Amanda

 

No supimos de dónde vino. Ni escuchamos nada. Porque era el murmullo del agua corriendo río abajo. Y nosotros tres, fusil en mano, avanzando en fila india, medio cuerpo por encima de la superficie. Tomás iba adelante y Calafa detrás de mí. Cualquiera sabe que nunca se ven venir las balas. Pero les aseguro que en esa selva de mierda se veían venir menos. Así que todo fue un zumbido repentino que dejó de oírse cuando encontró la cabeza de Tomás.
.......... Intentábamos cruzar el Río Grande porque teníamos la certeza de que el grupo había quedado al otro lado. Porque nos habíamos separado de ellos, del Comandante, en la última emboscada. No recuerdo cuántos quedábamos en ese momento. El primer día éramos cincuenta. Con el pasar de los meses fuimos siendo menos. Los enfrentamientos con el ejército mercenario nos diezmaban inevitablemente y desde agosto que no se incorporaba nadie. Para peor, los campesinos nos rehuían cada vez más, incluso nos delataban. El Comandante les decía Nosotros no somos eso que les cuentan. Y les decía Mírennos. Y les decía Estamos peleando por ustedes, para que tengan una vida más digna. Pero los campesinos, temerosos y chúcaros, no decían nada. Cuando salimos de la aldea, nos atacó el ejército por la retaguardia. Quisimos defendernos pero fue inútil: y no porque nos triplicaran en número o estuviéramos prácticamente descalzos, agotados y mal comidos. No era por eso. A veces es mejor huir. Escuché la voz del Comandante ordenando la retirada. Así que nos dispersamos para donde buenamente pudimos. Cuando dejaron de oírse los tiros, Tomás, Calafa y yo nos dimos cuenta de que le habíamos perdido la pista al grupo. Por supuesto que en ese momento no lo sabíamos pero ya no volveríamos a encontrarlos. Esperamos que anocheciera, atravesamos la sierrilla, y nos adentramos en la selva: deambulando sin demasiada esperanza, guiándonos por los arroyos que de tanto en tanto aparecían entre la vegetación. Así durante tres días. No teníamos víveres, ni mapas, ni más munición que la que nos quedaba en el fusil.
.......... Tomás iba adelante cuando lo alcanzó la bala. A menudo iba adelante. Buen pibe Tomás, lúcido y valiente. Un rato antes nos estaba diciendo Acuérdense de las palabras del Comandante, acuérdense: 'y si nos matan, ganamos igual'. Inmediatamente después del impacto, Calafa y yo volvimos a la orilla donde logramos ponernos a cubierto entre las piedras del lecho. Y desde ahí vimos el cuerpo de Tomás: flotaba boca abajo, medio hundido en el agua. Ni siquiera pudimos enterrarlo porque enseguida vimos cómo lo arrastraba la corriente. Hasta que ya no lo vimos más. Entonces sólo quedamos Calafa y yo. Y la selva a este lado del río. Y el ejército mercenario que parecía tenernos acorralados.
.......... Esperamos la llegada de la noche escondidos en la vegetación. Pensábamos cruzar el Río Grande ayudados por la oscuridad, pero pensábamos mal. Calafa me dijo El Comandante nos estará buscando, no te aflijas. Lo cierto es que ya habían pasado tres días y aunque no nos lo decíamos, ambos estábamos seguros de que el grupo nos había dado por muertos desde hacía tiempo.
.......... El quinto día, antes de que anocheciera, mientras asábamos unas cotorras que habíamos cazado a hondazo limpio, Calafa me dijo Voy hasta la orilla a hacer un reconocimiento. Se puso de pie, y sin mirarme, como si se lo dijera a si mismo Tenemos que cruzar, no podemos quedarnos de este lado. Creo que asentí. Lo vi avanzar agachado, lentamente, hasta que desapareció entre la maleza. Apagué las brasas cuidando que no largaran humo. Y en eso estaba cuando escuché:
.......... —El Río Grande no se puede cruzar.
.......... Me cagué de miedo y me di la vuelta bruscamente, sobresaltado.
.......... Fue la primera vez que la vi.
.......... No sé por qué calculé que tendría doce o trece años. Vi sus trenzas negras cayéndole sobre el pecho, su piel oscura, su ropa un tanto maltrecha. Todavía quedaba algo de luz aunque en la selva profunda siempre todo es más sombrío. En ese momento entendí lo expuesto e indefensos que estábamos: de no haber sido una nena, de haber sido cualquier otra persona o animal, ya me habría atacado y probablemente matado.
.......... Supuse, claro está, que el hambre y el agotamiento físico me estaban volviendo loco. Al cubanito Montes le pasó: juraba que su abuela, que llevaba mil años muerta, le decía Lárgate. Los van a matar a todos. Como perros. Lárgate. El Comandante lo separó del grupo porque se despertaba en medio de la noche gritando Déjeme, déjeme ya, abuelita y, por supuesto, nos ponía en peligro a todos.
.......... Pero yo no me estaba volviendo loco. Ni escuchaba voces. Y hasta bien entrados los combates tuve toda la fe del mundo. Porque nuestra causa era la causa más justa, la más noble y enaltecedora: el escalón más alto del ser humano, como nos decía el Comandante.
.......... Lo primero que pensé fue que era una trampa, que al segundo siguiente un cuchillo me degollaría. Pero no. Inmóvil, a unos tres o cuatro metros más o menos, pude verle costras en las comisuras de la boca, de un lado más que de otro, y una mancha oscura en el pómulo. Le pregunté quién era y qué hacía a esas horas en medio de la selva. Le pregunté por su familia, por su casa. Pero no me contestó. Algo en su mirada me decía que no estaba perdida, que no tenía miedo, y que más me valía no asustarla, que no viera el fusil, por ejemplo. Pensé que si en ese momento aparecía Calafa, la nena saldría cagando a delatarnos y sería nuestro fin.
.......... Nos mirábamos fijamente. Le pedí que se acercara. No lo hizo.
.......... Le dije que nosotros éramos los buenos, que no le dijera a nadie que nos había visto. Se lo pedí por favor, recuerdo.
.......... —No son buenos los que tienen ropa verde —dijo.
.......... No supe qué más decirle.
.......... No supe qué hacer.
.......... Le pregunté su nombre pero tampoco me contestó.
.......... Le pregunté, entonces, por qué no podíamos cruzar el río.
.......... —Porque no —dijo.
.......... Seguimos mirándonos fijamente.
.......... No recuerdo cuánto tiempo pasó entre su respuesta y su huida, que fue repentina. No recuerdo cuánto tiempo pasó entre su huida y el regreso de mi compañero. Sólo recuerdo que estuve en silencio un buen rato, como si las palabras no fueran ya necesarias.
.......... Esa misma noche quisimos cruzar el Río Grande. Calafa me culpó de haberla dejado ir. Ya nos habrá delatado, me dijo, tenemos que encontrar al grupo y avisarles. Comíamos a tientas la escasa carne de las cotorras. Y me dijo Lo mejor será ir hacia el noroeste, salir de la selva. No recuerdo qué le contesté, ni siquiera si lo hice. Sabía que el altiplano era como un inmenso infierno, tal vez peor que la selva. Al menos para los del llano. Al menos para mí.
.......... Cuando bajamos hasta el lecho, dispuestos a cruzar, una luna brillante se reflejaba en la superficie del agua. Recuerdo que bajamos hasta allí despreocupados, como si la oscuridad del follaje nos protegiera de todos los males. Entonces llegamos al claro. Entonces ese brillo de la luna. Nos colocamos en apresto, siempre fusil en mano, siempre con el oído alerta y esa indescriptible sensación —que no nos abandonaba— de ir camino a la desgracia.
.......... Primero el agua le cubrió las rodillas. Después la cintura. Cuando le llegó a la panza levantó el fusil agarrándolo con ambas manos. Yo iba atrás, haciendo exactamente lo mismo que Calafa. Mirábamos para acá y para allá, sin ver apenas nada, sólo ese brillo contra la superficie del río. Todavía no habíamos llegado a la mitad cuando nos detuvimos: algo se movió en la otra orilla: algo entre la maleza, en las copas de los árboles. En la última aldea que habíamos estado, antes de que el ejército nos emboscara y termináramos perdidos, el Comandante había consolado a una mujer joven: recuerdo que lo vi abrazándola. Tuma y Urbano, siempre cerca del Comandante, observaban la acción a unos metros, sin mucho que poder hacer. Ella lloraba sobre el pecho del Comandante, que le acariciaba la cabeza con la vista perdida en el horizonte. En aquel momento no le di mayor importancia pero mientras comíamos las cotorras, Calafa insistió con aquello de la delación, de que no debería haberla dejado ir. Y me dijo ¿No ves que los tienen asustados, que les cuentan mentiras y los cagan a palos? Me dijo que el ejército había entrado en esa aldea, que habían dado palizas a todo lo que se movía, y que habían matado a golpe de culata a un campesino, que ese campesino era el esposo de la mujer que el Comandante consoló, pero que más la consoló porque se habían llevado a su hija, y que sabida era la práctica de usar a las nenas como señuelo contra la guerrilla. Enseguida, con rabia y desazón, me dijo Seguro que hasta se la cogieron estos salvajes hijos de puta. Y no sé por qué pensé en todo eso mientras oíamos el ruido de la maleza al otro lado del río, con el agua a la altura de la panza, sin muchas opciones de movimiento. Sin muchas opciones de casi nada. Ahí, bajo el blanco nocturno de la luna.
.......... Otra vez no supe de dónde vino, ni escuché nada. Apenas el maldito zumbido, ese que rasga, y el golpe seco en la cabeza de Calafa.
.......... En un acto reflejo, me sumergí hasta la barbilla, incluso más. Y por supuesto reculé. Y trastabillé. No podía meter el fusil en el agua porque entonces quedaría inutilizado durante semanas. En ese fatídico instante, claro está, ignoraba que no volvería a necesitarlo. Pero el fusil siempre es el fusil, por eso procuré que no se sumergiera. Me costó mucho lograrlo: tenía la certeza, la corazonada, de que si no huía, el siguiente tiro era para mí. Pensé: Lo único que tiene un guerrillero es la voluntad. Y fui retrocediendo con el cuerpo bajo el agua. Apenas afuera la cabeza, las manos. Y el fusil. Y tal vez la voluntad. Y mientras retrocedía vi cómo mi compañero se iba para siempre río abajo.
.......... Cuando llegué a la orilla supe que era imposible cruzar ese río de mierda. Me arrastré hasta camuflarme entre la vegetación. Estuve ahí un buen rato, quieto, exhausto, pensando en Calafa, en todos los otros, y en mí, que en ese momento, después de muchos meses, me había quedado absolutamente solo.
.......... Desperté con las primeras luces del alba. Sentí la humedad, la mugre, el hambre, y las picaduras de los insectos. Para mi sorpresa, tenía la mochila bajo la cabeza y las brasas todavía encendidas de un fuego que no recordaba haber encendido. Pensé que me había atrapado el ejército mercenario, que me cortarían las pelotas y se las darían a los chanchos. Pero no. Cuando me incorporé, la nena estaba paradita junto a un árbol, observándome. Tardé en reaccionar. Ella habló.
.......... —Usted se parece a mi papá —dijo.
.......... Ninguno de los campesinos de ninguna de las aldeas, ni en la selva ni en el altiplano, tenía barba. Yo sí. De unas semanas porque antes de perdernos solía afeitarme de tanto en tanto. Sin poder reaccionar del todo, sin entender prácticamente nada, le pregunté quién era, qué quería de mí, de nosotros. Creo que levanté la voz en alguna de esas preguntas. Enseguida me arrepentí. Sentado, me llevé las manos a la cara. Y se oyeron tiros lejanos, de pronto.
.......... La nena no volvió a dirigirme la palabra.
.......... Ni supe nada de ella.
.......... Ni siquiera su nombre.
.......... Cuando levanté la cabeza y volví a mirarla, tenía el brazo extendido hacia mí. Y su manito, que era como de papel, buscaba inocentemente la mía. Vi sus uñas sucias y varios rasguños a la altura de la muñeca. Nunca supe si en verdad me parecía yo a su padre. Quién hubiera podido saberlo. Lo que sí supe, mucho tiempo después, fue que en ese momento, dos mil hombres del ejército mercenario cerraban el cerco sobre lo que quedaba de nosotros.
.......... No tan lejos de donde estaba, los tiros seguían rompiendo el silencio de la selva. Quedarme ahí, esperando quién sabía qué, habría sido un suicidio. Tampoco iba a entregarme a esos hijos de la gran puta. Ya no podía pelear por la causa pero también era una buena causa no morir a manos de unos mercenarios asquerosos. Recordé las arengas del Comandante 'Y sin nos matan, ganamos igual'. Pero yo no quería morir. Pensé en cierto acto de valor, en algún enfrentamiento heroico. Y la verdad es que lo hubiera hecho de haber tenido las fuerzas físicas y las balas que ya no tenía en mi fusil.
.......... A veces es mejor huir.
.......... La nena todavía tenía el brazo extendido hacia mí cuando agarré la mochila, apagué las brasas echándole tierra encima, y quise agarrar el fusil. Y entonces, por el rabillo del ojo, noté cómo su brazo dejaba de estar extendido y volvía a colgar de su cuerpo. Me detuve y detuve, claro está, la acción de agarrar el fusil. Y entonces ella volvió a extenderme el brazo, su manito de papel, arañada y sucia. No sólo entendí su repudio sino que ya, pasara lo que pasase, no iba a necesitar armas.
.......... ¿Qué es un guerrillero sin su fusil?
.......... Sabía la respuesta y sabía que si me mataban, ganaría de todos modos. Pero yo no quería morir y por alguna inexplicable razón tampoco ella quería que yo muriera.
.......... Le pedí que esperara un momento, que no se fuera, que no me dejara solo. No sé si entendió lo que quería hacer pero agarré el fusil y fui apurado hasta el lecho del infranqueable Río Grande. Antes de lanzarlo al agua, recuerdo, caí en la cuenta de que no había árboles ni maleza ni nada que se le pareciera en la otra orilla. Pero ya no me importó.
.......... Mientras regresaba, recuerdo, pedí por favor que la nena siguiera ahí, esperándome, que su manito siguiera extendida con ese gesto de vení conmigo. Y no sé por qué pensé en cómo sería la cara de su padre.
.......... Me guió entre la maleza, a veces corriendo y otra veces con despreocupación, de un modo infantil, pero sin llegar a entenderlo como un juego. Cruzamos un pequeño arroyo, subimos por terraplenes. Siempre de la mano y siempre ella delante. Así durante horas. No reparé en el hambre ni en los dolores que me producían las llagas en los pies. De vez en cuando se oían tiros. Creo recordar las aspas de un helicóptero. Cuando llegamos al pie de la sierrilla, la nena se detuvo, me soltó la mano y, con la vista puesta más allá del horizonte, levantó el brazo: su dedo índice señalaba la cima. O lo que había más allá de la cima. Por la posición del sol supe que aquello era el noroeste. Atrás había quedado la selva, todos los otros con todas sus voluntades. Sabía que más allá de la sierrilla, antes de la frontera, estaba el altiplano: aquel infierno desolado a donde me guió la nena sin nombre, y en donde buscaría y encontraría mi propia salvación.


publicado en «En algún cielo» [edición revisada], Playa de Ákaba, Madrid, 2017.
publicado en «Hijos de Mary Shelley» Vol 4, Imagine ediciones, Madrid, 2014.

 

 

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