonato—, pero ahora los rivales tenían uno menos.
..........Y algo, pensó Rubén, estaba empezando a cambiar.
..........Y pensó: cobró ful nada más.
..........Y al rato, el paraguayito ese, se le escapó al Negro por la banda.
..........Y Rubén y vaya uno a saber cuántos más vieron cómo su compañero le daba un codazo en el ojo.
..........Y no se oyó el silbato del referí.
..........Y Rubén pensó: no cobró nada.
..........Y tres minutos después, otro de los chiquilines con pantaloncito blanco y camiseta azulgrana, intentó la misma gambeta larga que el rubio. Y la hizo. Y esta vez estaba dentro del área. Y Rubén, enceguecido y descontrolado, volvió a cruzarlo sin ningún miramiento.
..........Pero tampoco se oyó el silbato del referí.
..........Había sido un penal grande como una casa. Como un camión. Como el camión de mandarinas en el que Rubén, con quince años recién cumplidos, viajó los mil sesenta y seis kilómetros que separan La Banda de Buenos Aires. Nada. Sólo protestas. De los rivales dentro de la cancha, y de la hinchada visitante que ya empezaba a fastidiarse en la tribuna que Rubén tenía detrás suyo.
..........Algo, efectivamente, había cambiado en la tarde encapotada.
..........Entonces llegó el ansiado empate. Iban treinta minutos de partido pero para él, y probablemente para el resto de sus compañeros, había pasado una vida.
..........Uno a uno. Ahora sí eran campeones.
..........Y más lo fueron un minuto antes de terminar el primer tiempo, cuando el Negro se metió en el área y el referí cobró penal.
..........—¿Penal? ¡Penal!
..........Rubén está lejos de la jugada y la verdad es que no puede ver si fue penal o no. Los que están cerca sí ven: ven que no fue. Y todos los periodistas explican que no fue. Y el rival que no hizo el ful se le va al humo al referí, lo atropella con el cuerpo y más con la palabra. Y Rubén apenas alcanza a ver la tarjeta roja en medio del revuelo.
..........—¡Gooool!
..........Las protestas de los rivales son cada vez más desquiciadas: las de los jugadores —que no se juegan nada más que el honor— y las de los hinchas.
..........Termina el primer tiempo. Ahora sí van ganando.
..........Rubén y el Negro, detrás del Chivita, bajan juntos los escalones del túnel.
..........—Están con nueve.
..........—Sí... pero guarda.
..........—Sí, hay que seguir dando, Negro.
..........—Sí.
..........En el vestuario Rubén apenas habla. El técnico le pregunta por una jugada y él hace un gesto esquivo con la mano. Y se sienta cerca de la puerta. Aires de euforia asaltan a todos sus compañeros. El Negro, y otros tres, ríen en la zona de las duchas. Alguien canturrea el dale campeón. El arquero, sin los guantes, le pasa una botella de agua. Rubén hace como si la botella de agua no existiera y le pregunta por el viejo.
..........—No sé, andará por ahí.
..........Uno de los delanteros —el que hizo el gol del empate— dice que lo vio hablando con el canchero, que tenía encima una lata de galletitas y que le escuchó decir Ojalá no se la coman los gatos.
..........—Una lata de esas de almacén. Andá a saber...
..........Se escucha otra voz:
..........—Che, los cuervos están haciendo un quilombo bárbaro, eh.
..........Ninguno de ellos lo sabe pero en ese mismo momento, acatando órdenes del comisario responsable del operativo, la policía de la provincia empieza a tomar posiciones preventivas en la tribuna que da a las vías. Tampoco saben que los hinchas quieren saltar a la cancha y que quieren, según gritan incansablemente, matar al referí.
..........Por supuesto los ánimos no se calman al comenzar el segundo tiempo y el partido, a los pocos minutos, se para.
..........Vuelan los cartuchos de gases lacrimógenos. Surcan el aire con su venenosa estela grisácea.
..........El capitán de los rivales —un veterano que en la cancha lo llaman Coco— intenta convencer a los alborotados para que se tranquilicen. Pero los alborotados son muchos y tardan mucho en tranquilizarse. De modo que Coco lleva un cuarto de hora intentándolo. Al rato la pelota vuelve a rodar y al rato el partido se vuelve a suspender: los hinchas abandonaron la opción de saltar a la cancha para matar al referí pero los enfrentamientos con la policía son cada vez más violentos.
..........Desde la otra punta, Rubén ve el humito de los gases haciendo mella en el corazón de la tribuna. Ve las corridas de la gente y los huecos que dejan esas corridas. Está en la medialuna, brazos en jarra. Ahora se le acerca el arquero. Hablan.
..........—Vamos a terminar a las diez de la noche.
..........—Qué quilombo.
..........—Ahí está el viejo, mirá.
..........Cerca del banco de los suplentes, a su derecha, Rubén le hace una seña que el viejo no alcanza a ver. Y no sabe muy bien por qué pero piensa en la lata de galletitas, en la paloma dentro de esa lata, en el campeonato y en la cara de felicidad que pondrá su hija. Sigue buscándolo con la mirada pero el viejo está, como todos, mirando hacia allá, hacia la visitante enardecida.
..........El referí llama a los capitanes. Coco y el Chivita se acercan con distintas pretensiones y muy distintos estados de ánimo. Uno de ellos hace gestos con los brazos, niega con la cabeza, señala hacia la tribuna de la vías. Desde donde está Rubén, parece como si el referí dijera No va más, si no paran este despelote, lo suspendo, y también parece como si Coco dijera Sos un caradura o Andá a cagar o La culpa es tuya, qué querés.
..........Hay que hacer más goles, piensa Rubén ahora que el partido se reanuda.
..........Van ganando. Son, en este momento de la tarde, campeones.
..........Y son once contra nueve.
..........Hay que hacer otro gol, piensa Rubén mientras ve, por el lado izquierdo, avanzar a uno de sus rivales, pelota al pie. No sabe que van dieciséis minutos ni que el Negro ya empezó a correr hacia el rival. Sabe que su hija se pondrá contenta cuando abra la lata de galletitas y se encuentre con una paloma blanca, la paloma del campeonato. Sabe que el rival pasó peligrosamente tres cuartos de cancha, cabeza en alto, el pelo crespo como una oveja. No sabe el apellido porque son todos pibes y porque no le importa saberlo. Entonces ve aparecer —como si volara o el aire ayudara a sostenerla— la pierna izquierda del Negro. Y ve el botín a la altura del pecho del rival. Pierna y botín y tapones y, desde luego, ímpetu. Y después ve el impacto.
..........Las setenta mil almas que llenan las tribunas, se exaltan.
..........El Negro también cae.
..........Media docena de jugadores se arremolinan en la zona del choque. Lo increpan al Negro. Rubén sabe —porque esas cosas siempre se saben— que al Negro lo van a echar ni bien se levante.
..........Pero el referí sólo cobra ful.
..........Se salvó, piensa Rubén.
..........De lo que no se va a salvar, exactamente en treinta segundos, exactamente cuando termine de levantarse y quiera salir de la trifulca, es de la trompada que le propinará un defensor rival.
..........Vuela una mano como dos minutos antes había volado su pierna.
..........El Negro vuelve a caer, se aprieta el rostro con los diez dedos.
..........—¡Uh! ¡Echalo!
..........Sí: tarjeta roja para el de la trompada.
..........Y el pibe con pelo de oveja, que tiene los tapones marcados en el pecho, no puede seguir jugando. Rubén vuelve a ver la camilla. También ve cómo lo sacan de la cancha.
..........Los rivales, ahora, son siete.
..........Rubén, a la salida de la medialuna, le grita a uno de los delanteros:
..........—¡Gorrión!: hay que hacer goles, carajo.
..........El Gorrión —que es buen delantero aunque prescindible— asiente y abre los brazos como si no dependiera de él cumplir esa misión.
..........—¡Dale!
..........El partido no se reanuda porque varios de los siete jugadores que le quedan al rival —uno de ellos el capitán— deciden sentarse en el pasto, cruzarse de brazos, no seguir jugando. Es una situación casi inédita en el fútbol profesional y tres cuartas partes de la cancha abuchea la decisión.
..........En la tribuna de las vías, las corridas son ahora más escandalosas. Ya no queda apenas rastro del gas lacrimógeno pero por la boca de entrada irrumpe la policía montada: los caballos trepan por los peldaños y sus jinetes zarandean las cachiporras para acá y para allá.
..........Después, con el partido todavía suspendido y el cielo de la tarde cada vez más oscuro, Rubén ve entrar en la cancha a un tipo de traje. El tipo de traje habla con el capitán de los rivales. No sabe qué le dice pero el capitán —al que todos llaman Coco— se pone de pie. Y los otros también se ponen de pie.
..........Cinco minutos después se reanuda el partido.
..........Y un minuto después, llega el tercer gol. Fue prácticamente en contra pero los jugadores rivales aplauden y se abrazan. Rubén, a la distancia, no entiende qué pasó porque Coco, en su propia área, le dio la pelota al Gorrión, y el Gorrión, sorprendido, se la pasó a otro compañero para que la empujara al fondo del arco. También vio que el arquero rival se desentendió de la jugada.
..........Ahora sí eran campeones. Aunque faltaran veinte minutos.
..........Tres a uno y ellos con siete, piensa Rubén.
..........Después, no mucho tiempo después, el partido —que ya había dejado de ser competitivo— irá perdiendo intensidad. Los rivales, doblegados por la impotencia y burlándose del referí, harán pases absurdos, se quedarán quietos dentro del área, se harán goles en contra, algunos muy descarados. No sabe Rubén que el señor de traje habló de porcentajes de la recaudación, de penalizaciones, de Mejor terminen el partido, muchachos. En la tribuna de las vías, buena parte del público —no sólo doblegados por la impotencia sino también por los garrotazos de la policía montada— irá desapareciendo lentamente. La fiesta del nuevo campeón comenzará a hacerse realidad mientras que la tarde, para ese entonces, ya será noche cerrada.
..........Rubén recordará los primeros abrazos que se sucedieron tras el pitazo final. Recordará —y dirá en un micrófono— que el tiempo pasó como si estuviera metido en una licuadora. Y vendrán los festejos dentro de la cancha, la vuelta olímpica codo a codo con el Negro, la algarabía de la gente coreando el dale campeón.
..........Y después, en calzoncillos, él y todos sus compañeros se meterán en el túnel. Eufóricos llegarán al vestuario. Habrá dirigentes y fotógrafos y los colores del club por todos lados: en las paredes, en las manos, y en el ojo tuerto de la memoria. Todos serán campeones a esa hora de la noche.
..........Y antes de que Rubén se meta por fin en la ducha, entrará al vestuario el viejo. Entrará algo abatido, envolviendo con el brazo el cubo de lata que alguna vez estuvo lleno de galletitas. Algo en su semblante le impedirá responder los vítores que retumbarán en el recinto. Se abrirá paso entre los bancos de madera, entre las toallas y los botines y la ropa que cubre el suelo de granito. Y entonces lo verá a Rubén de espaldas, completamente desnudo, a punto de meterse en la ducha. Y ni siquiera tendrá que llamarlo para que se dé la vuelta. Y cuando Rubén se dé la vuelta, el viejo apenas tendrá tiempo para abrir la lata y balbucear, temeroso y vencido, como si suplicara el perdón de los justos: Fueron los gases, Hacha.


publicado en «Cuentos cuervos». Planeta, Buenos Aires, 2014.

 

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